sábado, 24 de diciembre de 2011

La Locura de Santiago Oyola "El Príncipe Azul" de Chiclayo

La "Revista Centenaria" (18 de abril de 1935) publicada por la Empresa Editora Centenario, contando con la Dirección de Federico Echeandía y José Bracamonte, y la Redacción de la sección literaria e histórica del siempre recordado poeta, historiador y tradicionalista Nicanor de la Fuente "Nixa"; contiene un singular artículo dedicado al periodista, dibujante y poeta Santiago Oyola, hombre de letras de la segunda década del siglo XX. "Nixa" tituló al artículo "¡Oh, la Felicidad de los que Perdieron la Conciencia" y, en él, expresa su tristeza por la pérdida de la razón de Oyola, su amigo y antiguo compañero de trabajo. Santiago Oyola, refiere "Nixa", "ha sido un hombre bueno. Romántico... ahora, Santiago Oyola está loco. Ha perdido la razón".
Santiago Oyola se crió en el seno de una familia modesta y, desde muy joven se dedicó a la lectura y la investigación. Se le veía casi siempre acompañado de densos libros de leyes, pretendía alcanzar una matrícula universitaria "esperando alcanzar una profesión que lo independizara en la vida". Era un hombre felizmente casado, su esposa era natural de Catacaos (Piura) y padre de tres hijos. Escribió, en 1925, el poemario "Azul del Trópico" y, más tarde, "Rumores de Ondina" obra que contenía todas sus crónicas y producción periodística. Escribió usando el seudónimo de "El Príncipe Azul".
Trabajó en diversos medios periodísticos de la época. Lo curioso del caso es que, siendo cronista de "El Tiempo" de Chiclayo, gustó de escribir sobre la pérdida de la razón haciendo recurrente dicho tema en sus artículos. El 8 de abril de 1925, Oyola escribió "Los que en realidad o en apariencia han perdido la razón, son a veces, más felices que los propios seres de conciencia". Cuando le tocó escribir sobre las lluvias e inundaciones en Chiclayo, una vez más toca el tema: "Las lluvias eran torrenciales y la idea de la inundación alcanzaba en nuestras atormentadas mentes las proporciones de un fantasma, y los felices locos caminaban desarrollando su favorito tema, ajenos a cuanto palpitaba en el mundo exterior". Un par de artículos suyos fueron "Escenas Callejeras" ( en él se refiere a los orates que deambulaban por Chiclayo) y "Los Locos Populares" (una continuación del primero).
¿Cuál fue la causa de su locura? nadie lo sabe. "Nixa" sospecha que fue a causa de "la lectura serena, tranquila, meditativa, inofensiva (que) acechaba sus pasos". Lo cierto es que desde finales del 25 se le veía "ostentando una densa melena, una corbata de lazo, cadavérico, mal vestido y envuelto en la nostalgia de su propia barba. (se creía) una mentalidad superior llamada a grandes realizaciones dentro del desenvolvimiento intelectual del país". Cada día se le veía buscando con obsesión y con ansia un editorque le publique uno de los muchos libros cuyos borradores originales andaba bajo el brazo,  o a cualquier complaciente persona dispuesta a escuchar sus versos y atender su lectura. Quería ser escuchado y encontraba deleite leyendo en alta voz sus creaciones incomprensibles para todos.
Santiago Oyola es un Chiclayano que como muchos otros deb ser saludado. Nadie supo de su destino y su muerte. Quedó en el recuerdo como uno de los "locos populares". Como un hombre que perdió la razón. Sin embargo, "Nixa" se encargó de guardar su obra y dejarla grabada en la historia.


El Inicio de la Acción Evangelizadora de la Orden Agustina en el Perú Según la Crónica de Fray Juan Teodoro Vázquez: La Obra del Venerable Siervo de Dios José de Espinosa y Valdivieso (III Parte)

1.- Hagiografía de Fray José de Espinosa

1.5.- Quinto momento: La muerte de Fray José de Espinosa

A pesar de la dureza mostrada por los naturales para recibir el mensaje de los evangelizadores sin el premio de la dádiva material, la doctrina crecía cada vez más por obra de Dios. Ya no solo eran Espinosa, Hurtado y Celis; habían también otros sacerdotes que, guiados por el Espíritu Santo, llegaban hasta tales solitarias tierras prefiriendo conseguir el tesoro de las almas.

Sin embargo, tan delicada misión pasaría cuenta a Espinosa, a la fecha habían pasado catorce años desde su llegada a la zona del Marañón; Vázquez comenta “acabose como la antorcha, no solo porque en el fin fue la mayor llamarada de virtudes, sino porque en ella, física y realmente, se apagó de repente, la luz hermana de su vida”.

Salió de la montaña y se dirigió a la doctrina de Tambo donde el Padre Dionisio de Oré le recibió en su casa. El motivo de su viaje fue solicitar limosna para su obra misionera. Habiendo sido invitado a dormir se dirigió Fray José a la habitación asignada y mientras escribía una carta, entregó el alma al Señor. “fue de repente mas no improvisa su muerte, pues desde el momento que trocó las vanidades por los abatimientos; las delicadezas y aseos por las maceraciones y groserías del traje; los engaños del mundo por los caminos del cielo; y, en fin, la vida de fraile relajado, por la de apostólico misionero, no hizo otra cosa en todos los instantes del tiempo sino prevenir el tránsito de aquel estrecho, donde fracasan tantos bajeles racionales…llevaba siempre sacrificada la vida a los golpes de la muerte, no pasando hora del día y de la noche, en que no juzgase que lo asaltaba, o ya en las flechas de los bárbaros, o ya en las garras de las fieras, o ya, en fin, en los continuos riesgos de ahogos, tempestades y despeñaderos”.

Tiempo después, la madre de Fray José de Espinosa, recibió a un hidalgo que llegó a la ciudad capital procedente de Huanta. Dicho caballero narró dos prodigios o milagros con los que Dios se había glorificado a través de su siervo.

El primero consistió en la resurrección de un indígena. Sí, habiendo llegado a una tierra extraña fue recibido por un grupo de naturales que lo amenazaron con quitarle la vida si no decía las razones de su ingreso a sus tierras. Dijo el Siervo que quería su bien y alejarlos del fuego del infierno. Pidiendo prueba de lo dicho le solicitaron y consiguieron la resurrección de un natural muerto después que pidiera Fray Espinosa veinticuatro horas para orar.

El segundo milagro fue observado directamente por el hidalgo por haber ocurrido en su propia casa. Narró que estando en lejanos caminos, encontró al fraile extenuado y casi desfallecido por una fiebre que le atacaba. A pesar de su negativa le acomodó en su caballo y trasladó a su casa, donde días después con medicina y buena alimentación logró restablecer la salud del religioso. Tenía el hidalgo dos hijos, un niño alegre y juguetón y una niña que había nacido tullida y siempre era sentada en un rincón de la sala. No lo sabía el fraile y quiso un día brindarle un bizcochuelo, la llamó pero la niña no se acercó. Le comunicaron, entonces, la condición física de la niña ante lo que el sacerdote, arrebatado luego de un soberano impulso, dijo: “¡Aunque estés, niña baldada, levántate en Nombre de Jesús y ven acá a recibir este agasajo!”. La criatura se levantó en el acto y corrió al encuentro del siervo de Dios.

