viernes, 6 de septiembre de 2019

El cholo lambayecano y el sentido de superioridad racial del invasor chileno

Sobrevivientes chiclayanos de la Guerra del Pacífico - 1924

Introducción
En el ensayo “los cholos y los rotos: Actitudes raciales durante la Guerra del Pacífico” (1978) de Jeffrey L. Klaiber, se hace una aproximación al sentido de superioridad que prevaleció entre los miembros de la armada chilena durante el conflicto bélico que se inició en 1879 y enfrentó a Chile con los ejércitos aliados de Perú y Bolivia.
Es importante reconocer que “Desde el comienzo (mucho antes de la Guerra del Pacífico), el término cholo tenía una connotación racial porque se usaba para designar tanto a los indios como a los mestizos nacidos de español e india o indio y negra. Ya en el siglo XIX se usaba despectivamente para referirse a cualquier mezcla racial entre las clases populares” (Varallanos, 1962, p. 21-36). Es, además, un término que con sus variantes (nominales como cholismo, cholísimo, acholado; de reconocimiento como cholo emprendedor, cholo de tomo y lomo; despectivos u ofensivos como cholo cochino, cholo de mierda, etc. Sobre esta última variante solicito al lector considerarla no como una creación del autor ni una grosería sino como enunciados sociales usados, en casi todos los casos, hasta el día de hoy) toma connotaciones distintas que han evolucionado en el tiempo a medida que los cholos hemos asumido roles de mayor importancia social, política y económica… aunque nuestra intervención sea aun escasa y sean también notorios los actos de discriminación y racismo.
El presente artículo relaciona algunos actos producidos durante la ocupación del departamento de Lambayeque en la Guerra del Pacífico con la idea de superioridad racial entre los miembros de la armada chilena; comparto la tesis de Klaiber que señala “La victoria de Chile sirvió para confirmar, fortalecer y aún popularizar el mito de la superioridad racial chilena. Por otra parte, la guerra también tuvo como consecuencia la reacción justamente inversa en el Perú, pues sirvió para confirmar y alentar el mito de la inferioridad del indio (cholo) peruano”. Afirmo que esta tesis se confirma de manera evidente durante la ocupación del ejército chileno en el departamento de Lambayeque.
El artículo consta de tres partes: en la primera daré información general sobre la invasión chilena de Lambayeque; luego, evidenciaré la sensación de superioridad racial que reinaba entre los miembros de la armada chilena y, finalmente, mostraré algunos actos y comportamientos de militares chilenos en Chiclayo y Lambayeque y que están relacionados, a mi juicio con la mencionada sensación de superioridad racial.
Capellán Castrense durante la Guerra del Pacífico
R.P Narciso Batanero - 1912
1.     La invasión Chilena del departamento de Lambayeque
El departamento de Lambayeque fue dos veces invadido por la armada chilena durante la Guerra del Pacífico: en setiembre de 1880 y en abril de 1881. la primera vez, según narra Don Eric Mendoza Samillán, los chilenos desembarcan en Eten, sin encontrar resistencia, con una fuerza integrada por 2700 hombres a bordo de las embarcaciones “Itata”, “Copiapó”, “Chacabuco” y “O´Higgins”; de inmediato, causaron pánico (robaron, incendiaron y destruyeron embarcaciones) en Eten y Monsefú. Más adelante, estos pueblos serían literalmente arrasados). La invasión chilena la más grande desgracia de nuestra historia y nuestra dignidad se vio, inolvidablemente, pisoteada. Los chiclayanos jamás pensaron que tal desgracia pudiera ocurrir, pues “(se dio) poca importancia a las noticias de la guerra” (Gómez, 1992)
En Chiclayo, incendiaron los locales de la Prefectura, la Caja Fiscal, la Subprefectura, el Palacio Municipal y la Torre del reloj público. Saquearon y robaron comercios, esto a pesar que “…los jefes chilenos habían declarado que sus tropas no harían la guerra a la propiedad privada; que solo iban a pelear con el enemigo en campaña; que los intereses y la honra de la población civil estarían cobijados por el glorioso pabellón chileno…” (Markham, 1882) sin embargo, en la práctica ocurrió todo lo contrario.
El Prefecto Manuel Aguirre huyó con los suyos, en tren, a Pátapo y, luego a Chongoyape; lo mismo el alcalde y otras personalidades locales. Así, los chilenos, con facilidad hicieron de las suyas: impusieron un cupo de 150 mil soles a todo el Departamento, incendiaron ocho viviendas de familias notables, dañaron haciendas (galpones, casas y terrenos de cultivo).
