miércoles, 14 de diciembre de 2011

El Inicio de la Acción Evangelizadora de la Orden Agustina en el Perú Según la Crónica de Fray Juan Teodoro Vázquez. La Obra del Venerable Siervo de Dios José de Espinosa y Valdivieso (I Parte)


“Mundum vincit non

Ferro sed ligno”

Introducción

Motivado por conocer sobre la obra de la Orden Agustina en el Perú, decidí leer la “Crónica de la Provincia de Nuestro Padre San Agustín” de Fray Juan Teodoro Vázquez publicada en Lima el año 1997. La información obtenida me impresionó hasta el punto de significar no solo el conocimiento, digno de divulgación, de los esfuerzos evangelizadores de los miembros de la Orden; sino también una fuente inagotable de inspiración para la interpelación personal y el esfuerzo por la práctica de una vida de cara a Dios y su voluntad.

El Padre Benigno Uyarra Cámara es autor de las notas de la edición crítica y aporta, en el prólogo, ideas dignas de ser tomadas en cuenta para la adecuada lectura del documento:

1.    Son tres los cronistas agustinos de la Provincia de Nuestra Señora de la Gracia en el Perú: Fray Antonio de la Calancha, Fray Bernardo de Torres y Fray Juan Teodoro Vázquez.

2.    Es Fray Juan Teodoro de Velázquez quien escribe por primera vez una crónica crítica.

3.    La obra se publica 272 años después de haber sido escrita.

4.    Resalta las virtudes de personajes agustinos como Fernando de Valverde, Bernardo de Torres, Gaspar de Villarreal, Crispín de la Concepción, Pedro de Tovar y José de Figueroa, entre otros.

Advierte, Don Benigno Uyarra, que en el texto original se “abunda en retruécanos, imaginación muy recreativa y, a veces, exagerada. En una prosa resultante, frecuentemente, tan estética como musical. No se puede negar que tiende a exageraciones en sus propios periodos, por lo que el lector ha de estar atento, a ser también crítico, para quedarse con el objetivo”. Luego agrega “no podemos negar que tiene mucho hiperbatón, por lo que para ver lo que quiere decir, hay que leerle despacio… no son infrecuentes en él algunos galicismos e inelegantes dequeísmos. No es su estilo cortado sino de párrafos excesivamente largos que casi no permiten respirar. En su narrar son frecuentes los adjetivos seguidos sin interponer comas”.

La obra presentada en dos volúmenes, recorre sesenta y ocho años de historia agustina en el Perú y consta de seis libros y noventa y nueve capítulos. Se mencionan en la obra un total de 17 capítulos provinciales (del 32 al 48) desde el presidido por Martín de Beláustegui hasta el presidido por Marcos Pérez de Ugarte. Anota Uyarra que “todo este tiempo corresponde al sistema de gobierno llamado alternativa, en donde el Provincial, Definidores y Visitadores, han de tener nacimiento en España o ser nacidos en el ámbito de la Provincia de Nuestra Señora de Gracia del Perú”.

La parte mejor de la crónica según el autor, Juan Teodoro Vázquez, y el mismo Padre Uyarra, es el Libro IV y sus capítulos del IV al XV. Coincido plenamente con ambos. Al iniciar el Libro IV, Vázquez indica “la materia más deliciosa a la pluma y la más principal de esta crónica es la presente…”

Considero conveniente realizar un análisis del anterior párrafo surgido del agrado del propio cronista y solicito humildemente prestar atención a las virtudes y conversión de un personaje cautivador, el Venerable Siervo de Dios Fray José de Espinoza y Valdivieso. Aclaro, el título de “Venerable Siervo de Dios” aparece en el contenido de la crónica.

El tema que mayor deleite produjo tratar al cronista Juan Teodoro Vázquez fue el de la evangelización realizada por los Frailes Agustinos en la sierra sur del Perú, labor realizada, según el relator mediante “hazañas de excelentes campeones, que armados de un espíritu apostólico, atropellaron toda la naturaleza con los esfuerzos de la gracia, de varias y dificultosas entradas de misioneros a los incultos montes de los Andes, donde se han de ver dibujadas unas gentes más incultas que sus bosques, unas montañas (aunque impenetrables) menos ásperas que sus habitadores, y, por fin, se ha de formar de lastimosas tragedias, siendo el remate de todas, la última desolación de una empresa coronada con la sangre de nuestros dichosos mártires”. Anuncia en el texto anterior una labor paciente y denodada, realizada con enorme sacrificio en medio de territorio impenetrable, por amor a quienes las habitaban y que implicó el martirio de algunos de los evangelizadores.

