jueves, 6 de agosto de 2020

Y, ahora ¿Por quién votar?


Elegiremos en abril nuevas autoridades democráticas (ojalá y puedan estar a la altura del término). Si triunfa la ética, tendremos representantes que se constituirán en mártires voluntarios en medio de instituciones caóticas y desgobierno. Sin embargo, guardo la esperanza que personas honestas y de bien, inteligentes y capacitadas; decidan poner al servicio de la sociedad sus talentos y nos permitan, de esa manera, el privilegio (realmente el deseado placer) de avergonzar a quienes osen postularse sin los atributos éticos, intelectuales y humanos; y solo contando con el respaldo de su egolatría simplona forjada sobre una pirámide de centavos que les da la facultad de sentirse amos y dueños del mundo. Ellos, quienes le han dado a la política el duro calificativo de inmunda, ya se encuentran tras bambalinas (por ahora) regando la amnesia (cual si fuera una plaga) para lograr que un sinnúmero de irresponsables vote por ellos.

Puede sonar a ingenuidad, pero, en todo caso, tenemos el deber cristiano de creer y esperanzarnos, para lo cual hemos de dedicar nuestros más sanos esfuerzos en convencer al ciudadano de no hacerse el sueco, de guardar dignamente la mano para no estirarla, de indagar sobre los atributos de los postulantes para no corear el nombre de un corrupto, de no prestarse a elegir al menos malo y, en suma, de recordar la historia política reciente que produce náuseas y vergüenza a todos.

El voto no se otorga con indulgencia, lasitud o rabia. El voto expresa la voluntad del ciudadano y ese ejercicio (complejo) requiere de nuestra inteligencia y nunca de nuestra emoción. Basta con ver la debilidad intelectual de nuestras autoridades actuales para concluir que fue la ciudadanía irresponsable quien les dio la patadita o el empujoncito necesario para hacerse con el poder.

Por eso, es vergonzosa la actitud de quienes pudiendo participar, al reunir las condiciones indispensables para gobernar, se sumerjan en las honduras acomodaticias de la tibieza cívica y de la neutralidad. Luego, su hipocresía se escandalizará, criticarán y dirán que nunca cambiaremos y, nuevamente, separarán el trigo (los “educados”) de la cizaña (los “ignorantes”). ¡Tamaño y vil atrevimiento! Siento vergüenza ajena de aquellos ciudadanos que enuncian su propósito solo hasta el límite de lo personal. Son como las islas de condorito o como el agua de un espejismo que sacia solo su imaginación.

Miles de ciudadanos nos observan en las periferias de la costa, en las zonas rurales y marginales, desde sus casas de esteras a las que llegan después de cruzar en medio de toneladas de basura. Otros, serán testigos de nuestra elección mientras sufren sin trabajo, anemia, desnutrición, analfabetismo, epidemias, exclusión… es tiempo que nuestro voto haga visibles a los millones de peruanos que la democracia inculta ha relegado a furgón de cola y a la más notable expresión de la estulticia a la que hemos sido inducidos por diversos medios desde hace más de trescientos años. Este ha sido el más grave mal de nuestra sociedad y sus consecuencias son más terribles que el de la actual pandemia.

¿Qué tal si las universidades (repositorio y motor del conocimiento) se convierten en este tiempo en escuelas de civismo? ¿Qué tal si las reflexiones bicentenarias (las organizadas por Centurión y que no comienzan todavía) incluyen a la ciudadanía y la civilidad en su agenda? ¿Qué tal si en lugar bombos y platillos invitamos al silencio como espacio necesario para el pensamiento y la profundidad? El día de la “fiesta electoral” (¿?) se acerca tal con pies de seda y reptando; y, después, todas nuestras debilidades o fortalezas cívicas pasarán a convertirse en el penoso o feliz legado de las futuras generaciones… ¡hay que cambiar, ya!