Ante la falta de autoridad, dice Eric Mendoza, los ciudadanos extranjeros radicados en Chiclayo conformaron la “Guardia de los neutrales” para el cuidado de las propiedades abandonadas, que estaban siendo atacadas por delincuentes. Evitaron la destrucción del Teatro “Dos de mayo”, el mercado, un colegio y el local “City May”. Sin embargo, la actitud de los extranjeros no fue del todo altruista. En una carta del chileno José Tomás Ramos al Vice Cónsul inglés en Lambayeque William Fry deja mal parado al cónsul norteamericano Charles Montjoy, de quien dice “Ya presumo como habrá estado de plácemes nuestro señor Cónsul Montjoy, entre pardos picos y entre picos pardos” (José Tomás Ramos a William Fry.  Valparaíso 6 de noviembre de 1880). Además, el destacado historiador Guillermo Figueroa Luna, advierte que el Inglés William Fry “fue un cobrador de los cupos que Chile impuso a los pobladores del departamento de Lambayeque”. (Figueroa, 2003)
El caos reinaba en la ciudad de Chiclayo y todo el departamento. Resulta sorprendente comprobar que “… esta actitud de proteger la propiedad fue tomada en vista que los mismos chiclayanos eran lo que terminaban los saqueos que iniciaban los chilenos”. Don Antero Aspíllaga en carta a su hermano Ramón, el 18 de octubre de 1880, referida por Eric Mendoza, indica “Todo (en) Chiclayo ha sido vergonzoso… por los robos de los mismos hijos de Chiclayo…no solo formaban cola tras los chilenos cuando incendiaban y sacaban muebles y artículos del país… luego los del pueblo de Chiclayo barrían y recogían con todo”.
Mendoza, también refiere la publicación aparecida en el Diario “La Patria” de Lima del 6 de diciembre de 1880 en la que indican el arribo a Chile de un cargamento procedente de Perú con el producto de los hurtos efectuados por las tropas invasoras en Chiclayo, Eten, Ferreñafe, Lambayeque, Monsefú, San Pedro y zonas aledañas; contenía arroz, azúcar, algodón, tabaco y ocho cajones de piedras preciosas (oro, plata, brillantes, diamantes, perlas) y una gran cantidad de dinero en plata fuerte (casi 12 mil pesos) y libras esterlinas (poco más de 29 mil)
Los inmigrantes chinos, según Mendoza, trabajadores de las haciendas agrícolas, “…colaboraban en cuanta barbaridad cometían las hordas invasoras en las haciendas y fundos de la localidad”. Algunos, vistieron el uniforme chileno. Este comportamiento se justifica por el trato inhumano que recibieron por parte de los hacendados que los hicieron víctimas de un sistema de semiesclavitud, siendo varios de ellos encadenados.
La actitud del poblador cholo del departamento fue de resistencia. Hubo lambayecanos dispuestos a enfrentar a los chilenos, integrados por zonas en el ejército de resistencia en los pueblos de: Lambayeque, San José, Mórrope, Batán Grande,  Mochumí, Jayanca, Olmos, La Viña, Salas, Cañaris, Ferreñafe, Chacupe, Capote, Picsi, Pomalca, Combo, Chiclayo, Samán, Collud, Calera, Calupe, Pucalá, Reque, Monsefú, Pátapo, Tumán, San Miguel, Chongoyape, Carvajal, Luya, Vista Alegre, Bella Vista, Vista Florida, Miraflores, Lagunas, Villa y Puerto Eten, Santa Rosa, Pimentel, Cayaltí, Chumbenique, Salitral, San Antonio, Rafán, Úcupe, Palomino, Otra Banda, Potrero, Viña, Culpón, Oyotún, Sipán, Pampa Grande, Tablazos, Huaca Blanca, Tabacal, Almendral, Tinajones y Carniche.
Obelisco en honor a los caídos durante la Guerra del Pacífico
ubicado en la intersección de la actual calle Elías Aguirre y
Av. José Leonardo Ortiz - 1930
2.     La sensación de superioridad racial del roto
En un Diccionario de Chilenismos, publicado en 1875 y estudiado por Zorobabel Rodríguez, se expresó los prejuicios que había atrás del término cholo, afirmando: “ocupa el cholo en la sociedad peruana, más o menos la misma posición que el roto en la chilena… es por lo general débil de complexión, flaco de piernas y abultado de panza… expansivo y casi siempre palangana… más artista… en fin un andaluz injerto a indio peruano…" (Rodríguez 1876: 180).
Aporta un poema rescatado por Pascual Ahumada Moreno en su obra recopilatoria de documentos oficiales durante la Guerra del Pacífico. En él, desborda “la pasión engendrada por la guerra (en forma de) cantos y versos que exaltaron la superioridad del roto sobre el cholo” (Ahumada, 1884, t. III – p. 282). A continuación un extracto:
Composición anónima, "El Roto":
"Al cholo afeminado de la peruana sierra
(El roto) Desprecia por lo tímido, castiga por lo cruel:
Tan solo en pos de glorias el roto va a la guerra,
El cholo porque a palos lleváronle al cuartel.
Los hijos de Atahualpa, lacayos de Pizarro,
Al araucano indómito quisieron humillar:
Los hércules de bronce y el ídolo de barro,
Del mundo en la balanza, ¿tendrán un peso igual?”
(Ahumada 1884, t. III: 282).
Algunos calificativos dados por la prensa chilena al Perú y los peruanos fueron:
a)     “El Ferrocarril” de Santiago (1879):
-         País de “indios aborígenes, negros o mestizos de varias castas”.
-         Anunció que después de la guerra, Chile asumiría el papel de regenerar al Perú “inculcándole amor por el trabajo”.
-         Atribuyó al Perú “falta de energía” y falta de un “espíritu verdaderamente nacional”.
b)    “El Mercurio” de Valparaíso (1879):
-         País “desorganizado, corrompido, incapaz de buscar en la labor y en la honradez un remedio a sus males”.
-         Comparó al Perú con “Babilonia” y a los peruanos con “los persas afeminados”.