La evangelización agustiniana se inició a mediados del siglo XVII, siendo Fr. José de Espinoza el primer evangelizador. Sobre Espinoza el cronista refiere: “Fue el primer Colón agustiniano, que armado de más divino esfuerzo que el que tuvo el descubridor de este nuevo mundo, emprendió la entrada de las montañas, no a buscar el alma de los tesoros, sí el tesoro de las almas, el M.R.P.L. (Muy Reverendo Padre Lector)  Fr. José de Espinosa; y como todo el aliento de esta empresa fue su prodigiosa vida, sin la narración de ésta, fuera imposible aquella noticia”.

La delimitación del trabajo la tomo de la versión del Padre Uyarra quien se refiere a la obra evangelizadora de Fray José de Espinosa y otros “colones” agustinos en su obra “La Provincia de Nuestra Sra. De Gracia de Perú”: “La Misión de los "Ninarvas", que significa "Hombres de fuego", está clasificada como una subtribu de los campas y su asiento fue en el valle de Apurímac, actual Huanta. Se inició en 1684 y apenas duró veinte años. En esta misión de avanzada murieron violentamente el P. José Espinosa y Alonso Vivar. En ella fue martirizado y atravesó el río Marañón, el P. Agustín Hurtado con otros cinco cristianos. Al P. Pedro García de la Iglesia y al hermano Hernando de Celis, los enterraron el 2 de abril de 1702. Posteriormente, la cabeza del P. Agustín Hurtado fue traída a la cripta de la Sala Capitular del Convento Grande de Lima. Jóvenes cinturados también dieron la vida en esta misión. La Crónica del P. Juan Teodoro Vázquez cita, como continuadores de esta misión, los nombres de por lo menos cinco religiosos y el de un indio "mantelado" de la Orden”.

Los esfuerzos de Espinoza le han valido, con justa razón, la admiración de muchos en el pasado, actitud a la que me sumo con reverente respeto. A continuación una breve hagiografía del Siervo.

Hagiografía de José de Espinosa

Primer momento: de su nacimiento a su conversión

El nacimiento del Siervo es narrado por Vázquez de la siguiente manera “En Lima, ciudad más ilustre, por ser emporio de santos, que por ser imperio de ricos, Don Pedro de Espinosa, Caballero de la Orden de Santiago y Doña Luisa de Valdivieso, ricos y nobilísimos consortes, tuvieron por dichoso fruto de su legítimo matrimonio a nuestro Fr. José de Espinosa, el año 1649”

Se trataba de un hermoso niño (“salió a luz tan privilegiado de la naturaleza en la hermosura del rostro…”) rodeado de afecto y bien formado en la doctrina cristiana y los conocimientos de la educación formal (“…comenzó a ser el embeleso de los cariños paternos… era el niño dócil en la índole y muy agudo de ingenio…fructificando en él la doctrina cristiana de sus padres y la enseñanza de los maestros…”).

A la edad de quince años y siendo la luz de los ojos y esperanza de su padre “Dios decide trasplantar del pedregoso y estéril campo del mundo al fecundo paraíso de la religión aureliana, aquel florido almendro, que vestido de vistosas galas, prometía al anhelo de los suyos copiosos caducos frutos”. Fue, José de espinosa, un hombre sin problemas materiales que no tuvo desengaños mundanos; se trató, a la edad de quince años, de un joven rodeados de bienes y fortuna para quien los planes de su padre eran los de un destino de prosperidad y nobleza y, sin embargo, ni el temor a defraudarlo o a ver mellado el encendido amor de sus padres evitó su obediencia al misterioso llamado de Dios.