martes, 4 de agosto de 2020

La danza de los márgaros o ingleses de Mochumí

Danza de los márgaros o ingleses de Mochumí

Es posible que la danza de los márgaros o ingleses (que forma parte del folclor lambayecano), se haya originado en el distrito de Mochumí, entre 1830 y 1840; y no, como afirman otros autores que la relacionan con otros pueblos costeños (de Piura y Lambayeque) y la ubican cronológicamente a fines del siglo XIX. He llegado a esta conclusión después de su interpretación y la revisión de documentos históricos disponibles de la época.  Esta danza “representa en forma satírica a los marineros ingleses que llegaban a la región en los vapores de carga. La embarcación es reemplazada por una carreta halada por dos bueyes de donde descienden los danzantes hablando con acento extranjero (¡Oh, mucho lo bueno margarito, …) y yendo a cumplir la devoción a la Virgen! Márgaro o margarito, alude a la condición de afeminados que se les da para acentuar la burla que se hace de ellos” (Casas, 1993, p. 314). A continuación, el fundamento histórico de la danza:

En 1826, el Cónsul Charles Milner Ricketts, informa que Lambayeque, el valle es el más amplio de la costa con una población estimada de veinticinco mil habitantes (150 blancos); que produce arroz, azúcar, tabaco, quina, algodón, lana de vicuña y oveja, cueros, grandes cantidades de jabón y cordobanes; tocuyos, sombreros de paja y esteras. Para nuestro objetivo, lo más importante, es su reconocimiento de la importancia económica de nuestra región ya que desde el Puerto menor de Lambayeque se exportó hacia Europa y Gran Bretaña azúcar, arroz, frijoles y otros productos. Más adelante, en 1834, el Cónsul británico Belford Hinton Wilson, informa a Londres que los productos británicos vendidos en el Perú, pueden ser calculados en 4 millones de dólares u 800 mil libras esterlinas y se vendieron en Lima o para su transbordo a los puertos norteños de Pacasmayo o Lambayeque, Huacho y Paita. En ambos casos es de inferir la presencia de marineros británicos que, de seguro, recorrieron algunos lugares del departamento; entre ellos, Mochumí. En documentos de 1871 y 72 se reconoce el movimiento comercial de azúcar y ron, también en Chiclayo, Eten y Tumán, así como el guano de la Isla de lobos. En 1878, se describe el muelle y ferrocarril de Eten y se da a conocer un proyecto de ferrocarril en Pimentel.

La presencia de ingleses en nuestra región no consta de manera oficial y en documentos en la mayoría de los casos. Los mismos documentos consulares señalan que en nuestra región el contrabando era un problema de significación mayúscula. Los contrabandistas no se registran y pasan “desapercibidos” ante la ley. A continuación, algunos de los datos escasos que permiten confirmar la presencia y residencia de ciudadanos ingleses en Lambayeque: El antiguo padrón de extranjería de 1850 a 1930 contiene el registro de 11 ingleses que radicaron en nuestra región. Los apellidos de los ciudadanos que se inscribieron fueron Fleming, Hunter, Esson, Miller, Levi, Milner, Marsh, Cambell. Además, el censo nacional de población de 1876 arrojó que en Lambayeque hubo 516 ciudadanos británicos. En abril de 1880, el Ministro residente de la legación británica en Lima, Spenser St. John, dirige una carta al Sr. Pedro José Calderón, Ministro peruano de Relaciones Exteriores, informando el arresto del inglés Tomas Murray en Eten y su traslado a Chiclayo acusado de ser espía chileno, tal ciudadano inglés tenía radicando en Lambayeque más de treinta años; se casó con la dama Juana Yáñez y tuvo una hija, Fortunata Nicolasa Murray.