Su cuerpo fue depositado en la iglesia parroquial del pueblo de Huanta. Inspirado por la heroicidad de Fray José de Espinosa, el cronista Juan Teodoro Vázquez le dedica las siguientes sentidas palabras: “¡Oh felicísimo padre y hermano mío! Sin temeridad puedo decir que fue tu instantánea muerte una dilatada y venturosa vida, pues pusiste como infalible medio para lograrla una continuada muerte en la fuga del mundo y sus halagos, en el quebranto de todos tus apetitos y pasiones, en el degüello de tu amor propio y tus aplausos, y, en la persecución rígida e incansable de tu cuerpo… goza feliz la corona que supiste merecer, venciendo tantas batallas, y, pues la reducción de estos infelices bárbaros te tuvo tantas fatigas de costo, clama al Señor y pide los atienda, misericordioso, difundiendo en sus ministros, aquel espíritu valiente, con que a ti te pasó, del descanso a los afanes, y, desde la vida religiosa, al apostólico empleo”.















martes, 20 de diciembre de 2011

El Inicio de la Acción Evangelizadora de la Orden Agustina en el Perú Según la Crónica de Fray Juan Teodoro Vázquez: La Obra del Venerable Siervo de Dios José de Espinosa y Valdivieso (II Parte)

1.- Hagiografía de José de Espinosa y Valdivieso

1.2.- Segundo momento: el inicio de su trabajo evangelizador

Dos hechos resalta el cronista sobre el inicio de la obra evangelizadora de José de Espinosa; de una parte el notorio llamado de Dios, diligentemente aceptado por el Venerable Siervo para el inicio de tan encomiable labor, y de otra, las dificultades, que ocasionaban temores y desconfianzas breves, para la realización de la encomienda:

a) La débil salud de Espinosa que dificultaría su empeño de acceder a los Andes.

b) El rechazo por lo hispano que manifestaron en diversas oportunidades los naturales de la zona por lo que expulsaban de sus linderos a los evangelizadores o les quitaban la vida. En la montaña donde Espinosa planifico evangelizar “fue lanzado (hacia) pocos años un santo clérigo…”.

c) Se sabía que los naturales se interesaban rápidamente por algunas dadivas y bienes materiales. Espinosa iría en total estado de pobreza.

d) Espinosa viajaría solo, lo cual significaba una acción temeraria en inhóspitos parajes tan difíciles como desconocidos. Además, desconocía la lengua de los naturales.

Superados los inconvenientes logro el Siervo la licencia del Provincial de la Orden. El periplo se inicio y con él las mortificaciones “… miraba la aspereza de los andes como esfera de su libertad y centro de su descanso… (Llevaba) una serrana y mal enjaezada mula” además de una pobre y raída frazada, una alforjilla. Su primer destino seria Huamanga donde planeaba contratar los servicios de un arriero.

Don Benigno Uyarra nos pide al inicio de sus comentarios sobre la crónica no tomar literalmente algunos pasajes de la misma. A continuación trascribo la escena de la partida de espinosa donde pudo haberse producido un milagro: “despedido con tiernas lagrimas de una bella imagen de María, en su Concepción, colocada en nuestra portería de San Ildefonso, dulce blanco de sus amores y también con dulce jubilo de sus hermanos, a quienes dejo tan tiernos como envidiosos, se partió de esta ciudad, tan ansioso de llegar a su apetecido centro, que solo el tormento de la dilación, se le hizo intolerable, entre las infinitas incomodidades que padeció, yendo tan mal aviado, flaco y mal vestido, por tan ásperos senderos”.

Una vez en Huamanga tomo conocimiento del estado de la evangelización de los naturales del pueblo de “San Miguel” desde la muerte de su cura doctrinero y determino hacer una escala en su subida a los Andes en la Provincia de Huanta. En dicho lugar su labor evangelizadora le mereció el reconocimiento y veneración de la gente y “paso a hacerse dueño de todas las voluntades” recibiendo el encargo de conducir el Hospicio de la Misericordia “juzgando (la gente) que ninguno cuidaría con mas puntualidad de la salud de los enfermos del cuerpo, que él, que tanto anhelaba por el remedio de los dolientes del espíritu”.

Siendo muy pocos los enfermos por atender, la casa sirvió como hospedaje de los Padres que entraron a la montaña, de escuela donde aprendieron la lengua de los naturales y como lugar de doctrina para los pobladores necesitados de Dios. Mientras trabajaba en tales labores, se enteraba de los caminos o sendas que debía tomar para entrar más fácilmente en la montaña. Finalmente, acompañado de algunos agricultores que tenían sus campos en las faldas de las montañas y habiendo conseguido apetecibles “alhajas” para los indígenas (hachas, cuchillos, machetes e instrumentos de labranza) partió hacia su anhelado destino.

La primera fundación realizada por Espinosa es el pueblo de Jesús María. Vázquez nos da detalles al respecto “ hay, desde el pueblo de Huanta hasta el de Jesús María (primera fundación de nuestro V.P, dentro de la montaña) treinta y cuatro leguas de tan elevados cerros y profundas quebradas, que estas parecen pórticos del Abismo, aquellos puntales del cielo…” el lugar era de una geografía y clima bastante agresivos “a esta tierra de aspereza, añaden nuevos peligros las nubes, pues no esmaltan de menudo aljófar, la esmeralda de las yerbas, sino anegan en diluvios, la soberbia de aquellos encumbrados montes, robándoles con brazos crecidos de cristal, ya que no el vestido de los verdes robustos arboles, toda la bella guarnición de las yerbas y menudas plantas”.

El principal, casi el único, alimento de Siervo consistió en yucas, maíz y camotes. Su perspicaz inteligencia le permitió el aprendizaje del idioma de los naturales, no con poco esfuerzo, esto le significo vencer su mayor dificultad.

Su trabajo evangelizador lo desarrollo entre los indios llamados “Ninarvas” (“hombres de candela”) eran también llamados “chunchos”. Conoció de inmediato el nombre de sus ‘divinidades’: Lamagari, Marinanchi, Atentari, Atengarite, Camateguia, Asinquiri. Se anima el cronista Vázquez a describir a los naturales “Enseñados quizá, de sus horrendos dioses, que fundan la valentía en el espanto aparente de sus figuras; así añadiendo a su fealdad abominable que les dio la naturaleza, otra mayor en el artificio, se embijan o pintan el rostro, piernas y brazos, de tan varios y desapacibles colores, que no parecen moradores del mundo sino del abismo; de suerte que el más osado que los encontrara de repente, excusara el herirlos, por no verlos”. Agrega “usan solo, como cobardes del arco y flechas envenenadas… cuando matan con sus flechas en aquellos espesos bosques, es objeto de su goloso apetito… con ser tan intolerable el calor de esta montaña, no solicitan en la desnudez el socorro… (su vestido) se compone de una cusma o túnica de bien tupida lana que les cubre todo el cuerpo, desde el pie de la garganta hasta la garganta de sus pies… no trabajan más de lo preciso para sustentar su vida… lo demás del tiempo se consume en ocio detestable, padre de la embriaguez y la lujuria… no son en extremo interesables y codiciosos… no son aplicados a la rapiña ni al hurto” es este sentido, al reconocer su honradez, el cronista menciona “en fin, no hay gente por bárbara que sea, que no tenga alguna virtud que sirva de enseñanza y confusión, a los que rodeados de tantos auxilios y ejemplares, solemos carecer de todas”.

Con el paso del tiempo vieron los naturales de la zona la sinceridad en el hablar y el actuar de Fr. José de Espinosa pues “andaba por la fragosidad de la montaña en busca de indios como el cazador en el monte en pos de las fieras… ¡que hambres, que sustos, que desvelos, que destemples y fatigas, le costaría cada alma a este singularísimo cazador del cielo… pero salió de acero pues ni el continuo caminar le quebrantaba, ni el secar el calor del cuerpo la humedad continua de la ropa lo entumecía; ni lo enfermo, ni debilito la sobra de destemples y la falta frecuente de alimento…”.

Por lo anterior, aquellos indios que lograron el conocimiento de Dios siguieron a Fr. José de espinosa como la oveja al pastor. Se buscaron el territorio más próximo en las faldas de la montaña e hicieron, según indicaciones de espinosa, un centro poblado con casa “que aunque solo merecían el nombre de huasis (guasis) comparadas a nuestra vanidad, eran palacio para la suma estrechez y pobreza de aquellos indios”. La labor civilizadora de espinosa se hacía más sencilla debido a su testimonio de vida, por lo que los indios “se sujetaron con docilidad a las leyes que les quiso imponer su fundador y, como la Ley de Dios, que era todo el anhelo del V.P, no puede establecerse si se atropella el derecho de la naturaleza, aun antes de erigir capilla para los ministerios de la fe católica, como si fuera señor de todos aquellos montes, distribuyo a cada familia todo el ámbito de la tierra que cada uno juzgo necesaria para su sustento y proporcionada a sus fuerzas… quedaron todos satisfechos de la equidad de su pastor que solo se dispusieron a que fuese la obediencia de su labranza la primicia”. Al pueblo fundado se le llamo Santa Cruz. Hombres y mujeres, niños y adultos fueron voluntariamente bautizados. El numero de convertidos alcanzo a doscientas familias.

El rápido aumento de la población motivo la necesidad de un territorio más extenso; “no lo hubo bien propuesto a sus amados hijos su intención cuando, prevenidas de su diligencia las razones, partieron con él al punto, a disponer el lugar en que se había de erigir la nueva población”. Levantado el nuevo pueblo se edifico la capilla de troncos y cañas cubiertos de barro.