Además, el Diario “El Comercio” del Callao, durante la invasión chilena, publicó que los combatientes peruanos “confusas manadas de indios ignorantes y abyectos”.
El mensaje racista es muy claro.
Soldados chilenos en Chiclayo
3.     Los actos de racismo en Lambayeque durante la Guerra del Pacífico
Una forma de sometimiento del chileno al cholo poblador de Lambayeque fue la imposición de cupos de guerra, el robo de sus bienes y productos, y la sospecha permanente de su incapacidad, debilidad, falta de higiene y, en suma, inferioridad.
A continuación algunos hechos, históricamente registrados, y que son evidencia del impacto racial de la presencia chilena en Lambayeque.
a)     La visión del cholo violento (“Corta huevos con carrizo”): Con este singular mote se identificó, hasta hace poco (según versión del poeta ferreñafano José Primo Bonilla) a los pobladores del distrito de Pueblo Nuevo (Ferreñafe). Según el sociólogo Julio César Sevilla en “Del folklor ferreñafano” (2003) durante la guerra del pacífico en dicho distrito, soldados chilenos ingresaban a una picantería y libaban chicha hasta la embriaguez mancillando, en una ocasión, el honor de la hija de los propietarios. La madre de la menor que, según el uso y costumbre de los cholos de la época, usaba carrizo y no cuchillo para cortar la carne de pescado o de res y los vegetales usados en los “piqueos” (potajes tradicionales como cebiche, pellejito, etc.) lo usó, esta vez, para cercenar los miembros viriles de los soldados ebrios e inconscientes. Habiéndoles producido la muerte, sus cuerpos fueron escondidos o enterrados en el mismo lugar y la familia agraviada fugó del lugar sin dejar rastro alguno.
b)    La visión del Cholo cochino (la epidemia de fiebre amarilla): Con fecha 19 de abril de 1882, Patricio Lynch (comandante de las fuerzas de ocupación chilena en el norte del Perú) informa al Ministro de Guerra de su país el “fallecimiento del teniente coronel José Humiel Urrutia, el del sub teniente Clodomiro Moreno, el del sub teniente Emilio Rocuant y el de 31 individuos de tropa sin contar 3 granaderos y dos artilleros que suman un total de 36…” (Ahumada, 1884, p. 498); todas víctimas de la epidemia de fiebre amarilla que asoló el norte del Perú y motivó la solicitud de medidas preventivas debido al “estado actual de salubridad de aquellos lugares, las condiciones higiénicas bajo las cuales se encuentran, el estado de aseo de las poblaciones…” (Ibd.). El oficial reemplazante del fallecido José H. Urrutia fue el coronel Demetrio Carvallo quien sobre Lambayeque, manifestó “la policía de aseo no era conocida y los desperdicios orgánicos de las poblaciones se amontonaban en los suburbios o en los sitios eriazos, convirtiéndolos así en repugnantes muladares… los sembríos de arroz que llegaban hasta sus murallas, por su especial cultivo, envolvían a los pueblos en una sábana de agua estancada durante los meses más fuertes del calor, colocándolos así bajo la mortífera influencia de sus emanaciones” (Ibd.). En otra versión, que podría contraponerse a la chilena, sobre condiciones de salubridad y el carácter del cholo de nuestra tierra; Ernst Middendorff (investigador alemán) refiere “parecen ser gente alegre a la que le gusta gozar la vida… cuatro quintas partes de la población son indios que viven en casas desprovistas, sin muebles, andan descalzos y fuera de su sencilla comida no sienten más necesidad que la de chicha y tabaco… rara vez se sientan en sillas o bancas, y generalmente lo hacen en el suelo, sobre esteras… si se enferman no llaman nunca al médico… usan hierbas medicinales recogidas en la región, o se abandonan a su suerte, sin probar remedio alguno, salvo la quinina. El uso de esta se ha generalizado y se la toma sin consulta médica y sin dosificación”. (Middendorf, 1893).
Lo cierto es que, basados en su idea sobre la suciedad cotidiana producida por los pobladores de Chiclayo, desde el 15 de mayo de 1882, se obligó a la población las siguientes medidas blanqueo y friso de alquitrán en las casas, fumigación con azufre u otra materia desinfectante, desinfección periódica de escusados, dar cuenta por los vecinos de los atacados de fiebre que hubiese en sus casas, sacrificio de aves de corral, cuyes, conejos y animales menores. Además, se les asignó como “trabajo forzado” todos los días lunes el empedrado de las calles, la limpieza de acequias y la erradicación de “carretadas” con desperdicios a las afueras de las ciudades, dando con ello la impresión que los chiclayanos, antes de la guerra, no hubiésemos tenido medida alguna de salubridad e higiene.
c)     La visión del cholo de mierda (Resistencia y fusilamientos): catalogados así los cholos de la resistencia. La “Revista Centenaria” editada por Nicanor de la Fuente Sifuentes menciona que a los chilenos “se les negaba el pan, el agua y la carne pero estos la tomaban y la conseguían imponiéndose con el terror…los abuelos irritados por la derrota hacían que el pueblo hostilizara a los ocupantes. En cambio, las represalias eran terribles.” (Nixa, 1935, p. 73) uno de aquellos actos de hostilización se produjo una noche en que el chiclayano Mercedes Millones junto a otro no identificado, increparon y atacaron a un soldado chileno hasta producirle la muerte. Al día siguiente, conocido el hecho y después de torturar a la chiclayana Carmen Larrea, se procede a la captura y fusilamiento de Millones y su cómplice en la huaca ubicada, por aquel tiempo, en la actual Plazuela “Elías Aguirre”. Presenciaron el ajusticiamiento un gran número de la población.
El 2 de agosto de 1882 un batallón chileno desembarca en Eten y se enfrenta en Chiclayo a las tropas de la resistencia encabezadas (en ese momento) por el coronel chotano Manuel José Becerra. Se producen 10 bajas chiclayanas en combate y una más por fusilamiento. Aunque los documentos chilenos no lo registran, una tradición popular señala que los fusilados solían morir al grito de ¡Viva el Perú libre!
Según información histórica de Eric Mendoza Samillán, El 24 de noviembre una expedición de 81 soldados chilenos capturaron en Mochumí a dos patriotas de la resistencia lambayecana que se encontraban reclutando gente para engrosar las fuerzas peruanas, estos valientes fueron ultimados en el mismo lugar, como señal de advertencia, en este pueblo se quedaron algunas horas esperando refuerzos. Luego continuaron su viaje hacia la hacienda del señor Barragán, al llegar iniciaron una búsqueda casa por casa, encontrando en una de ellas 20 fusiles, el peón que allí vivía fue fusilado y al hacendado se le impuso un pago de 1,000 soles de plata. El mismo Mendoza, afirma “En ocasiones uno que otro soldado chileno aparecía muerto en la calle, si este había sido asesinado, los soldados reunían a todos los hombres del vecindario aplicándole la cuenta del “quinto”, este quinto significaba contar en forma sucesiva separando 5 personas, a los que les tocaba este número eran fusiladas en el acto, sino encontraban hombres reunían a las mujeres y por sorteo les cortaban un seno”.
Según Mendoza, el Prefecto de Lambayeque Sr. Federico Ríos escribió en su memoria lo siguiente “Las huestes chilenas que invadieron este departamento, antes y después del desastre nacional, se olvidaron de los principios de la guerra usados en los pueblos cristianos, llevaron por todas partes la devastación y la ruina a muchas personas, cuya riqueza privada impulsaba antes el desarrollo comercial e industrial del departamento. Al retirarse dejaron nuestros pueblos en el más lamentable estado de miseria y frustración”.
Conclusiones
-         El sentido de superioridad racial existió en Chile mucho antes de la Guerra del Pacífico e inspiró, durante la guerra, los comportamientos de los miembros de su armada, especialmente durante la invasión del interior del Perú, por ejemplo, en el departamento de Lambayeque.
-         El pánico, robo, saqueo, expropiaciones y trabajos forzados generados por los chilenos en sus invasiones al departamento de Lambayeque evidencian, por una parte, el falso ofrecimiento de respeto a la vida y la propiedad pública y privada y, de otra, las actitudes discriminatorias reforzadas por su sensación de superioridad racial lo cual se puede aseverar a partir de conceptos aportados por la propia prensa chilena de aquel tiempo.
-         Hubo, entre los pobladores de Lambayeque, una actitud de resistencia frente a los invasores. La defensa del departamento estuvo a cargo, fundamentalmente, de la población chola.
-         La victoria de Chile sirvió para confirmar, fortalecer y aún popularizar el mito de la superioridad racial chilena. Por otra parte, la guerra también tuvo como consecuencia la reacción justamente inversa en el Perú, pues sirvió para confirmar y alentar el mito de la inferioridad del indio (cholo) peruano
Referencias bibliográficas
1.     Ahumada, P. (1884). Recopilación completa de todos los documentos oficiales, correspondencias y demás publicaciones referentes a la guerra que ha dado a luz la prensa de Chile, Perú y Bolivia, 9 vols. Valparaíso: Chile. Ed. Imprenta del Progreso.
2.     Cabrejos, C. (2016). Almácigos de historia lambayecana. Chiclayo: Perú. Ed. USAT.
3.     Figueroa, G. (2003) Historia del Perú y de Lambayeque siglo XX. Chiclayo: Perú.
4.     Klaiber, J. (1978). Los "cholos'' y los "rotos": actitudes raciales durante la guerra del pacifico (ensayo). Revista Histórica, vol. 11, Nº 1, julio de 1978. Lima: Perú. Ed. PUCP.
5.     Mendoza, E. Lambayeque durante la Guerra del Pacífico. Disponible en https://cdehdl.wordpress.com/2014/06/03/lambayeque-durante-la-guerra-del-pacifico/
6.     Middendorf. E. (1894) Perú. Vol. 2. Berlín: Alemania. Ed. Meisenbach Riffarth & Co.
7.     Rodríguez, Z. (1876). Miscelánea Literaria, política y religiosa. Santiago: Chile. Ed. Imprenta “El independiente”.