Fue admitido en la Orden Agustina iniciando su noviciado sin perder el apoyo y asistencia de sus padres. Tal apoyo y asistencia significaron con el paso del tiempo una dificultad para el joven Espinosa que no se desligaba de los bienes materiales que siempre le habían rodeado e hicieron su labor de novicio muy tolerable. Demostró desde el primer momento una inteligencia que le hacía distinto a los demás “como era tan vivo y hábil, en pocos días se hizo capaz de cuantas cosas encomienda la instrucción al entendimiento y memoria de los novicios, sobrándole lo más del tiempo, para el cultivo de aquellas virtudes, ceremonias y observancias, que son previas disposiciones para el fin dichoso de profesar”

Terminado el noviciado (un año y un día después) “se ofreció a Dios en las sagradas aras, entre los fragantes aromas de los tres votos” sin embargo, eran su inteligencia y apego a las cosas que desde pequeño le habían rodeado, un estorbo para su santidad. En ese momento ni él mismo lo reconocía. El cronista refiere que el día de su profesión había singular pompa y regocijo pero “no sé si mucha ternura de su corazón”.

Obedeciendo la voluntad de su Superior se convirtió en estudiante del Colegio de “San Ildefonso” (fundado en Lima en 1612) para “estudiar las facultades necesarias a nuestro estado”. Fue estudiante y corista; sin embargo “se portó, nuestro Espinosa, con más codicia por las letras que anhelo a las virtudes, más aplicado a la perfección de los estudios, que al estudio de las perfecciones”. Se convirtió en una persona engreída y vanidosa “que no producía en su espíritu humildes conocimientos, sino altivas presunciones”. Se convirtió en un estudiante brillante que aportó reflexiones admirables a la luz de la formación que le brindaba la Iglesia y que él agradecía reconocido.

A pesar de su brillantez, puntualidad, responsabilidad y reconocidas virtudes intelectuales, no eran visibles en él los frutos de una vida consagrada a Dios “porque aunque mancebo regalado, ingenioso y aplaudido, no vivió con aquella morigeración y modestia que reportaban los espirituales en las observancias comunes de obediencia a los maestros y prelados, de asistencias al coro, misa y comuniones generales, era puntualísimo. Su intelecto le permiten distinguirse “Elevado a la cumbre del sacerdocio sin tocar el primer escalón de lo perfecto y coronado del precioso laurel de la Lectura, con sobrados merecimientos de suficiencia y aplicación, o le cupo por suerte en el nombramiento, o lo consiguió con empeño poderoso, salió asignado por Lector de Artes de nuestro Convento del Cuzco, el Capítulo de N.P. Fr. Francisco Ibarguen”

En el Cuzco “ganó nuestro espinosa en cátedra y púlpito, crecidos aplausos de ingenioso y erudito” consiguió la fama por él tan deseada. Su fama fue conocida en Lima debiendo retornar, solo por obediencia,  a esa ciudad como Lector de Teología del Colegio de “San Ildefonso” según la disposición del Provincial Diego Martín de Hijar (Ijar) y Mendoza. Sobre el hecho, Vázquez menciona “¡Oh, que sacrificio tan doloroso hizo a Dios en esta obediencia! Pues, de más de las muchas conveniencias, gusto, libertad y regalo que dejaba, el demonio, presagiando los bienes espirituales que le esperaban en Lima, no solo las repugnancias le duplicó, sino también los estorbos”.

La fama de la que venía precedido se confirmó en la ciudad de los Reyes, ganando el reconocimiento por él tan deseado “… desplegando luego las represadas luces de su vivo y perspicaz ingenio, en breves días, fue reputado, dentro y fuera de casa por excelente maestro: sus agudas soluciones, presidiendo, y sus penetrantes silogismos, replicando, eran en todos veneración y susto, pero en su nativa hinchazón, desvanecimiento”. En tal estado “hecho camaleón del aire de los aplausos, armiño en los aseos del hábito y Epicuro en el regalo del cuerpo”.

  Hombre acostumbrado, desde pequeño, a lujos hasta el exceso (según comenta el cronista) no varió su estilo de vida debido a los regalos y asistencia de su padre, agregó para su vanidad el reconocimiento de propios y extraños a su intelecto y capacidad comprobadas. Lejano estaba su testimonio de asemejarse al de aquellos grandes santos que inspiran la vida de mucho por su fidelidad y determinación. Pero Dios, que es rico en misericordia, determinó usar su vida para sus fines. Afirma Vázquez “pero llegándose aquella feliz hora en que tenía decretada la divina piedad, la iluminación de esta apagada luz, cortó con el golpe poderoso de su auxilio todos aquellos fogosos ímpetus con que su libre voluntad lo conducía al despeño, iluminole el entendimiento y, como él lo tenía tan excelente, apenas con el esplendor del desengaño se vio desembarazado de las tinieblas de la soberbia que lo oprimían, comenzó a conocer los precipicios del vicio y las seguridades de la virtud”.