Con el tiempo, enterados de sus avances, desde Lima, Huamanga, Cuzco y otras ciudades; comenzó a llegar ayuda con la que se construyeron tres altares en el templo; el primero consagrado a Jesús, José y María; el segundo a Jesús Nazareno y el tercero a Nuestra Señora “en su Soledad dolorosa”. Se cubrieron las paredes con elegantes pinturas y, para el Santísimo Sacramento, consiguió la donación de una lámpara de plata. La buena fama del lugar permitió que muy pronto indios de otras zonas lleguen no solo a procurar el aumento de la población sino también el aumento de la grey.

1.3.- Tercer momento: la llegada de Fr. Alonso de Vivar

Fue impresionante el crecimiento de la obra evangelizadora de Espinosa; lo fue de tal manera que si bien el jubilo reinaba en el corazón del Venerable Siervo de Dios, su razón y la obediencia a la voluntad de Dios le indicaban que era el momento de una mayor cantidad de operarios para la mies. Oraba constantemente pidiendo al Señor nuevos obreros y “oyó el Señor tan bien fundados clamores, pues, formando de la fama, (con que ya volaba por casi todo el reino, con glorioso crédito, la misión de los montañeses chunchos) agudas y penetrantes saetas, hirió los corazones de algunos religiosos con ardiente celo y ansia de aspirar a esta conquista”.

El segundo misionero en ingresar a estas tierras vecinas al Marañón fue el Padre Alonso de Vivar natural de Burgos (España); hijo de Don Francisco Pérez de Vivar y Doña María Ruiz Motejo. Siendo joven, cruzo el Atlántico y llego a Lima dedicándose a la actividad comercial. Demostró poca agudeza para tales menesteres. Siendo inclinado a lo bueno y honesto conoció, la mayor parte del tiempo de muchas perdidas y pocas ganancias.

Esta amarga experiencia le valió para inferir que no era esa la actividad a la que Dios le había llamado sino la que considero como “los comercios de la gloria”. Respondió prontamente a este llamado acercándose a las puertas del Convento Grande de los agustinos, pidiendo al superior vestir el sagrado hábito de la orden. Pronto se reconocieron en el las virtudes de humildad, obediencia, recogimiento y modestia. Un año después concluyo el noviciado e hizo profesión.

No le dedico mayor tiempo al estudio (del cual le intereso solo la Teología Moral) pidiendo como sacerdote la licencia para retirarse a un pequeño convento en la Provincia de Arriba ubicada en el Alto Perú (el cronista desconoce la localidad exacta). En tal lugar se entrego de lleno a los ejercicios místicos y religiosos. Más tarde se enteraba de la misión de Fr. José de Espinosa, sus enormes progresos y necesidades y “como estaba en su corazón bien encendida la llama de la caridad con los prójimos, con este celestial soplo, levanto tan poderoso incendio, que no hubo embarazo alguno, que no mudase en pavesa”. Luego “pidió, después de consultarlo a Dios en la oración, licencia para la empresa al prelado, y como el corazón de esta estaba prevenido de la mano que dio a su siervo el impulso, al punto le concedió la licencia aunque conoció la falta que hacia al convento tan ejemplar religioso”.

El encuentro de Fray Alonso con el Padre José de Espinosa es narrado por el cronista de manera tal que resulta imposible no estremecerse ante la mucha fe de tales hombres de Dios:”(luego de) inmensa fatiga y trabajos padecidos con paciencia en los caminos, llegó, por fin, con singular regocijo de su espíritu (…) a los brazos del Siervo de Dios Espinosa. ¡Oh qué grande sería su consuelo, al ver en medio de la siembre tan fervoroso operario y, a vista de sus fatigas, un Cirineo tan piadoso…lleno de tiernas lágrimas, alabó al Señor nuestro nuevo misionero”.

Muy pronto Fray Alonso destacó por su carácter suave y cariñoso con los indios; no solo acompañó sino admiró al Padre José de Espinosa, con quien trabajaban insistentemente el catecumenado. Vivían ambos misioneros en condiciones de pobreza total en “una vivienda tan estrecha, desabrigada y ruda, una cama tan despojada de ropa y alivios permitidos al reposo, que eran más apetecibles las tareas del día, que los reposos de la noche”. Eran “enemigos” de su labor el calor sofocante, las lluvias y zancudos.

Notaron los santos Siervos de Dios que, si bien es cierto los indígenas permanecían a su lado y recibían la doctrina cristiana con relativa mansedumbre, era muy poco lo conseguido en cuanto a la doblez de sus vidas. Mostraban demasiado interés por las dádivas y beneficios materiales que obtenían de la misión. Ya no pedían, ahora exigían a los frailes por mayores regalos; exigencias hechas, en muchas ocasiones, con fiereza y amenazas. Además, era necesario contar con protección militar para continuar adentrándose en la Amazonía y garantizar la continuidad de su acción evangelizadora. Decidieron entonces los padres, que al benigno trato brindado a los naturales debía agregarse, ahora, la más severa disciplina.

Narra el cronista Vázquez. “habiéndose portado hasta aquí los padres bastante benignos con esta ruda gente, juzgando que bastaba la simplicidad de palomas, donde no se reconocían tiránicas astucias; pero, advirtiendo con el frecuente trato, cuan débil medio era el cariño para sujetar la altivez engreída de estos indios, y con qué insaciable hipocresía, solo al costo de repetidas dádivas se sosegaban un poco, para volver con más petulancia a repetir rebeldías y amenazas, fieros trataron de armarse de la prudencia de serpientes y aún de la ferocidad de estas, para que templándoles el miedo, la demasiada codicia, no quisiesen hacer vendible la perseverancia. Eran, aunque no en la ignorancia, en lo mezquino y antojadizo, como los niños, estos bárbaros; porque así como los pequeñuelos lloran, porque les den lo que apetecen, y, después de conseguirlo, si les ven a sus padres otras cosas, vuelven a gemir, hasta lograrla; así estos indios, en sabiendo que los padres tenían algunas coas de las que ellos apetecían, todo era gruñir y amenazar, hasta lograrlas; y, en consiguiéndolas, sin enmendarse ni corregirse, tornar con más duras molestias a pedir, no por necesidad, sino por avaricia”.

Solicitaron los frailes misioneros al Virrey una escuadra de soldados pues “son los españoles armados, el coco de todos los indios…” con la finalidad de atemorizar sin el menor deseo de usar la violencia que origina “la rapiña y la disolución…”.

Lograron una escuadra de veinte hombres armados con espadas y arcabuces capitaneados por Don Juan de Aguilar y su hermano, el alférez Don Francisco de Aguilar; ambos “hidalgos honrados y virtuosos…a quienes el interés de facilitar la conquista de las almas, los animó al laborioso ingreso de las montañas…no parecían profesores de la milicia de Marte, sino de la de Cristo”.

El resultado que produjo en los naturales la presencia de la milicia fue inmediato pues “grande fue el impacto que produjo…la embriaguez, duplicidad de mujeres y rendimiento al demonio, se fueron viendo más distantes de la ejecución…perseveraron muchos años corregidos”.

La continuidad de la acción evangelizadora toma, desde este instante, características de avanzada con el apoyo de la fuerza militar, así lo decidieron pues “no el temor de perder las vidas que a Dios tenían sacrificadas, desde que emprendieron conquista tan peligrosa, sí el recelo, de que muriendo ellos, no se arruinasen tantas almas, obligó a los padres a hacer esta segunda entrada a lo interior de estos intrincados laberintos, abrigados de temporal milicia”. Los soldados, entonces, eran los primeros en ingresar a cualquier centro poblado para doblegar el ímpetu de los naturales. Cuando eran vencidos, hacían su ingreso los misioneros y su mensaje: “les ataban las manos los soldados, y con el cariño y la liberalidad les abrían los oídos los ministros”.

¿Puede considerarse positivo este nuevo estilo evangelizador emprendido? El cronista da su propia respuesta “con este medio domesticaron muchas de aquellas cerriles fieras, y con este medio, tuvieron más corregidos a todos los que olvidaban el ser modestas ovejas, mostrando los dientes del antiguo, cruel lobo”.