8.     Varallanos, J. (1962). El cholo y el Perú. Perú mixto. Buenos Aires: Argentina. Ed. Imprenta López.

martes, 2 de julio de 2019

Tomas Murray, 1880: ¿Un espía inglés en Chiclayo?

Sobrevivientes de la Guerra del Pacífico en 1924.
Fotografía de Marco Maguiña, hijo del héroe
Eliseo Maguiña. 

En Chiclayo, desde abril de 1879, hubo la percepción que los efectos de la declarada Guerra con Chile no nos alcanzarían. Al respecto el historiador José Gómez Cumpa, señala “Es necesario señalar antes la precariedad y la poca importancia real que se dio inicialmente a las noticias de la guerra, el ambiente provinciano simplemente tuvo un ingrediente más para las disputas caudillistas tan comunes en la vida política local de la época” (Gómez, 2010, p. 2).

Guillermo Parvex, cronista e historiador chileno, afirma que “alrededor de entre setenta a cien agentes operaron secretamente para Chile durante alguna etapa de la guerra en la zona del conflicto… ni Perú ni Bolivia desarrollaron un servicio semejante de recopilación de informaciones en Chile y se limitaron a extraer desde los informes de prensa chilena la valiosa información que encontrasen.” (Parvex, 2017).

El presente artículo se basa en dos cartas dirigidas por el Ministro de la legación británica en Lima al Ministro de Relaciones Exteriores de Perú en 1880, Sr. Pedro José calderón y guarda relación con un aparente caso de espionaje ocurrido en nuestra ciudad.

Veteranos de la Guerra del Pacífico en el interior del Palacio Municipal.
Chiclayo, 1924.

Con fecha 19 de abril de 1880 el Ministro residente de la legación británica en Lima, Spenser St. John, dirige una carta al Sr. Pedro José Calderón, Ministro peruano de Relaciones Exteriores, informando el arresto del inglés Tomas Murray en Eten y su traslado a Chiclayo acusado de ser espía chileno. En su carta, manifiesta “me han asegurado que piensan juzgarlo por un Consejo de Guerra en lugar de los tribunales de costumbre” (St. John, 1880). Para aquel entonces en la provincia de Chiclayo no surtía efecto la Ley Marcial, por ello, un juzgamiento a Murray en dichas condiciones era considerado por St. John como un acto ilegal. En la misiva no se presenta un argumento de peso para afirmar la inocencia de Murray; sin embargo, expresa que “… estas acusaciones de ser espía se hacen con facilidad y es muy difícil refutarlas. Puedo repetir la opinión que ya he expresado, que mis paisanos, por su naturaleza y por su educacion, son los últimos que escogerían por ser espías…” (Ibd). La misiva concluye con un pedido de St. John por una buena investigacion y la puesta en libertad de Murray elagando que la acusacion fue hecha en un momento de acaloramiento.

Una segunda carta de St. John fechada en Lima el 10 de mayo de 1880, informa al Ministro de Relaciones Exteriores peruano que, hasta esa fecha, Tomas Murray no había podido entrevistarse con el Vicecónsul inglés en lambayeque, Sr. William Fry; esto a pesar  de la correspondencia mantenida entre el representante inglés y el Sr. José Manuel Ríos, Prefecto de Lambayeque. Indica, también, en su misiva que es necesario se impartan órdenes para que Murray pueda conversar con el Prefecto y con el Vicecónsul y se le someta a juicio o se le ponga en libertad. St. John finaliza afirmando “Tomas Murray ha vivido en el Perú cerca de treinta años; se me ha informado de que es enteramente incapaz de desempeñar el rol de espía”. El 13 de mayo, en respuesta a la solicitud del Ministro Inglés, el Ministro Calderón ordena al secretario de Gobierno que “se sirva recomendar la pronta terminación del asunto…”.

Del estudio realizado a los documentos se puede concluir:

1.     No es posible constatar la presencia de Tomas Murray en Chiclayo en otros documentos oficiales. Aunque se sabe, por los resultados del censo nacional de población de 1876 que en Lambayeque hubo 516 ciudadanos británicos; no existe una lista con sus nombres y en el padrón de extranjería con los ingresos a nuestra región entre los siglos XIX y XX son inubicables por lo cual se puede inferir que Murray, como los demás ingleses de Lambayeque, ingresó por el Puerto del Callao considerando los treinta años de residencia en Perú a 1880.
2.     Murray debió haber residido en otra ciudad del Perú. No era conocido en Chiclayo siendo, entonces, catalogado de espía.
3.     Pudo haber llegado por Eten en barco y, una vez identificado como ciudadano británico, detenido y trasladado a Chiclayo. Otra posibilidad es su arribo a Chiclayo por tierra y de la misma manera a Eten.
4.     Una vez capturado y considerando que por aquel tiempo Chiclayo no tenía una cárcel pública, debió estar internado en los calabozos de la prefectura ubicada, como hoy, en la Calle San José.
5.     Los temores de la población fueron motivados por el hecho que en la Guerra del Pacífico la armada chilena contó con gran cantidad de oficiales con apellido inglés como Condell, Cox, Christie, Edwards, Leighton, Lynch, Macpherson, Pratt, Rogers, Simpson, Smith, Souper, Stephens, Thomson, Walker, Warner, Williams, Wilson y Wood. Además debemos considerar el hecho que, iniciadas las expediciones al norte del país, los chilenos encabezados por Patricio Lynch incendiaron edificios públicos y privados e impusieron cupos y sanciones severas a los pobladores y autoridades locales lo cual repercutió en el temor del poblador chiclayano de aquel tiempo.