En la danza se observa a un jefe o capataz con gorra de marinero o sombrero de copa más alta acompañado por dos mujeres (hombres disfrazados) con vestidos de colores encendidos y cabellera rubia, junto al resto de sus hijos vestidos con traje oscuro y sombrero negro de copa. La danza original tenía cantos y zapateos que no se practican más. En 1920 un mochumano de apellido Sarmiento compuso la melodía que hasta hoy se conoce y la acompañó con su violín hasta 1973. Desde 1976, se usan saxofón, clarinete y bombo. Dos fotografías de Enrique bruning, registran la versión de la danza en sechura (1890) y Jayanca (1904). Ambas versiones difieren de la que se interpreta en Mochumí.


lunes, 3 de agosto de 2020

Derecho al revés


Debemos suponer, por sentido común, que el derecho como conjunto de principios, normas, costumbres y concepciones de las que derivan las reglas que ordenan la sociedad, es una garantía de civilidad que nos permite tomar distancia de la vieja fórmula latina Homo homini lupus creada por Plauto (cuando no, comediógrafo) en su obra Asinaria, donde manifiesta Lupus est homo homini, non homo, quom qualis sit non novit; para que se entienda, Lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el otro. Luego, Séneca, diría el hombre es algo sagrado para el hombre, y Thomas Hobbes, filósofo inglés del siglo XVIII, haría popular la frase de Plauto, afirmando el comportamiento egoísta e individualista de la persona que requiere la regulación normativa para favorecer la convivencia social (esto no ha cambiado y en cada persona, su lobo interior está listo para el zarpazo).

El derecho está al revés; y en el “mundo del revés” los principios se han convertido en gérmenes de violencia, la norma en sustento para el caos, la costumbre en analogía de prescripción y las concepciones jurídicas en, apenas, la preñez de versiones telúricas que nos ha convertido en una sociedad disfrazada de civilidad con ciudadanos (¿?) ocultando el traje de pieles y un mazo en el fondo de su alma cavernaria. La ley ha sido corrompida y, en muchos casos, ha nacido para sustentar actos corruptos. La cultura cotidiana se precia de romperla lanzándola de las azoteas más altas hasta verla chocar con el pavimento de nuestras miserias convertida en añicos. Los actos que hoy nos dejan perplejos, boquiabierta y fascinados son los poco comunes, extrañísimos y conmovedores actos de justicia.

En nuestro sistema, la ley y el orden es un asunto de dinero, amigos, relaciones sociales y mucha, mucha paciencia. La justicia es tuerta y ve lo que le conviene. No ve a mi madre esperando por más de 10 años el pago de sus devengados decretados por una sentencia a favor de miles de maestros que no recibieron un bono por preparación de clases. Mi madre, tiene 86 años y constantemente repite “ojalá y me paguen antes de morir”. Los pasillos fangosos de los palacios de justicia (sustentados sobre el sufrimiento de miles y millones de inocentes) están repletos de personas que esperan un guiño de la justicia, de la dama tuerta que mira con rapidez solo a quien pueda inclinar la balanza con beneficios incontemplados (no necesariamente monetarios).

Los abogados (salvo honrosas excepciones que conozco) están listos para argumentar con ardor la veracidad de las más atroces mentiras a cambio de un puñado de pesetas. Sí, todos tienen derecho a la defensa; pero nadie tiene derecho a imponerse transformando la mentira en verdad y el golpe artero en caricia. En nuestro país la ley es un elástico que se estira hasta su máxima expresión para quien tiene los medios materiales que le garanticen poder “aceitar” (esta jerga la usó mi padre durante un juicio que libró con el estado por más de 20 años y cuya sentencia no pudo escuchar pues la muerte lo alcanzó en 2017) a los mejores (¿?) defensores, jueces, periodistas y, lo más triste de todo, a las propias víctimas.