1.4.- Cuarto momento: Fray Agustín de Hurtado y sus heroicas virtudes

Fray Agustín de Hurtado, limeño; hijo de Don Juan Hurtado de Ibarguen y de Doña María de Loaiza, “nobles en la sangre y nobilísimos en la virtud”. Se incorporó a la Orden de San Agustín antes de cumplir la edad de quince años, recibiendo formación de los Padres Pedro de Tovar, Lagunilla y Cantillana. Su noviciado tuvo duración de dos años y medio.

Los progresos en su formación fueron notorios: “así, sin faltar en nada a las precisas obligaciones de religioso y sacerdote, corrió algunos años, empleando en obsequio de la religión, su buen talento, ya en el púlpito, con agudos y elegantes sermones; ya en la cátedra, leyendo un singular curso de artes y muchas materias teológicas, en que logró muy especiales discípulos… lo sacó Dios de aquella calma… para encenderlo en ansias caritativas de convertir infieles”.

El cronista refiere que Hurtado conocía a Fray José de Espinosa a quien tuvo de confesor. Además, menciona dos “enfermedades” que padecía: “había siempre padecido el Siervo de Dios dos enfermedades que no carecen de parentesco: escrúpulos e hipocondría…”. Otros le tuvieron por orate debido a su vida solitaria y abstraída: “…llegaron muchos a pensar falta de la cabeza, lo que era sobra de seso…” más adelante se puede inferir que el Fraile Hurtado padecía de dolores de cabeza y estomacales, así como de mala visión por ser corto de vista.

En determinado momento, por gracia divina, manifiesta Hurtado su interés por seguir los pasos del Padre Espinosa, su confesor y maestro. Lo tuvieron por loco. Decidió buscar la ayuda de una sabia mujer de la época, la Madre Antonia, de las nazarenas. A ella manifestó el ardiente deseo de su corazón. Rápidamente noto la honestidad del misionero. Madre Antonia comunicó a un sacerdote los deseos de Hurtado; era aquel sacerdote uno de quienes pensaban en la locura de Hurtado, no fue para nada extraño que prohibiera a la religiosa cualquier conversación con Hurtado. La religiosa obedeció con tristeza, sin dejar de orar junto a sus “penitentes hijas”. Las oraciones dieron fruto y terminó el sacerdote consultado convencido de las virtudes de Hurtado.

Tal como ocurriera con Espinosa, Hurtado tiene un tierno “encuentro” con la Madre de Dios antes de partir a su misión evangelizadora en la montaña. El cronista narra la experiencia: “Una bella imagen de Nuestra Señora de Belén que tuvo siempre consigo y veneró con gran ternura, le habló sensiblemente en Lima y en la montaña; allí, animándole a la empresa y serenando sus tempestuosas dudas, y, aquí, noticiándole de su dichoso martirio y gloriosa muerte, y, ¿quién duda no excluiría de sus inefables coloquios el hijo, al que hallaba digno de los suyos, su soberana Madre?”

Solícito pidió al superior de la Orden la licencia para partir a la montaña y como se la negara debido a su débil salud “se dejó caer humilde y afligido en los brazos de la ordenación divina: ¡Oh, Señor! Le decía más con lágrimas que con voces, si son estos impulsos vuestros, pues son superiores a toda la naturaleza; ¿Cómo así me cerráis, al tiempo de la ejecución, las puertas? ¡Oh, quitadme los deseos, si no son de vuestro agrado y, si lo son, dadles luz a mis superiores, para que sin dilación, ejecuten vuestra voluntad”.

En todo tiempo la Madre Antonia animó al entristecido sacerdote, hasta que, cumpliéndose la voluntad perfecta del Divino hacedor logró licencia para partir a la montaña en el momento que considere conveniente. No esperó más y partió totalmente pobre, prefirió no despedirse y caminó cinco leguas hasta la zona de Cieneguilla. Encontrándolo en el camino un sacerdote y, pidiéndole razón de su destino, le dijo “voy a obedecer al altísimo como ministro suyo”. Sin embargo, el estado de su apariencia era tal que aquel sacerdote lo tomó por ido y comunicó el hecho al Padre Provincial de los agustinos quien envió a Fray Bernardo de Jesús al rescate de de Hurtado, a quien encontró fatigado y con los pies ampollados, con la orden de volverse en obediencia a la capital.

Retomó el viaje unos días después, esta vez contaba con “cabalgadura y guía”. Después de días enteros de penurias llegó a destino siendo recibido por Fray José de Espinosa en un ambiente de gozo y agradecimiento pleno a Dios. Días después, habiendo recibido de Dios la convicción de su ministerio, “le suplicó (al Padre Espinosa) más con lágrimas que con voces, lo admitiese en su compañía, como rendido novicio, en tan sublime ministerio, y, que, si en el año de probación, reconocía su iluminada prudencia, que no era propósito para tan sublime oficio, lo despidiese luego de su santa compañía…”.

La decisión fue dura de tomar para Espinosa “porque como era tan humilde como Hurtado, y lo tenía por más sabio y grande amigo de Dios, juzgaba que no podía, sin visos de altivez, mandar como a su novicio, al que tenía destinado para Maestro y Director de su espíritu, pero obedeciendo las lágrimas y deprecaciones del recién venido todas las duras resistencias de su humildad, lo admitió a las sumisiones de novicio, quedando el uno en este lance no menos mortificado que el otro humilde; y, más confuso Espinosa, entre las precisiones de mandar como superior, que el otro alegre, entre las sumisiones obedecer”.

Al poco tiempo, Hurtado, habiendo dedicado su mejor esfuerzo, aprendió la lengua de los naturales. Mortificó su cuerpo con ayunos y, por las noches, durmiendo suspendido de una cruz de madera, que el mismo fabricó, a imitación de Cristo. Decidió no lavar más su túnica, agregando como tormento el mal olor de su cuerpo, esto facilitó su carne para las sabandijas que participaron de las mortificaciones de la carne del siervo de Dios. Su cuerpo se llenó de dolorosas llagas, por lo cual el Padre Espinosa le pidió en obediencia lavar su túnica y limpiar su cuerpo. Sobre los frutos del espíritu nos dice el cronista “en el coro, en el altar, en el estudio, en la oración y el trabajo, no parecía hombre y tan débil como lo formó la naturaleza, sino un Serafín incapaz de fatigarse; así, con asombro, aún de los mismos bárbaros, cumplió el año que él se impuso de noviciado…”.

Comienza, luego, a internarse en la montaña. Parte del pueblo de Jesús María acompañado de Fray Fernando de Celis entendiendo que “para dar en la confusa y solitaria morada de muchas de aquellas fieras humanas, le era preciso atravesar por varias partes: el Marañón, monstruo espantoso entre los ríos, a quien, con más adecuación, le conviniera el nombre de golfo, pues a su vista, el Éufrates, el Nilo, el Ganges y, otros celebrados torrentes, fueran pequeños arroyos”.

Cruzó el caudaloso río en una balsa de palos atados con ayuda de un solo remo “¡Oh cuantas veces se vieron casi sorbidos de las rápidas corrientes! Por fin, lograron llegar “al miserable albergue de un indio” desde donde evangelizando a otros naturales cayeron en gracia tal que muy pronto “fueron dejando los bosques donde vivían, como brutos, y, partiéndose al poblado, a aprender el raciocinio”.

El cronista menciona algunas “características” de la mentalidad y forma de vida de los naturales; por ejemplo comenta que “era esta gente enemiga del trabajo”, pero agrega que no tomaron con prudencia la labor del cristiano mensajero teniendo éste que mostrar en extremo la paciencia del pastor que deja todo por la oveja perdida. En muchas ocasiones cuestionaron su autoridad y en otras le trataron con dureza, sin embargo, fue paciente hasta el extremo, con lo cual demostró su inmenso amor por el prójimo a imitación del Maestro de maestros.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

El Inicio de la Acción Evangelizadora de la Orden Agustina en el Perú Según la Crónica de Fray Juan Teodoro Vázquez. La Obra del Venerable Siervo de Dios José de Espinosa y Valdivieso (I Parte)


“Mundum vincit non

Ferro sed ligno”

Introducción

Motivado por conocer sobre la obra de la Orden Agustina en el Perú, decidí leer la “Crónica de la Provincia de Nuestro Padre San Agustín” de Fray Juan Teodoro Vázquez publicada en Lima el año 1997. La información obtenida me impresionó hasta el punto de significar no solo el conocimiento, digno de divulgación, de los esfuerzos evangelizadores de los miembros de la Orden; sino también una fuente inagotable de inspiración para la interpelación personal y el esfuerzo por la práctica de una vida de cara a Dios y su voluntad.