Referencias bibliográficas
Ahumada, P. (1982) Guerra del Pacífico (Vol. VII – VIII). Santiago de Chile. E. Andrés Bello.
Gómez, J. (2010) Impacto de la Guerra del pacífico en Lambayeque: 1879-1886 (artículo).
Parvex, G. (2017) Servicio secreto chileno en la Guerra del Pacífico. Santiago de Chile. Ed. Penguin Random House






jueves, 18 de abril de 2019

Breve historia de la gastronomía chiclayana


La historia gastronómica chiclayana es mestiza y variopinta, sazonada con sabores europeos, asiáticos, africanos y oriundos. Cualquier potaje de nuestra tierra (desde el cebiche hasta el arroz con cabrito a la chiclayana) reúne elementos autóctonos y foráneos dando como resultado sabores irresistibles a cualquier paladar. En Chiclayo, por sus insumos y estilos de preparación, se viene forjando la síntesis de la gastronomía global.
1. Tradición gastronómica prehispánica e insumos coloniales
Tiene su origen hace, aproximadamente, 10 000 años y ha evolucionado junto al hombre y la sociedad. Siendo nuestra tierra el espacio en el cual se forjó la síntesis histórica, geográfica y cultural del Perú, no me queda duda que los primeros insumos, por tanto las primeras mezclas y formas para explorar y encontrar su mejor sabor y presentación, se remontan (desde el arribo de los paijanenses) a la relación íntima entre el hombre y la naturaleza; contacto que le permitió gozar de los recursos del mar y los de la tierra. Sucesivamente, desde el formativo inicial en Ventarrón hasta las tradiciones culturales Moche, Sicán y Chimú se han registrado en ceramios o murales los productos naturales usados en su propio beneficio como maíz, camote, yuca, papa, calabaza, pallares, frijoles, zapallo loche, palta, pacae, caigua, tuna, lúcuma, chirimoya, tumbo, maní, papaya, ciruelo de fraile; carnes de llama, pato, cuy, lobo marino, venado, cañanes o lagartijas del desierto. Infiero una preparación poco estilizada. Hubo uso de sal para la conservación del pescado y como saborizante. El dominio de la naturaleza con el uso de herramientas y caballitos de totora permitió que desde pequeñas comunidades especializadas los recursos que dieron sabor a su dieta no les fueran escasos. Es innegable que de todos los recursos antes mencionados, es el loche el rey de la gastronomía chiclayana. Nuestros mejores potajes (arroz con cabrito y arroz con pato a la chiclayana) lo tienen como insumo o ingrediente indispensable. El uso del fuego permitió asar y la mezcla del pescado con la esencia del tumbo dio como resultado el cebiche prehispánico, distinto en su sabor y presentación al actual con influencias europeas y asiáticas
A la anterior lista de insumos que sirven de base a la rica gastronomía chiclayana; habrá que sumar la de recursos traídos por los españoles luego de la conquista. Así tenemos, trigo (harinas, pan), cebada, avena, centeno. Olivos (aceitunas, aceite), alfalfa, lentejas, lechugas, col, rábanos, espárrago, zanahoria, espinaca. Caña de azúcar. Cítricos como limones, naranjas, limas, toronjas. Manzanas, uvas, plátanos. Eucalipto y rosales, entre otros. De otros lugares lejanos son el arroz, azafrán, albahaca, café, canela, anís, almendras, nueces, ajo. Cebolla, cilantro, romero, orégano, clavo, jengibre, pimientas, mostaza. Entre los animales vaca, toro, caballo, cerdo, cabra, burro y oveja.

3. Tradición gastronómica afroperuana



Moreno (1996), señala que América recibió de África diferentes plantas y animales, como el café, el plátano o banano, el melón de agua o sandía, el aceite de palma africana, la gallina de Guinea, etc. Es posible inferir que durante la colonia, el negro esclavo llegado de otras tierras sabía freír y asar sus alimentos. Así, en Saña, Lambayeque, Chiclayo, Tumán y en todas las haciendas coloniales “se supone, también, africana la costumbre de freír los plátanos o chifles” (UNESCO – 1996). Según Aguirre (2005), la comida de los esclavos se preparaba fundamentalmente por las menudencias dejadas por los cocineros de los amos.  La costumbre de preparar vísceras de corazón, lengua, hígado, mollejas, mondongo, tripas, es una herencia típica del negro que vino a estas tierras, cuya práctica se expande y forma parte de nuestra idiosincrasia. El mondonguito o cau cau, que desde Lima, pasó por Trujillo, Lambayeque, Piura y Tumbes es un plato muy exquisito y se prepara como una especie de ajiaco guisado con papas, la panza, las tripas y las patitas del animal. Otros platos que responden a costumbres de procedencia afro, según la versión de expertos, es la patita en fiambre, que es un preparado en base a patas de chancho sancochadas, adornado con escabeche y cebolla; y en el norte es muy cotizada también el caldo de pata de res. El mejor lugar de Chiclayo para preparar potajes en base a chancho o cerdo es Saña. Según Rocca (1985), las comidas en zonas con presencia de población negra como Saña o Capote, son preparadas usando chancho. Entre sus potajes podemos enumerar: frito, frijoles con pellejo de chancho, patitas  de chancho con garbanzos, arroz con chancho, chicharrones; manías llamadas también patitas migadas (a base de  patitas de chancho con arroz molido y sarza), adobo,  pellejo a la sartén, chancho guisado chanfaina, chancho sancochado, patitas de chancho con sarza, rellenas con hierba buena, salchichas, etc. Debo mencionar, además, los deliciosos dulces de conservas y mermeladas de toda fruta, el dulce de camote, el manjar blanco, las bolitas de azúcar, confites, el ajonjolí, el membrillo, los dátiles endulzados, entre otros.