Es el derecho una actividad que se ennoblece cuando garantiza la civilidad, el fortalecimiento de las sociedades, el gobierno de los estados y la aplicación universal de la justicia humana con postulados que respetan los derechos humanos y sancionan el quebrantamiento de la ley (delito). Un fiscal que deslacró la oficina que guardaba pruebas en su contra, la esposa de un presidente que recibió un reloj de mil quinientos dólares y un puesto de trabajo en la FAO a cambio de sus favores, un congresista que tragó una docena de pollos con dinero del estado, el hijo de un juez que golpeó y arrastró de los cabellos a su pareja… están libres y tienen mucha mejor suerte que un campesino de apellido Mamani quien defendió su vaca de un abigeo y hoy espera en prisión su sentencia. La justicia es tuerta y el derecho sin ética ni abogacía proba ¿Para qué sirve?


sábado, 1 de agosto de 2020

Muchas formas de matar


Impacta la afirmación de Bertolt Brecht en un breve poema “Hay muchas formas de matar a una persona/ Apuñalarlo con una daga, / quitarle el pan, / no tratar su enfermedad, / condenarlo a la miseria, / hacerlo trabajar hasta desfallecer, / impulsarlo al suicidio, / enviarlo a la guerra…/ solo lo primero está prohibido por nuestro estado”. Cada vez que golpeamos la dignidad de la persona y negamos el don de su existencia, matamos.

Matar es quitar a la persona la fuerza y la esencia mediante la cual obra. La vida no siempre se quita de una sola vez. Actualmente, los peores asesinatos se gestan por etapas. Se comienza negando los derechos básicos (a la vida, a la familia, a la educación, a la salud…) se ahonda promoviendo las diferencias (pobres y ricos, cultos e incultos, blancos y cholos…) se agudiza convirtiendo a los más débiles en invisibles (se mira de frente para no toparse con la mano extendida de un desafortunado, para no fijarse en el detalle de las casuchas de esteras dobladas por el viento en medio de pampones sin luz eléctrica ni agua potable) y se consuma con las estadísticas, el cuadro inmoral de las personas excluidas por la corrupción y la falta de inteligencia, convertidas en número y porcentaje.

La organización estructural en el país es promotora de una cultura cínica que aprovecha la necesidad humana de ser solidarios e incluye colectas y campañas a granel, por ejemplo, a favor de “nuestros hermanos del ande” en tiempo de friaje (como si no supiéramos que este fenómeno se repite año a año por lo cual el estado tendría que programar partidas presupuestales que provean recursos para soluciones definitivas); se invita a niños, jóvenes y adultos; a profesionales y empresas privadas y llegan las colaboraciones. Las consciencias se alivian y, como es habitual, esperaremos al próximo friaje para “alcanzar nuestro donativo”.

Así, tenemos un nutrido cronograma de “campañas” a favor de los huérfanos, anémicos, asilos, albergues, mujeres víctimas de la violencia, personas con habilidades especiales, etc. todas ellas promovidas por personas de bien que deben suplir aquello que el estado no puede hacer por falta de inteligencia y la empresa privada apoya solo si puede canjear sus aportes por imagen o publicidad.

En una sociedad utilitaria y tecnologizada se mata poco a poco al anciano por lento, por olvidadizo, por débil o por enfermizo (dígase de paso, esta es la idea mezquina que se nos ha sembrado). Se mata su sabiduría, su nobleza y las muchas enseñanzas que nos puede legar; se le ignora hasta convencerlo que para la velocidad y el ritmo de “producción” (término tan agotado y sumergido a las fangosas aguas de la inmoralidad) ha dejado de ser importante.

Soñar es como imaginar (o fantasear en el peor de los casos). Sueño con una sociedad menos cínica, donde los actos de amor que haga la derecha no los conozca la izquierda. Donde la vida se respete y se promueva. Donde la vida humana sea defendida a gritos, más que la vida de perros y gatos. Sueño con una sociedad donde los ancianos puedan estar rodeados de multitudes de jóvenes y niños que puedan gozar la profundidad de sus enseñanzas basadas en experiencias de vida. Donde se aprenda más por consejo que por errores cometidos. Sueño con una sociedad sin pobreza, donde se respete y se acepte la unicidad de cada persona independientemente de su lengua, lugar de origen, edad, aspecto o creencia (fíjense que todo esto lo dice la constitución política. ¡suenen las carcajadas!). Sueño con un estado inteligente y con políticos preparados intelectualmente y autónomos en sus argumentos. Sueño, con una sociedad donde los pobres, las víctimas del friaje, de la violencia (física, psicológica y estructural) no vivan con las manos extendidas o al pie de la mesa esperando caigan las migajas que les permitan sobrevivir. Sueño con una sociedad que deteste matar y promueva vivir.


jueves, 30 de julio de 2020

¿Réquiem por las bibliotecas?