El Padre Benigno Uyarra Cámara es autor de las notas de la edición crítica y aporta, en el prólogo, ideas dignas de ser tomadas en cuenta para la adecuada lectura del documento:

1.    Son tres los cronistas agustinos de la Provincia de Nuestra Señora de la Gracia en el Perú: Fray Antonio de la Calancha, Fray Bernardo de Torres y Fray Juan Teodoro Vázquez.

2.    Es Fray Juan Teodoro de Velázquez quien escribe por primera vez una crónica crítica.

3.    La obra se publica 272 años después de haber sido escrita.

4.    Resalta las virtudes de personajes agustinos como Fernando de Valverde, Bernardo de Torres, Gaspar de Villarreal, Crispín de la Concepción, Pedro de Tovar y José de Figueroa, entre otros.

Advierte, Don Benigno Uyarra, que en el texto original se “abunda en retruécanos, imaginación muy recreativa y, a veces, exagerada. En una prosa resultante, frecuentemente, tan estética como musical. No se puede negar que tiende a exageraciones en sus propios periodos, por lo que el lector ha de estar atento, a ser también crítico, para quedarse con el objetivo”. Luego agrega “no podemos negar que tiene mucho hiperbatón, por lo que para ver lo que quiere decir, hay que leerle despacio… no son infrecuentes en él algunos galicismos e inelegantes dequeísmos. No es su estilo cortado sino de párrafos excesivamente largos que casi no permiten respirar. En su narrar son frecuentes los adjetivos seguidos sin interponer comas”.

La obra presentada en dos volúmenes, recorre sesenta y ocho años de historia agustina en el Perú y consta de seis libros y noventa y nueve capítulos. Se mencionan en la obra un total de 17 capítulos provinciales (del 32 al 48) desde el presidido por Martín de Beláustegui hasta el presidido por Marcos Pérez de Ugarte. Anota Uyarra que “todo este tiempo corresponde al sistema de gobierno llamado alternativa, en donde el Provincial, Definidores y Visitadores, han de tener nacimiento en España o ser nacidos en el ámbito de la Provincia de Nuestra Señora de Gracia del Perú”.

La parte mejor de la crónica según el autor, Juan Teodoro Vázquez, y el mismo Padre Uyarra, es el Libro IV y sus capítulos del IV al XV. Coincido plenamente con ambos. Al iniciar el Libro IV, Vázquez indica “la materia más deliciosa a la pluma y la más principal de esta crónica es la presente…”

Considero conveniente realizar un análisis del anterior párrafo surgido del agrado del propio cronista y solicito humildemente prestar atención a las virtudes y conversión de un personaje cautivador, el Venerable Siervo de Dios Fray José de Espinoza y Valdivieso. Aclaro, el título de “Venerable Siervo de Dios” aparece en el contenido de la crónica.

El tema que mayor deleite produjo tratar al cronista Juan Teodoro Vázquez fue el de la evangelización realizada por los Frailes Agustinos en la sierra sur del Perú, labor realizada, según el relator mediante “hazañas de excelentes campeones, que armados de un espíritu apostólico, atropellaron toda la naturaleza con los esfuerzos de la gracia, de varias y dificultosas entradas de misioneros a los incultos montes de los Andes, donde se han de ver dibujadas unas gentes más incultas que sus bosques, unas montañas (aunque impenetrables) menos ásperas que sus habitadores, y, por fin, se ha de formar de lastimosas tragedias, siendo el remate de todas, la última desolación de una empresa coronada con la sangre de nuestros dichosos mártires”. Anuncia en el texto anterior una labor paciente y denodada, realizada con enorme sacrificio en medio de territorio impenetrable, por amor a quienes las habitaban y que implicó el martirio de algunos de los evangelizadores.

La evangelización agustiniana se inició a mediados del siglo XVII, siendo Fr. José de Espinoza el primer evangelizador. Sobre Espinoza el cronista refiere: “Fue el primer Colón agustiniano, que armado de más divino esfuerzo que el que tuvo el descubridor de este nuevo mundo, emprendió la entrada de las montañas, no a buscar el alma de los tesoros, sí el tesoro de las almas, el M.R.P.L. (Muy Reverendo Padre Lector)  Fr. José de Espinosa; y como todo el aliento de esta empresa fue su prodigiosa vida, sin la narración de ésta, fuera imposible aquella noticia”.

La delimitación del trabajo la tomo de la versión del Padre Uyarra quien se refiere a la obra evangelizadora de Fray José de Espinosa y otros “colones” agustinos en su obra “La Provincia de Nuestra Sra. De Gracia de Perú”: “La Misión de los "Ninarvas", que significa "Hombres de fuego", está clasificada como una subtribu de los campas y su asiento fue en el valle de Apurímac, actual Huanta. Se inició en 1684 y apenas duró veinte años. En esta misión de avanzada murieron violentamente el P. José Espinosa y Alonso Vivar. En ella fue martirizado y atravesó el río Marañón, el P. Agustín Hurtado con otros cinco cristianos. Al P. Pedro García de la Iglesia y al hermano Hernando de Celis, los enterraron el 2 de abril de 1702. Posteriormente, la cabeza del P. Agustín Hurtado fue traída a la cripta de la Sala Capitular del Convento Grande de Lima. Jóvenes cinturados también dieron la vida en esta misión. La Crónica del P. Juan Teodoro Vázquez cita, como continuadores de esta misión, los nombres de por lo menos cinco religiosos y el de un indio "mantelado" de la Orden”.

Los esfuerzos de Espinoza le han valido, con justa razón, la admiración de muchos en el pasado, actitud a la que me sumo con reverente respeto. A continuación una breve hagiografía del Siervo.

Hagiografía de José de Espinosa

Primer momento: de su nacimiento a su conversión

El nacimiento del Siervo es narrado por Vázquez de la siguiente manera “En Lima, ciudad más ilustre, por ser emporio de santos, que por ser imperio de ricos, Don Pedro de Espinosa, Caballero de la Orden de Santiago y Doña Luisa de Valdivieso, ricos y nobilísimos consortes, tuvieron por dichoso fruto de su legítimo matrimonio a nuestro Fr. José de Espinosa, el año 1649”

Se trataba de un hermoso niño (“salió a luz tan privilegiado de la naturaleza en la hermosura del rostro…”) rodeado de afecto y bien formado en la doctrina cristiana y los conocimientos de la educación formal (“…comenzó a ser el embeleso de los cariños paternos… era el niño dócil en la índole y muy agudo de ingenio…fructificando en él la doctrina cristiana de sus padres y la enseñanza de los maestros…”).

A la edad de quince años y siendo la luz de los ojos y esperanza de su padre “Dios decide trasplantar del pedregoso y estéril campo del mundo al fecundo paraíso de la religión aureliana, aquel florido almendro, que vestido de vistosas galas, prometía al anhelo de los suyos copiosos caducos frutos”. Fue, José de espinosa, un hombre sin problemas materiales que no tuvo desengaños mundanos; se trató, a la edad de quince años, de un joven rodeados de bienes y fortuna para quien los planes de su padre eran los de un destino de prosperidad y nobleza y, sin embargo, ni el temor a defraudarlo o a ver mellado el encendido amor de sus padres evitó su obediencia al misterioso llamado de Dios.

Fue admitido en la Orden Agustina iniciando su noviciado sin perder el apoyo y asistencia de sus padres. Tal apoyo y asistencia significaron con el paso del tiempo una dificultad para el joven Espinosa que no se desligaba de los bienes materiales que siempre le habían rodeado e hicieron su labor de novicio muy tolerable. Demostró desde el primer momento una inteligencia que le hacía distinto a los demás “como era tan vivo y hábil, en pocos días se hizo capaz de cuantas cosas encomienda la instrucción al entendimiento y memoria de los novicios, sobrándole lo más del tiempo, para el cultivo de aquellas virtudes, ceremonias y observancias, que son previas disposiciones para el fin dichoso de profesar”

Terminado el noviciado (un año y un día después) “se ofreció a Dios en las sagradas aras, entre los fragantes aromas de los tres votos” sin embargo, eran su inteligencia y apego a las cosas que desde pequeño le habían rodeado, un estorbo para su santidad. En ese momento ni él mismo lo reconocía. El cronista refiere que el día de su profesión había singular pompa y regocijo pero “no sé si mucha ternura de su corazón”.