3. Gastronomía chiclayana en la actualidad
Con mezcla de loche y chicha de jora, esencia creativa fruto de la experiencia culinaria del buen cholo de esta tierra, en Chiclayo el más exigente paladar se sacia. La moderna gastronomía ha introducido la estilización en la presentación de los platos y es mayor la exigencia en cuanto al color y al sabor. El uso de ingredientes autóctonos, sabiamente mezclados con aquellos aportados de otros lugares, permite conservar y preservar la correcta tradición.

El cebiche, seco de cabrito, tortilla de raya, chirimpico, sangrecita de cabrito, tortita de choclo, espesado, arroz con pato, pato arvejado, guitarra con papas o arrebozada y causa norteña; son resultado de cientos de años de tradición en los que convergen diversos estilos, el dominio de los insumos, el control del tiempo de cocción y, sobretodo, el conocimiento del paladar y el sabor deseado por propios y extraños.

En los últimos cincuenta años se han producido algunos cambios dignos de resaltar.  Del original “seco de cabrito” hemos pasado al “cabrito combinado” con el agregado de frijoles. El cebiche se ha preparado marinado (con zumo de limón y agua hasta cubrir el pescado) con cebolla o rabanito (cuando escaseo el primero de los insumos en la década del 50). Al aderezo del cabrito y el pato se ha agregado el uso de cerveza y pisco sin desplazar el original uso de la chicha de jora. Se ha confirmado usos y costumbres conocidos desde antiguo, así se prefiere para “pescado seco” a la guitarra, batea y raya, mientras para “pescado salado” se prefiere el peje y la caballa. Los potajes chiclayanos en base a “pescado fresco” son mayoritariamente de toyo, bonito, mero, cachema y cabrilla.

Algunas palabras finales
La gracia de nuestra ciudad no radica en conocerla superficialmente sino en saborear la urdimbre de su imagen. En Chiclayo se entrelazan la vida, la tradición, la cultura, la trascendencia, la civilización y la modernidad; la gastronomía es una muestra. Chiclayo es un rostro cholo que ha sido surcado desde tiempos milenarios, un paladar fino que exige los mejores recursos de la tierra y del mar, es un libro abierto escrito por cada uno de sus hijos. El chiclayano es el hombre del quehacer y de las manos abiertas y extendidas. Sabe que en su tierra la vida vale la pena ser vivida… y sus potajes, probados.













miércoles, 13 de febrero de 2019

Algunas ideas sobre la estulticia


Una sentencia de Jim Nightingale, refiere: “Hay errores complejos, profundamente arraigados en la manera como están forjadas nuestras mentes. Pero podemos evitarlos”. Hay otros errores, los sencillos. Pienso que hay complejidad y sencillez también en los aciertos “arraigados” en nuestra configuración mental y creo que la sencillez o complejidad de nuestros actos descubren una convivencia fatal.
La estulticia merece un estudio en profundidad y, como objeto, un espacio permanente y especializado de reflexión intelectual (una sencilla pregunta podría propiciar el dialogo o debate: ¿Es causa o efecto de la incivilidad?). La inteligencia ya ha sido estudiada (de hecho, lo seguirá siendo) y la sapiencia mira solo de reojo y en vertical descendente su propia miseria. Estulticia (estupidez) e inteligencia son las dos caras de la misma moneda. La incapacidad y la capacidad humana para ser y hacer, actuando en intervalos aunque disfrazadas en la mayoría de los casos la una con la otra. Ambas están presentes en toda persona y espacio de interacción social en mayor o menor medida. La estulticia esta desacreditada y hace mucho fue desalojada de su trono platónico de la razón pura. Ser estulto no guarda relación con reconocerlo.
La naturaleza no es estulta. Las cosas no lo son per sé. La persona no nace estulta. Es la sociedad, es decir, la humanidad entera la que se estupidiza entre sí.  La estulticia, aquí estudiada, es propia de personas “sanas” (no se piense que me refiero a portadores de patologías mentales). Se requiere a la persona para que la estupidez aflore, primero en ella y luego en casi todas sus manifestaciones culturales, como se aprecia a lo largo de la historia (decir “casi todas” temo también sea una estupidez). Así, las decisiones son inteligentes o estúpidas, no hay término medio. Lo cierto es que a nadie le place ser, parecer o sentirse estúpido aunque todos carguemos estoicamente el bulto y sea más pesado en unos y menos en otros.
No la vemos pero la intuimos. Es la torpeza notable en comprender las cosas, la falta de inteligencia que toma matiz de rudeza y, por su raíz latina, el aturdimiento o atolondramiento que inspiran los actos sin reflexión. Convive con la inteligencia por lo cual no somos completamente estúpidos (aunque tampoco completamente inteligentes). Podemos crear belleza, amar, dar felicidad, mejorar el mundo y gobernarlo con éxito; pero también podemos promover horror, destruir, odiar, matar, calentar la atmósfera en tal medida que alteramos la naturaleza promoviendo muerte, hambre y tragedias. Los efectos de la estupidez y la inteligencia son notorios. Sin embargo, la estupidez se jacta de influenciar más errores que la inteligencia aciertos.
La inteligencia fracasa cuando se hace habitual la práctica de la estupidez. El campo de acción (escenario) trasciende lo académico. Donde haya interacción humana: en las instituciones o en la vía pública, en la biblioteca o en el hogar, en el congreso, la sede de gobierno, en los conflictos vitales y en cuanto espacio de intervención humana exista, está presente, latente, constante. José Antonio Marina escribió (también sobre la estupidez) hace unos años que mientras los triunfos de la inteligencia generan felicidad, sus fracasos (las estupideces humanas) generan desdicha.

No haré apología de la pretendida ciencia de la estupidología, propuesta por G. Livraghi en su obra “El poder de la estupidez” (2004) y, sin embargo no puedo subestimar la estulticia. Soy actor y testigo de mi propia estupidez y de otras estupideces. Creo que el mundo puede ser mejor si actuamos con más inteligencia. Las personas pueden ser felices, sentirse promovidas, vivir en mejores condiciones con solo activar la inteligencia.  Me pregunto, Si es una permanencia en la involución social y cultural ¿Por qué sus efectos han sido poco estudiados? Esa también es una estupidez (no la pregunta, sino la falta de estudio).