El lugar más visitado en las instituciones educativas, especialmente las superiores universitarias, debe ser la biblioteca. La crisis social de este tiempo guarda una triste relación con el sonido que las hojas adheridas de los libros en desuso hacen cuando los abrimos. La cantidad de libros o la amplitud de los espacios de lectura hacen un favor escaso a la sociedad sin un sistema que promueva la lectura y sin la motivación o necesidad de las personas. 

Se evita lo difícil: la perplejidad, el análisis, la relación de las ideas… y, ya ven como estamos, aceptando y tolerando con inmerecida indulgencia ideas y modas que han subsumido a nuestra sociedad en el lodo del embrutecimiento aplaudido; somos incapaces de argumentar (por falta de conociento que genere autonomía) y, ya que se promueve la cultura de lo fácil y lo útil, preferimos edificar sobre la base del escándalo y el anonadamiento admitido frente a una pantalla de televisor. Hemos creado y extrapolado códigos lingüísticos; algunos para abreviar ideas, otros para calificar personas, instituciones y acciones según los contenidos paupérrimos de los video juegos, las canciones de letra obscena y la pobreza intelectual de los gorilas de cuerpos bronceados, que no conocen la letra completa del Himno Nacional y causas millones de suspiros diarios con su sonrisa perfecta.

Esto se pone peor, no he conocido aún ninguna biblioteca en Lambayeque que reúna las características de este espacio académico: ordenada, limpia, organizada, con textos y obras recientes y de interés catalogadas, repositorio especializado, sencilla, silente, con espacios diferenciados, abierta a otras actividades y no solo a la lectura: debates, cine, coloquios… ¡No faltaba más! Para ellas no se asigna un presupuesto digno pues promover el conocimiento a través de la lectura no es un buen negocio (no se cuantifica el retorno de la inversión). Nadie reclama, a los jóvenes esto no les interesa o afecta, pero lo que es peor ¿escuchó o leyó usted que algún maestro en las escuelas o universidades proteste o, al menos, muestre oficialmente su preocupación por el estado actual de las bibliotecas? (para ser justo conozco a tres o cuatro maestros universitarios que lo han hecho fracasando en el intento) Mucho me temo que las bibliotecas, que esperan a los jóvenes con los brazos (libros) abiertos, están casi vacías porque en las universidades y escuelas la mayoría de maestros no tiene por hábito leer y, siendo así, ¿no es, entonces, la situación actual de la cultura, educación y sociedad, un efecto del amodorramiento de los agentes en instituciones educativas más interesadas en el balance anual que en la calidad de sus egresados?

Francisca Josefina Peña González, maestra de la Universidad de los Andes, publicó “El placer de leer” (2018) he aquí una afirmación que comparto “la formación de lectores autónomos es una responsabilidad del sistema educativo. Es una función compleja y difícil por la connotación de tarea que se le imprime a la lectura en la educación formal sistematizada”. Muy pocas personas viven la experiencia del placer de leer: la sensación de goce o satisfacción que experimentamos al percibir ideas y realidades fascinantes que nos encandilan y agradan. La sensación positiva e infinita de las realidades que se abren y se muestran; la perplejidad y la alegría de conocer y saber que, luego, regresaré para conocer más y más y más. La realidad que me afecta positivamente a nivel físico, mental o espiritual, y que está asociado a mi felicidad, bienestar y satisfacción.