Obedeciendo la voluntad de su Superior se convirtió en estudiante del Colegio de “San Ildefonso” (fundado en Lima en 1612) para “estudiar las facultades necesarias a nuestro estado”. Fue estudiante y corista; sin embargo “se portó, nuestro Espinosa, con más codicia por las letras que anhelo a las virtudes, más aplicado a la perfección de los estudios, que al estudio de las perfecciones”. Se convirtió en una persona engreída y vanidosa “que no producía en su espíritu humildes conocimientos, sino altivas presunciones”. Se convirtió en un estudiante brillante que aportó reflexiones admirables a la luz de la formación que le brindaba la Iglesia y que él agradecía reconocido.

A pesar de su brillantez, puntualidad, responsabilidad y reconocidas virtudes intelectuales, no eran visibles en él los frutos de una vida consagrada a Dios “porque aunque mancebo regalado, ingenioso y aplaudido, no vivió con aquella morigeración y modestia que reportaban los espirituales en las observancias comunes de obediencia a los maestros y prelados, de asistencias al coro, misa y comuniones generales, era puntualísimo. Su intelecto le permiten distinguirse “Elevado a la cumbre del sacerdocio sin tocar el primer escalón de lo perfecto y coronado del precioso laurel de la Lectura, con sobrados merecimientos de suficiencia y aplicación, o le cupo por suerte en el nombramiento, o lo consiguió con empeño poderoso, salió asignado por Lector de Artes de nuestro Convento del Cuzco, el Capítulo de N.P. Fr. Francisco Ibarguen”

En el Cuzco “ganó nuestro espinosa en cátedra y púlpito, crecidos aplausos de ingenioso y erudito” consiguió la fama por él tan deseada. Su fama fue conocida en Lima debiendo retornar, solo por obediencia,  a esa ciudad como Lector de Teología del Colegio de “San Ildefonso” según la disposición del Provincial Diego Martín de Hijar (Ijar) y Mendoza. Sobre el hecho, Vázquez menciona “¡Oh, que sacrificio tan doloroso hizo a Dios en esta obediencia! Pues, de más de las muchas conveniencias, gusto, libertad y regalo que dejaba, el demonio, presagiando los bienes espirituales que le esperaban en Lima, no solo las repugnancias le duplicó, sino también los estorbos”.

La fama de la que venía precedido se confirmó en la ciudad de los Reyes, ganando el reconocimiento por él tan deseado “… desplegando luego las represadas luces de su vivo y perspicaz ingenio, en breves días, fue reputado, dentro y fuera de casa por excelente maestro: sus agudas soluciones, presidiendo, y sus penetrantes silogismos, replicando, eran en todos veneración y susto, pero en su nativa hinchazón, desvanecimiento”. En tal estado “hecho camaleón del aire de los aplausos, armiño en los aseos del hábito y Epicuro en el regalo del cuerpo”.

  Hombre acostumbrado, desde pequeño, a lujos hasta el exceso (según comenta el cronista) no varió su estilo de vida debido a los regalos y asistencia de su padre, agregó para su vanidad el reconocimiento de propios y extraños a su intelecto y capacidad comprobadas. Lejano estaba su testimonio de asemejarse al de aquellos grandes santos que inspiran la vida de mucho por su fidelidad y determinación. Pero Dios, que es rico en misericordia, determinó usar su vida para sus fines. Afirma Vázquez “pero llegándose aquella feliz hora en que tenía decretada la divina piedad, la iluminación de esta apagada luz, cortó con el golpe poderoso de su auxilio todos aquellos fogosos ímpetus con que su libre voluntad lo conducía al despeño, iluminole el entendimiento y, como él lo tenía tan excelente, apenas con el esplendor del desengaño se vio desembarazado de las tinieblas de la soberbia que lo oprimían, comenzó a conocer los precipicios del vicio y las seguridades de la virtud”.

¿Qué pudo ocurrir para que tan acomodada vida se entregue rendida a los pies del Creador? Un poema que escribí hace algunos años decía en el verso final “capacidad de renuncia la mía/ temblor por dentro y por fuera/ la muerte me llega/ se manifiesta amiga”. Tan solo el temblor de la muerte ocasionó en Espinosa el reconocimiento de sus miserias. Comenta el cronista “fueron las sombras de la muerte las iluminaciones de su advertencia”. Desde tiempo atrás, espinosa,  tenía el recurrente sueño de verse en “el féretro triste, míseramente difunto”. Ahora la muerte golpeaba a su puerta y se manifestaba próxima y cercana. El cadáver de Fr. Juan de Rondón, misionero agustino fallecido en una doctrina alejada, fue llevado a las instalaciones del Colegio de “San Ildefonso”; “vio en el corrompido cadáver de Fr. Juan de Rondón el miserable término de la vanidad del mundo y lacrimoso fin de sus detestables gustos”. Lo que ocurrió en la vida de Espinosa marcará el inicio del Hombre Nuevo del que habla la Biblia “así abriendo de par en par todas las puertas del corazón, a la entrada de tan fructuoso desengaño, se dispuso luego, como otro Job, a no tener más padres que la corrupción, ni más hermanos y conocidos, que a los gusanos”. Sobre el hecho Don benigno Uyarra nos dice “constituyó una llamada de conversión profunda”. Lloró amargamente por su anterior estilo de vida, finalmente estimo que fue el conocimiento el que le dio conciencia de la infinita gracia de Dios.

Los signos visibles de su conversión fueron inmediatos “mudose la limpia, fragante Holanda, en una dura y basta túnica, casi siempre exenta de las visitas del agua, si no caía del cielo; los ricos bruñidos hábitos, del más delgado anascote, en una angosta y poco limpia mortaja, de gruesa, deslucida antona; el curioso menaje de la celda en cuatro trastos, solo aptos a una extrema necesidad e incapaces de su adorno, de la vanidad, sino solo de la pobreza; y en fin el regalo opíparo, funesto combustible del venéreo incendio, en una dura abstinencia de todo lo delicado y un ayuno continuado”. Fue consciente de que su altivez y soberbia fue su principal pecado por ello decidió vencerlo y sí que lo hizo a fuerza de amor, fe y paciencia; decidido renunció a los reconocimientos y aplausos que por su intelecto había logrado.

Una de las labores en las que se empeñó el Siervo de Dios José de Espinosa fue juntar de la cocina las sobras de los alimentos de los religiosos para distribuirlos a los pobres en la portería. La labor, tan opuesta a la limpieza que antes practicaba de manera arrogante, procuraba realizarla él mismo a diario. Era constante verlo dar vueltas por la cocina para realizar tal actividad. Hizo de la mortificación su compañera, no comía lo mismo que el resto de la comunidad pues fue cotidiano verlo comer de las sobras que con amor entregaba a los pobres en la portería.

El cambio de vida originó encontrados puntos de vista “unos que comenzando en asombro, paraban en compunción; otros que comenzando en enfado, paraban en vilipendio”. Su padre no vio con buenos ojos este cambio repentino que le ocasionó enojo y desagrado “juzgaba las acciones del Siervo de Dios por extravagancias que lo conducían no a los créditos que él buscaba sino al ludibrio que huía”.

Ofreció a su hijo graduarlo de Doctor en la Real Universidad, conseguirle magisterio, usar su dinero para solicitarle un cargo eclesial… a todo esto, respondió el Siervo de Dios con una humildad incomprensible para tan carnal ofrecimiento. No pudiendo las promesas doblegar su espíritu, la amenaza se abrió paso primero la amenaza y el enojo, luego el oculto trámite ante los prelados para que le hagan practicar los cargos que antes le habían logrado el reconocimiento y aplauso. Los prelados reconocieron el juicio errado del padre “que solo en las ostentaciones y vanos relumbrones” veía premio suficiente para su hijo.

“viendo, en fin, Don Pedro a su hijo firme en los propósitos de proseguir abatido, y, estando en disposición de partirse a España, empeñó toda la autoridad y el cariño en persuadirlo que le acompañase en el viaje, en cuya empresa, sin detrimento de la virtud, podía asegurar en los honores de su persona, los esplendores de su provincia, practicando, de contado, un acto tan justo y meritorio, como asistir a su padre en la multitud de peligros que se encuentran en navegaciones largas”. Respondió el Siervo a su padre que “(buscaba) la honra de Dios y la salvación de la almas; que sus ascensos habían de ser sobre los altos montes de los Andes, en cuyos principios esperaba hallar más seguidores para su espíritu que en la cumbre de los puestos”.