¿Crisis mundial de natalidad o crisis del sentido común?


Es notoria la preocupante tendencia demográfica mundial a la bajísima natalidad, exigua nupcialidad, mortalidad en aumento, crecimiento natural estancado y falta de renovación de las generaciones.
“No necesitamos ni un solo extranjero en nuestro país, necesitamos niños húngaros” sentenció el Primer Ministro a la par que anunció la exoneración de impuestos a las mujeres de su país dispuestas a concebir cuatro hijos; en Hungría la población se reduce en 32 mil habitantes por año. La Primera Ministra de Alemania informó la flexibilización de los requisitos y trámites de visas de trabajo que permitan cubrir las carencias de empleados calificados en diversas especialidades y en casi todas las dependencias del estado y empresas privadas en toda Alemania. En Francia, desde el gobierno de François Mitterrand, se ha implementado la política del “tercer hijo” que exonera de impuestos y otorga beneficios económicos a las familias.
En Perú, debido al aumento de la esperanza de vida y la marcada tendencia a la baja de la tasa de natalidad, la actual forma de administrar los fondos de pensiones colapsaría en 2045 pues “Sistema de reparto se hace insostenible y muchos países europeos lo abandonaron”. Según el World Population Prospects de Naciones Unidas del año 2017, la tasa de natalidad en Perú será de 2.12 hijos por mujer, entre el 2025 y 2030, y de 1.84 entre el 2045 y 2050. Con ello, el Perú estará por debajo de la tasa de reemplazo; es decir, que el número de nacidos será menor al de los fallecidos.

La edad promedio en Alemania y Japón es 46 años, en Italia 44, Holanda y Canadá 42, Rusia 39, Australia y EEUU 38, China 37, Singapur 34, Brasil 31, Emiratos Árabes Unidos y Azerbaiyán 30, Israel 29, México y Perú 28, Egipto 25, Congo 18, Mali y Etiopía 16, Níger 15… se observa, entonces, un aumento de la población longeva en sociedades europeas y asiáticas; la tendencia al alza es también notoria en las sociedades americanas y son las naciones africanas las que poseen las poblaciones más jóvenes con una tasa de natalidad constante. En Europa (de manera global) más del 20% de la población supera los 65 años y el 45% supera los 50.
En Perú, la edad promedio ha pasado de 18 años en 1955 a 19 en 1985, 22 en 1995, 24 en 2005, 27 en 2015 y 28 en 2019. La tasa de fertilidad ha pasado de 7 hijos por mujer en 1955 a 2 en 2019.
Según Alban d'Entremont, experto en demografía de la Universidad de Navarra (España), los efectos negativos derivados de una situación de alta dependencia senil, son “disminución del número de personas que componen la población activa; envejecimiento progresivo de esa población activa; desequilibrios que obligan cambios en la política de jubilación; desequilibrios en la inversión y el ahorro a nivel colectivo y familiar; disminución en las rentas familiares disponibles; aumento del gasto sanitario de forma desorbitada; subutilización y redundancia en el sector educativo; primacía de valores conservadores en la política; desequilibrios en las estructuras familiares; aumento de la problemática de la socialización intergeneracional; debilitamiento de las relaciones primarias de apoyo; aumento de la proporción de la población femenina; posible quiebra del sistema de seguridad social”.
La ONU vaticina que, en teoría, de continuar las tendencias actuales, y en cumplimiento de las “leyes demográficas” (que tienen su propia dinámica) la población mundial experimentaría consecuencias inevitables en los próximos 15 años: una disminución escalofriante de los índices de natalidad y de nupcialidad, el aumento de la mortalidad y el aumento del grado de envejecimiento.
Urge, en nuestro país, decisiones políticas “fuertes, coherentes y generosas” de protección a la familia y al adulto mayor que incluyan medidas que defiendan la vida en este el primer y más importante espacio de socialización, civilidad y formación integral; además de atención integral y de calidad a los adultos mayores.
Promover la vida, entonces, es un tema de ética pero también de necesidad socioeconómica y, especialmente, de sentido común.



lunes, 11 de febrero de 2019

La sociedad incivil

Las dos caras de una misma moneda: sociedad civil (educada y normativa)
y sociedad incivil (violenta y bárbara)

Incivilidad es “falta de civilidad o de cultura” (según DRAE); describe un comportamiento o discurso vulgar o antisocial (Según Oxford dictionary) y se relaciona con los comportamientos propios de la barbarie: rudos, agresivos, violentos; con discursos groseros, intolerantes y totalitarios. Es un problema de la sociedad contemporánea que no exime a ninguna nación en particular y se muestra, específicamente, en toda interacción de sus agentes: laboral, familiar, amical, entre otras. Sin duda nuestros actos y comportamientos nos definen como personas, también nuestras palabras frente y sobre los demás. Podemos promover o minimizar a tal punto de hacer sentir a las personas valoradas, apreciadas, capaces, escuchadas o incapaces, ignoradas, pequeñas…apreciamos las dos caras de una misma moneda. De un lado la “sociedad civil” (normativa y educada) y del otro la “sociedad incivil” (agresiva y bárbara).
Pienso que, en cierta medida, la sociedad incivil permanece y muestra sus mejores galas en tiempos de tensión y en cualquiera de los espacios de la interacción humana. La vemos en muchas familias a través de padres déspotas y la violencia verbal o física; en el espacio educativo con maestros intolerantes que educan solo para competir, ganar y producir olvidando la sensibilidad, el arte y la riqueza del movimiento; en el ámbito laboral mediante jefes abusivos, irrespetuosos, ofensivos…siempre, el agente tensor de la incivilidad, es aquel que está en determinada posición de liderazgo o, mejor dicho, de poder.
Myriam Jimeno (2004) en su contribución a la antropología de las emociones nos recuerda que en los textos de Thomas Hobbes y Adam Ferguson, lo incivil hacía referencia a los hábitos rústicos, no refinados; denominaba lo bárbaro, impropio, indecoroso, maleducado y violento. Hobbes calificó la violencia de la incivilidad como el fantasma de la sociedad civil y Ferguson afirmó que el incivilizado sigue el dictado de la pasión terminando en palabras de reproche, violencia y golpes.  
Concuerdo con Michael Sandel, cuando afirma “(nos sentimos consternados) por la aspereza de la vida cotidiana: la mala educación en las carreteras, la violencia y la vulgaridad de las películas y la música popular, el tono descaradamente confesional de la televisión diurna, la figura del deportista que escupe al árbitro” (Sandel, 2008 p.82) habría mucho más que decir al recrear la actuación de políticos, líderes de opinión, funcionarios públicos.
No se trata de posición social o de acceso a una educación formal de, aparentemente, mejor calidad pues “Sea príncipe, sea un hombre sapientísimo, sea poderoso o sea rico; si le falta educación, si es incivil seguramente será desgraciado… las piedras más preciosas solo son estimadas cuando están pulidas… la incivilidad es señal de corazón poco generoso y de espíritu limitado” (Riera, 1819 p. 94). La civilidad es efecto de una educación integral que respete las dimensiones humanas (incluyendo la afectiva y espiritual).
La incivilidad es el síntoma de un problema de nuestra vida pública: la pérdida de la sensibilidad humana, el afán de instrumentalizar al otro, el egoísmo jactancioso por los “triunfos” particulares. No es un problema que se resuelva solo simulando delicadezas (casi siempre le llamamos comportamiento social) o bajando el tono de nuestros mensajes. Nuestra sociedad debe redescubrir las bondades de nuestro particular tejido moral a través de la educación y la cultura.   