Por el momento, los anaqueles de las bibliotecas, lucen vetustos y olvidados. ¿Réquiem por las bibliotecas? ¡Todavía! Aún agoniza. Sus muchos libros ignorados y en desuso aún pueden ser abiertos, aunque, por el momento, me hacen recordar que corresponden a una realidad lamentable e inútil; tal como la de los cadáveres de una fosa común.


miércoles, 29 de julio de 2020

Perú: estado empírico y el abismo social

"Basadre" - pintura de Fernando de Szyszlo


Jorge Basadre, en la década de 1940, explicó la desgracia peruana de la Guerra del Pacífico y la condición paupérrima de la República en “dos fallas esenciales que, si continúan existiendo, pueden llevarlo a nuevas catástrofes frente a las grandes pruebas del futuro: la supervivencia del Estado empírico y la del abismo social”.

Definió las características del empirismo de nuestro estado: alienado, frágil, corroído de impurezas, anómalo, inestable, ineficaz en su actuación, con un presidente inestable, un congreso de origen discutible, elecciones amañadas y, en suma, una democracia falsa. Da la impresión que este diagnóstico correspondiera a nuestro tiempo y no a una realidad de hace ochenta años. Destacó la falta de inteligencia en el gobierno, la escasez de personas preparadas para ejercer la función pública y el inexistente buen ejemplo entre los funcionarios, de manera que no había garantías de una formación de cuadros para el desempeño de dichas funciones.

El acceso al gobierno del estado ha sido, casi siempre, una cuestión de dinero. La democracia descansa en una ciudadanía débil. Esta anomia no puede ser distinta considerando la debilidad educativa y cultural que, da la impresión, terminará por llevarnos a la incivilidad total; a la catástrofe cavernaria del individualismo feroz, al desprecio de la inteligencia y a la vigencia consuetudinaria del cinismo.

Las miserias del estado, descansan hoy como en el tiempo de Basadre, en un profundo, injusto y lastimero abismo social. No se ha resuelto el problema de la pobreza, la desigualdad social, el acceso a los servicios básicos, la educación pública de calidad, la inclusión de las comunidades andinas y amazónicas, el respeto a la diversidad lingüística y cultural, el racismo, la exclusión del “otro” que no corresponde a los cánones alienados que se han establecido para gobernar, ser político o defender lo suyo.

Los dos extremos del Perú, bien pueden caricaturizarse en los personajes consuetudinarios de la permanente comedia que con el mismo guion y diferentes personajes significa el acto democrático (término alborotador para nuestra realidad) de elegir autoridades: los candidatos (con mínimas excepciones), políticos de inteligencia fracasada, tránsfugas, negociantes con mucho dinero y poca preparación, demagogos de labia fluida y fijaciones perversas; de otra parte, el ciudadano, persona de mano extendida, dispuesta a hipotecar su consciencia por una dádiva o una promesa de trabajo, capaz de menear su preferencia al ritmo del pungi que hipnotiza su consciencia.

Pensar que, en otros tiempos, el candidato fue así llamado pues vestía una túnica blanca que usaba para destacar por la nitidez de sus aportes e ideas, por sus cualidades personales y aptitudes de gobierno. Hoy, la túnica de la democracia ha sido seriamente manchada con el comportamiento de aquellos que mal gobiernan y de otros que preparan las tapas más bulliciosas de las ollas y los reales de la herencia familiar para postularse sin méritos intelectuales ni aptitudes académicas en el próximo proceso electoral de abril. ¿Y el ciudadano? Se ha convertido en un ser inconsciente de sus derechos políticos, de su rol como agente activo y determinante del estado. ¿Cuándo notará el ciudadano que su débil participación en la toma de decisiones del estado es una de las causas de la permisividad ante las decisiones erróneas? El sentido de identidad y pertenencia muestran su más débil expresión en el rol desinteresado y cómplice del ciudadano (¿?) peruano.

El estado empírico y el abismo social subsisten, también, por el desinterés de quienes saben y pueden, pero no quieren involucrarse.



 


Constitución… ¡Estruendosas carcajadas!

Constitución… ¡Estruendosas carcajadas!