Partió, entonces, su padre a Europa donde le consiguió la patente de Maestro, cargo que pensó no rechazaría el Siervo por tratarse de un puesto humilde que antes otros santos hombres habían ocupado. Sin embargo, Espinosa lo rechazó no por pensar que le resultaría un estorbo, sino por considerar el puesto indigno de su persona.

Considero sabiamente, el Venerable Siervo de Dios, la necesidad de convertir infieles, hombres que no conocían a Dios en las alturas de los Andes. Tuvo dicha necesidad desde los inicios de su conversión y, sin embargo, preparo su cuerpo y espíritu con diversas mortificaciones reconociendo que “estos fogosos alientos del principio, suelen ser más hervores que muestra la carne cruda, que fervores que la acreditan quebrantada y deshecha”.

Las formas usadas por el Venerable Siervo de Dios para su mortificación son narradas en detalle por el cronistas: “con la dureza de sus disciplinas y con la continua mordacidad de férreos cilicios, no parece que buscaba su fervorosa penitencia la mortificación del cuerpo, sino la muerte, pero, ya que a esta no le daban permiso, ni la discreción ni la obediencia, desquitaba parte de sus anhelos, en la continua muerte de sus sentidos… hizo pacto con sus ojos para que jamás se atreviesen a registrar aquellas bellezas origen de las fealdades del alma… solo miraban en la tierra las funestas facciones del sepulcro. El oído atendía codicioso, no a las dulzuras de la música y suavidades de la lisonja y el aplauso, sino a los preceptos de los superiores para la obediencia y al sonido de los baldones y vilipendios para la humillación. El gusto acostumbrado a la aspereza o del ayuno o del mal guisado alimento, ignoraba las adulaciones del dulce y sabrosidad de la fruta. El olfato, huyendo siempre de aquella fragancia que fue tan nociva a aquel desengañado espíritu; apetecía, como lisonja el desapacible olor que exhala la mendiguez, siempre mantenida en destrozos, manantial de desaseos”.

A diario era visto en el Hospital Real de San Andrés “ayudando a los moribundos, consolando a los tristes y sirviendo la vianda a los enfermos”. Mortificaba sus sentidos atendiendo a los “enfermos del juicio” (orates) “en cuya irracional inmundicia hallaba copiosa materia su deseo”. A ellos les lavaba los pies y retiraba de su piel las sabandijas. De entre ellos, uno en especial le significo penitencia compleja. Se trataba de un enfermo mental que andaba siempre desnudo y hacia tiras cualquier vestimenta que le pusieran; además, aquellas tiras las usaba para hacer anillos en todos los dedos de sus manos y pies y rudos collares para su garganta, no sin antes mezclar la tela con sus propias heces. El Venerable Siervo de Dios gastaba largo tiempo en cortar con tijera tales anillos y collares “tolerando su limpísimo genio insufribles asaltos de inmundicia”. Su labor continuaba al bañar al enfermo con sus propias manos para luego vestirlo con nuevas vestimentas y recostarlo en su humilde lecho. Todo esto lo hacía con inmenso amor, a pesar de saber que todo aquello se repetiría día tras día.

Las mortificaciones causaron en el Siervo de Dios un cambio notorio pues “este glorioso empeño con que quebranto todos los bríos de la carne, le fue vistiendo de ligeras plumas el espíritu, con las cuales remontándose, como águila generosa, sobre todos los montes de lo terreno, colocaba su nido en la arduidad de la divina contemplación; y copiando de esta real ave, la ardiente complexión, con imperturbable pupila, registraba los rayos del divino sol de justicia, trasladando no solo a los ojos de su perspicaz entendimiento, sus inefables luces, si también a la voluntad, sus amorosos incendios… la copia de fervientes lagrimas, la singular devoción y conato con que ofrecía a Dios el tremendo sacrificio de la Misa y ejecutaba los dilatados ejercicios de María de la Antigua, la Vía Sacra, el rosario y otras devociones, mostraban con claridad, cuan inflamado tenía el corazón…” Cuánto dinero recibía de su padre lo usaba en comprar golosinas para los niños más pobres (las cuales escondía en sus mangas) y en financiar cada una de sus obras de caridad.

martes, 25 de octubre de 2011

"Riego de blancos, Riego de zambos, Riego de negros"

En los meses de febrero y marzo de 1578 se produjeron los aguaceros más torrenciales y destructores de la costa norte del Perú, siendo azotado especialmente por esta calamidad que se convirtió en inundación casi general, la costa del departamento de Lambayeque. Aquel torrente de agua destruyó todas las acequias y cauces aun los construidos por los incas y especialmente dio fin a la existencia de uno de los dos Taimis que existían en aquel tiempo, el Taimi de Túcume, quedando el Taimi de Ferreñafe. Trabajaron en la reparación de estos daños por más de tres meses cerca de dos mil indios al mando de Juan Conroy, Corregidor de la ciudad de Zaña, siendo el tambero del pueblo Rodrigo de Páez y de Saavedra. Por aquella época ya se encontraban en vigencia las ordenanzas sobre aguas de regadío que dictó el Doctor Don Gregorio Gonzales de Cuenca con fecha 3 de mayo de 1567 lo mismo que su respectiva reglamentación según Real Cédula del 4 de setiembre de 1570 relativa a la mejor distribución y aprovechamiento de las aguas de ambos Taimis.

Era cacique principal de Ferreñafe Don Juan Capilón, gobernador del repartimiento de Collique Don Martín Farrochumbi y del de Lambayeque Don Francisco Quiña. Mientras Juan de Oses representaba al primero, los dos segundos le recomendaron su defensa a Don Melchor de Osorno en la contienda judicial promovida por aquel contra los indios de Collique y Lambayeque por haber abierto tres acequias en el Taimi de Ferreñafe.

Con el objetivo ulterior de congraciarse con los españoles y ganar el pleito, Don Martín Farrochumbi, a quien le decían “El Viejo” y también “El Petrucio”, se convirtió al cristianismo haciéndose bautizar, habiendo sido de esta manera uno de los primeros naturales convertidos voluntariamente a la nueva religión en nuestro departamento. En realidad fue el primer convertido porque el primer natural o mochica bautizado había sido su padre o sea Cozco Chumbi hijo de Esquén Pisán y Chisfán Cegfiún con el nombre de Pedro de donde se explica que le dijeran al hijo “Petrocio” o sea Pedro chico.

En una de las tantas reuniones verificadas en el propio Taimi, en el fondo el mismo cauce que era bastante ancho puesto que esta última palabra es lo que significa Taimi en mochica se produjo un serio y sangriento incidente entre personeros, litigantes, esclavos, indios y zambos ayudantes que generó en contienda general entre todos, lo que dio como consecuencia que tres de las tomas de las diez acequias del Taimi fueran totalmente segadas en forma tal que hasta la fecha no ha vuelto a discurrir agua por ellas a pesar de las bendiciones y rogativas de los curas que acompañaban a los feligreses y que eran Rodrigo Días de Ferreñafe y Miguel Gutiérrez y Juan Osorno de Túcume. Esas tres acequias tenían el nombre de Col, Chin de choclo y Fala.

A fin de evitarse entre los naturales cuestiones futuras que tuvieran sangrientos resultados y repercusiones dolorosas sobre los derechos de aguas, resolvieron los mismos contrincantes al lado de los propios cadáveres y entre los ayes de los heridos establecer sus propias ordenanzas no según las leyes sino por diferencias raciales conviniéndose en establecer las siguientes medidas o derechos de riego:

PRIMERO: RIEGO DE BLANCOS. Acequia llena y agua hasta la altura de la cintura.

SEGUNDO: RIEGO DE ZAMBOS. Acequia media y agua hasta la altura de la cintura.

TERCERO: RIEGO DE NEGROS. Acequia rala y agua a la altura de los tobillos.

Y con los tres artículos que establecían tres medidas para tres clases de gentes diferentes se evitaron por muchos años las enojosas cuestiones derivadas del aprovechamiento de las aguas en nuestras tierras de sembrío.

Tomado de “Mitos, leyendas y tradiciones lambayecanas” de Augusto León Barandiarán.