lunes, 4 de febrero de 2019

Historia de los faros del litoral lambayecano

Figura 1: Ubicación de los faros del litoral lambayecano
Mapa de la Marina de Guerra del Perú

Desde 1850 el gobierno peruano, según Jorge Basadre, toma posesión y jurisdicción de todas las islas del litoral incluyendo las islas Lobos de tierra y Lobos de afuera[1] frente a las cosas de Lambayeque; y para la mejor explotación del guano, emprendió una política de obras públicas iniciadas por José Balta y continuada por Manuel Pardo, para la construcción de instalaciones portuarias, puentes y faros. En 1876 se firmó un contrato entre el gobierno de Perú y la francesa Societé Barbier et Fenestre de París para la adquisición e instalación de trece faros en el litoral, entre ellos los faros en las lambayecanas islas de Lobos de afuera y Lobos de tierra; el contrato no fue cumplido como efecto de la Guerra del Pacífico de 1879 que encontró a nuestro país con un solo faro en la isla de San Lorenzo frente al Callao. Aunque la compañía francesa dejó listas las bases del faro en la isla Lobos de afuera, en 1906 los únicos faros existentes en el litoral peruano fueron los de Palominos, Supe Y Mollendo.
Según Antonio Raimondi, la explotación de guano en ambas islas se inició en 1872 y continuó durante la guerra para beneficio de los invasores, y luego hasta 1926 a cargo de la Casa Grace y la “Peruvian Corporation”. Las embarcaciones llegaban frecuentemente a las islas desde el puerto de San José.
Desde 1906 se implementa una política de levantamiento de faros en todo el litoral. “Los trabajos en Lobos de afuera habrían durado hasta 1911, cuando el faro quedó instalado en la cumbre más alta de la isla sur. Casi en forma simultánea se llevaron a cabo los trabajos en Lobos de Tierra, instalando un faro dióptrico de segundo orden con un destello cada diez segundos y alcance de 26 millas. La historia de estos faros no estaría exenta de problemas, como ocurrió en 1912, cuando el primer guardián Eustaquio Templo, pereció en un bote de pescadores cuando se dirigía a dicha isla” (Cayo 2009: 420). Actualmente el que está en la isla Lobos de a fuera, es el único operado por personas y el más potente: su luz puede ser observada más allá de las 20 millas[2].
Los faros operados por personas, como los que referimos, eran atendidos por tres personas que por turnos se encargaban que siempre estuvieran funcionando de noche. Sus habitaciones se ubicaron cerca del faro y, en la mayoría de casos, no contaban con embarcaciones de servicios que les permitiera llegar a la costa, distante a 100 km aproximadamente. En Historia Marítima del Perú – Tomo XIII, se puede leer “La vida de los guardianes de faros o fareros, era bastante dura, pues debían vivir aislados de los centros poblados, con el agravante de que en la mayor parte de los casos dicho aislamiento era absoluto, pues no contaban con embarcaciones ni siquiera para casos de emergencia. Habría sido por estos motivos que muchos de ellos renunciaban a su puesto, como ocurrió en repetidas ocasiones… también solía ocurrir que fuesen víctimas de su propia soledad, cayendo enfermos o en garras del alcoholismo” (Cayo 2009: 422) es muy probable que, en ocasiones, usaran para embriagarse el propio alcohol destinado al funcionamiento del faro. Los primeros guardianes de faros por sus apellidos eran extranjeros, siendo reemplazados a partir de 1917 por personas provenientes de la zona andina.
Los faros de las islas Lobos de tierra y Lobos de afuera, han sido modificados (respectivamente) los años 1937 y 2008, el primero; y en 1975 el segundo.
Otros faros en la región
A continuación aporto información sobre los otros faros de la región. La fecha de su levantamiento debe considerarse como una aproximación pues he usado como referencia la versión de pobladores ancianos de dichos distritos. Los años de sus modificaciones corresponden a documentos de la Marina de Guerra del Perú[3].
En Punta “El faro” del distrito de Santa Rosa se ubica uno levantado, según los lugareños, por la Marina de Guerra del Perú el año 1950. Este faro ha sido modificado en 1998 y 2011. El faro del distrito de San José, levantado en 1945, ha sido modificado en 1998 y 2007. El faro de Puerto Eten, levantado en 1930, ha sido modificado en 1975 y 2007.

Imagen de los actuales faros en Lambayeque, nada parecidos a los de inicios del siglo XX.





[1] Ver en Basadre, J. (1983). Historia de la República del Perú 1822–1933 Tomos III y IV: La falaz prosperidad del guano. (7th ed. edición). Lima: Editorial Universitaria.
[2] Ver en Lo, J. (2018) Islas Lobos de afuera: biodiversidad que busca ser protegida de la pesca informal. Disponible en https://es.mongabay.com/2018/07/islas-lobos-de-afuera-pesca-informal-plasticos-peru/

[3] Ver en Dirección de hidrografía y navegación (2013) Lista de faros y señales náuticas disponible en https://www.dhn.mil.pe/Archivos/senalizacion_nautica/ISO/LISTADEFAROS.pdf