El Perú ha redactado leyes imposibles y dignas de las más estruendosas carcajadas. La constitución es la primera de ellas. La “Carta magna” invoca desde el inicio enunciados propios de un país de retórica barata, donde la palabra vale poco y la viveza implica sacar la vuelta a la ley. Un país, donde la “ley del embudo” (invocada por satíricos del siglo XIX) sigue (y seguirá) vigente con su muy antigua fórmula de usufructo: en la parte más amplia, arriba, quienes gozan del poder, deleitándose en la ostentación y el despilfarro; abajo, en la punta del embudo, los pobres, apenas maman de las gotas que los de arriba dejan caer. No creo que la constitución deba cambiar. Pienso que la actitud ante ella debe mejorar. A continuación algunos ejemplos:

¿La defensa de la persona humana y el respeto de su dignidad son el fin supremo de la sociedad y del Estado? Quedo perplejo ante la incapacidad social de definir los términos persona, dignidad, sociedad y estado. Ya que la onomatopeya no basta, mejor emito la metonimia “¡ya es tiempo de tener seso!”.  Otra, ¿El concebido es sujeto de derecho en todo cuanto le favorece? ¡Tamaña mentira! ¿no estamos, acaso, en el territorio de “ellos y ellas” de “todos y todas”? ¿no también, gobernantes que (por jugar a la inclusividad) restan dignidad a la unicidad de la persona y admite constantes ataques contra la familia natural? ¿Nadie se ha dado cuenta que la constitución declara viva a la persona desde el momento mismo de la concepción?

¿El estado propicia la creación intelectual, artística, técnica y científica; propicia el acceso a la cultura y fomenta su desarrollo y difusión? ¡No! No sabe cómo hacerlo, sus mayores órganos estructurales en materia de educación y cultura apenas luchan por salir del sótano del ranking de la lectoescritura o contratan cantantes desconocidos para dictar charlas motivacionales a los burócratas y papeleros de turno. Irrespeta la creación intelectual con un tratamiento tibio de la colusión, el plagio y el auto plagio, a través de un organismo que para admitir denuncias o respaldar creaciones cobra derechos inaccesibles para algunos. Permite con desparpajo la existencia de universidades que “investigan” según el papel, cuyos maestros (en su gran mayoría) no leen, publican, ni crean conocimientos; universidades con bibliotecas paupérrimas, de libros con hojas pegadas por el desuso, estantes apolillados y una baja cantidad de lectores (obligados, para ciertos documentos) … ¿Alguien leyó El principito, Corazón o La divina comedia?

¿Todo peruano tiene derecho a usar su propio idioma ante cualquier autoridad mediante un intérprete? No lo creo. Es más sencillo para un turista de habla inglesa comunicar su estado de ánimo y solicitar el baño de un restaurante que para un quechua, aimara, conibo o ashaninka comunicar que sus tierras son contaminadas, que necesitan vacunas, alimentación básica (para combatir la anemia) y educación de calidad en su propio idioma. ¿Cuántas tesis en quechua o en cualquier lengua nativa se han defendido en las universidades del país? Hasta donde sé, una.

¿La comunidad y el Estado protegen especialmente al niño, al adolescente, a la madre y al anciano en situación de abandono? ¿También protegen a la familia y promueven el matrimonio? ¿Reconocen a estos últimos como institutos naturales y fundamentales de la sociedad? ¡Estoy al bode del desmayo!¡No y No! Hemos permitido palmoteando como morsas que la sub cultura del más fuerte, del más bello, de la cabeza vacía, del más grosero, invada la televisión y, por ende, las familias, con mensajes distorsionados de masculinidad, amor y tratamiento al prójimo. Hemos sido permisivos ante la vulgarización de los contenidos y comportamientos.

Un país que no es capaz de respetar la mayor, la más importante, citable e incontrastable de sus leyes ¿será capaz de promover la ética, la legitimidad, la legalidad en todos los estamentos y áreas de su desarrollo?... finalmente, retiro lo de “estruendosas carcajadas”. Prefiero ir a leer, a lo mejor y encuentre en el plagio de Bryce una razón para argumentar sobre lo original.