En “Firruñap: Edición monográfica de la provincia de Ferreñafe” (Dirección del Archivo de Lambayeque, colección “Nixa”, revista Nº21, año 1966)



domingo, 16 de octubre de 2011

Los Primeros Signos de Modernidad: Chiclayo a Inicios del Siglo XX"



Capitán Humberto Gal'lino a bordo del bimotor
Cruz de Chalpón (Lima - 1939)

Tierra de Chiclayo, campos sonreídos
Del sol más poeta que alumbra el Perú
Sinfónicos toros, “mameyes” dormidos
Pinceladas suaves de sueños floridos
¡Tierra de Chiclayo, gran tierra, Salud!
(Juan Parra del Riego
En el teatro “Dos de Mayo” 1916)


Cuando, a inicios del siglo XX, se presentaban los primeros signos de modernidad; todo evento que conmocionara a la población (epidemias, accidentes, etc.) era, inmediatamente, ligado al “progreso”. Teodoro Rivero Ayllón indica en “Lambayeque: Sol, flores y leyendas” (pp.120) que “no faltó quien echara a rodar la especie que cundió, rápida, entre las gentes sencillas del lugar: ¡de seguro que la culpa es de la fábrica de luz!”. Los doce mil habitantes de nuestra ciudad por aquella época (indios, mestizos, negros, asiáticos y unos pocos europeos) vieron como, poco a poco, desaparecían las emblemáticas huacas de Los Peredo, de La Cruz y del Coliseo; fueron testigos del inicio del fin de algunas tradiciones populares (relaté en anterior artículo la de “La Burra del Señor”), de la aparición de nuevas calles y avenidas; así como del arribo de los nuevos inventos que llamaron la atención y despertaron la curiosidad del chiclayano de a pié. Sobre esto último doy a conocer, a continuación, breves detalles:

En 1912, las calles de Chiclayo ven recorrer por primera vez un automóvil piloteado por el aviador trujillano Carlos Martínez de Pinillos. Luego, los chiclayanos Emilio Silva, Herman Gorbitz y Alejandro Leguía cubrieron la ruta entre Chiclayo y Reque en un tiempo de 20 horas por el antiguo camino de Saltur.

Juan Bielovucic Cavalier, fue un aviador limeño educado en Francia. Logró en 1910 graduarse como piloto de aviones y obtuvo su brevete (Nº 87). En Enero de 1910 llega al Perú a bordo del vapor “Ucayali” trayendo su avión “Voisin” con el que realizaría una serie de vuelos ya como miembro de la Liga Pro – Avión fundada en Lima y dirigida por el general Pedro Muñiz. Uno de tales vuelos fue realizado en un improvisado aeródromo en la antigua Yutera de la familia Piedra entre Chiclayo y Monsefú. La experiencia, breve, resultó inolvidable para todos los presentes.


Bimotor "Cruz de Chalpón" (Lima - 1939)

En otros lares, los aviadores motupanos Humberto y Víctor Gal’lino Domenak a bordo de la nave de tipo Barkley – Grow T8P – 7, bautizada “Cruz de Chalpón”; intentó cubrir por primera vez la ruta New York – Lima. Partieron de la “Ciudad de los rascacielos” el 29 de octubre de 1939 y, después de 25 horas de vuelo, realizaron un aterrizaje forzoso en la Isla Puná (Ecuador) debido a una fuga de combustible. Dos días después, superado el impase técnico, alzaron vuelo logrando aterrizar en Lima el 01 de noviembre. Según Rivero Ayllón “Habían tenido 26 horas de vuelo, con lo cual batían un record de distancia sin escalas: 6500 Km”. La nave sirvió como transporte hasta 1945 cuando un incendio la consumió en la amazónica ciudad de Tingo María.

Elio Galessio en su trabajo “Breve reseña histórica de los ferrocarriles del Perú” indica que desde fines del siglo XIX ya funcionaban en nuestra región al menos dos ferrocarriles con fines comerciales y para apoyo de la actividad agroindustrial. Sin embargo, Chiclayo verá ingresar a la primera locomotora el lunes 28 de setiembre de 1914 a las 5 de la tarde. Tal acontecimiento significó algarabía inusitada. “El convoy (fue recibido) con banderas, guirnaldas y banda de música”.

Chiclayo es ciudad cosmopolita y “aldea alegre pintoresca y bulliciosa”. Es síntesis de lo urbano y lo rural. Es modernidad y crecimiento pero, aún en este tiempo, es tradición, recuerdo y nostalgia. Podemos repetir con Manuel Bonilla (“Allá en Cinto y Collique”):

“En mi región natal hay una aldea
Alegre, pintoresca y bulliciosa…
Allí cuando la aurora
Con sus luces colora
De la agreste colina la ancha falda
Chiscos, tordos, chiroques y jilgueros
Cruzando de arrozales el mar de oro
Modulan sus gorjeos placenteros…”







jueves, 29 de septiembre de 2011

Los Patitos de Oro de La Capilla "La Verónica" de Chiclayo



En Marzo del año 2010 publiqué el artículo “La Construcción de la Capilla La Verónica de Chiclayo” y referí que en 1927, Don Ricardo Miranda en su “Monografía General del Departamento de Lambayeque” (pp. 147) informa haber encontrado, sobre la capilla de “La Verónica”, un artículo publicado en un diario de la época, en el cual se informa que “siendo gobernador del distrito de Chiclayo, Don Enrique Vela, los indígenas julcas cedieron el terreno para la construcción de La verónica, al acaudalado hijo de esta población, Don José Leonardo Chiclayo “El Calvo” quien por tres veces la reedificó por haberse destruido en varias épocas”. Además se confirma que fue construida a principios del siglo XIX en el terreno que ocupó la casa de José Leonardo Ortiz ó José Leonardo Chiclayo (1782 -1854).

Un relato de Walter Sáenz Lizarzaburu en “Los Orígenes de Chiclayo” señala que: “En cierta oportunidad, que se hacían unas excavaciones en su casa, se encontró un entierro consistente en muchos objetos de plata labrada, destacándose por su tamaño, peso y adornos, una hermosa Cruz de plata maciza, que tenía por característica principal un delicado labrado de “La Verónica” secando el sudor del nazareno y que por una inexplicable rareza tenía una lejana semejanza con la hija del calvo llamada Ángela Chiclayo (Ortiz), descendiente directa de los caciques de Cinto, probablemente los primeros habitantes de Chiclayo. El calvo, hizo la promesa de construir con su propio peculio una Iglesia en su casa, o sea en el lugar donde se encontró el tesoro, si es que los gases de antimonio que despide la plata enterrada no le hacían daño. Como el “calvo” siguió viviendo y aprovechó el tesoro encontrado, cumplió con erigir la Iglesia, a la que puso por nombre “Verónica” en recuerdo de la imagen de esta santa encontrada y de la semejanza con su hija preferida”.

Basado en los aportes de César Toro quien recoge, en su “Antología de Lambayeque” (1989), los relatos de Don Francisco Arbulú Maradiegue y Doña Natalia de Vidaurre; estoy en condiciones de agregar que desde el mismo lugar en que fue encontrada la hermosa cruz de plata maciza con el labrado de “La Verónica”, “salían los patitos de oro, como una prolongación del milagro realizado”.

Eran en total seis, una pata y cinco patitos, que salían uno detrás de otro en las noches de luna llena. Cuando salían del lugar del entierro eran de plata, pero mientras caminaban y cruzaban la Huaca de los Peredo y después de bañarse en la Compuerta, salían convertidos en auténticos patitos de oro, “despidiendo áureos destellos y relumbrando en las noches iluminadas”.

Según la tradición popular, si en el entierro de la casa del “Calvo” se encontró un tesoro de objetos de plata labrada, en la Huaca de los Peredo y en el sitio de la Compuerta existe un entierro con objetos de oro repujado.

Debo indicar que fue Don Virgilio Dall’orso quien, como presidente del “Comité de Obras Públicas”, primero, y como alcalde, después, modernizó nuestra ciudad y ordenó prescindir de las Huacas que rodeaban nuestra ciudad hasta inicios del siglo XX: Huaca de los Peredo, Huaca de La Cruz, Huaca del Coliseo. En nuestro caso, la Huaca de los Peredo se encontraba prácticamente en el centro de nuestra actual ciudad. La Compuerta que referimos es la prolongación de la antigua acequia Coix