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Las dos caras de una misma moneda: sociedad civil (educada y normativa) y sociedad incivil (violenta y bárbara) |
Incivilidad es “falta de civilidad o
de cultura” (según DRAE); describe un comportamiento o discurso vulgar o antisocial
(Según Oxford dictionary) y se relaciona con los comportamientos propios de la
barbarie: rudos, agresivos, violentos; con discursos groseros, intolerantes y
totalitarios. Es un problema de la sociedad contemporánea que no exime a
ninguna nación en particular y se muestra, específicamente, en toda interacción
de sus agentes: laboral, familiar, amical, entre otras. Sin duda nuestros actos
y comportamientos nos definen como personas, también nuestras palabras frente y
sobre los demás. Podemos promover o minimizar a tal punto de hacer sentir a las
personas valoradas, apreciadas, capaces, escuchadas o incapaces, ignoradas,
pequeñas…apreciamos las dos caras de una misma moneda. De un lado la “sociedad
civil” (normativa y educada) y del otro la “sociedad incivil” (agresiva y bárbara).
Pienso que, en cierta medida, la
sociedad incivil permanece y muestra sus mejores galas en tiempos de tensión y
en cualquiera de los espacios de la interacción humana. La vemos en muchas
familias a través de padres déspotas y la violencia verbal o física; en el
espacio educativo con maestros intolerantes que educan solo para competir,
ganar y producir olvidando la sensibilidad, el arte y la riqueza del
movimiento; en el ámbito laboral mediante jefes abusivos, irrespetuosos,
ofensivos…siempre, el agente tensor de la incivilidad, es aquel que está en
determinada posición de liderazgo o, mejor dicho, de poder.
Myriam Jimeno (2004) en su contribución
a la antropología de las emociones nos recuerda que en los textos de Thomas
Hobbes y Adam Ferguson, lo incivil hacía referencia a los hábitos rústicos, no
refinados; denominaba lo bárbaro, impropio, indecoroso, maleducado y violento.
Hobbes calificó la violencia de la incivilidad como el fantasma de la sociedad
civil y Ferguson afirmó que el incivilizado sigue el dictado de la pasión terminando
en palabras de reproche, violencia y golpes.
Concuerdo con Michael Sandel, cuando
afirma “(nos sentimos consternados) por la aspereza de la vida cotidiana: la
mala educación en las carreteras, la violencia y la vulgaridad de las películas
y la música popular, el tono descaradamente confesional
de la televisión diurna, la figura del deportista que escupe al árbitro”
(Sandel, 2008 p.82) habría mucho más que decir al recrear la actuación de
políticos, líderes de opinión, funcionarios públicos.
No se trata de posición social o de
acceso a una educación formal de, aparentemente, mejor calidad pues “Sea príncipe,
sea un hombre sapientísimo, sea poderoso o sea rico; si le falta educación, si
es incivil seguramente será desgraciado… las piedras más preciosas solo son
estimadas cuando están pulidas… la incivilidad es señal de corazón poco
generoso y de espíritu limitado” (Riera, 1819 p. 94). La civilidad es efecto de
una educación integral que respete las dimensiones humanas (incluyendo la
afectiva y espiritual).
La incivilidad es el síntoma de un
problema de nuestra vida pública: la pérdida de la sensibilidad humana, el afán
de instrumentalizar al otro, el egoísmo jactancioso por los “triunfos”
particulares. No es un problema que se resuelva solo simulando delicadezas (casi
siempre le llamamos comportamiento social) o bajando el tono de nuestros
mensajes. Nuestra sociedad debe redescubrir las bondades de nuestro particular tejido
moral a través de la educación y la cultura.