¿Qué pudo ocurrir para que tan acomodada vida se entregue rendida a los pies del Creador? Un poema que escribí hace algunos años decía en el verso final “capacidad de renuncia la mía/ temblor por dentro y por fuera/ la muerte me llega/ se manifiesta amiga”. Tan solo el temblor de la muerte ocasionó en Espinosa el reconocimiento de sus miserias. Comenta el cronista “fueron las sombras de la muerte las iluminaciones de su advertencia”. Desde tiempo atrás, espinosa,  tenía el recurrente sueño de verse en “el féretro triste, míseramente difunto”. Ahora la muerte golpeaba a su puerta y se manifestaba próxima y cercana. El cadáver de Fr. Juan de Rondón, misionero agustino fallecido en una doctrina alejada, fue llevado a las instalaciones del Colegio de “San Ildefonso”; “vio en el corrompido cadáver de Fr. Juan de Rondón el miserable término de la vanidad del mundo y lacrimoso fin de sus detestables gustos”. Lo que ocurrió en la vida de Espinosa marcará el inicio del Hombre Nuevo del que habla la Biblia “así abriendo de par en par todas las puertas del corazón, a la entrada de tan fructuoso desengaño, se dispuso luego, como otro Job, a no tener más padres que la corrupción, ni más hermanos y conocidos, que a los gusanos”. Sobre el hecho Don benigno Uyarra nos dice “constituyó una llamada de conversión profunda”. Lloró amargamente por su anterior estilo de vida, finalmente estimo que fue el conocimiento el que le dio conciencia de la infinita gracia de Dios.

Los signos visibles de su conversión fueron inmediatos “mudose la limpia, fragante Holanda, en una dura y basta túnica, casi siempre exenta de las visitas del agua, si no caía del cielo; los ricos bruñidos hábitos, del más delgado anascote, en una angosta y poco limpia mortaja, de gruesa, deslucida antona; el curioso menaje de la celda en cuatro trastos, solo aptos a una extrema necesidad e incapaces de su adorno, de la vanidad, sino solo de la pobreza; y en fin el regalo opíparo, funesto combustible del venéreo incendio, en una dura abstinencia de todo lo delicado y un ayuno continuado”. Fue consciente de que su altivez y soberbia fue su principal pecado por ello decidió vencerlo y sí que lo hizo a fuerza de amor, fe y paciencia; decidido renunció a los reconocimientos y aplausos que por su intelecto había logrado.

Una de las labores en las que se empeñó el Siervo de Dios José de Espinosa fue juntar de la cocina las sobras de los alimentos de los religiosos para distribuirlos a los pobres en la portería. La labor, tan opuesta a la limpieza que antes practicaba de manera arrogante, procuraba realizarla él mismo a diario. Era constante verlo dar vueltas por la cocina para realizar tal actividad. Hizo de la mortificación su compañera, no comía lo mismo que el resto de la comunidad pues fue cotidiano verlo comer de las sobras que con amor entregaba a los pobres en la portería.

El cambio de vida originó encontrados puntos de vista “unos que comenzando en asombro, paraban en compunción; otros que comenzando en enfado, paraban en vilipendio”. Su padre no vio con buenos ojos este cambio repentino que le ocasionó enojo y desagrado “juzgaba las acciones del Siervo de Dios por extravagancias que lo conducían no a los créditos que él buscaba sino al ludibrio que huía”.

Ofreció a su hijo graduarlo de Doctor en la Real Universidad, conseguirle magisterio, usar su dinero para solicitarle un cargo eclesial… a todo esto, respondió el Siervo de Dios con una humildad incomprensible para tan carnal ofrecimiento. No pudiendo las promesas doblegar su espíritu, la amenaza se abrió paso primero la amenaza y el enojo, luego el oculto trámite ante los prelados para que le hagan practicar los cargos que antes le habían logrado el reconocimiento y aplauso. Los prelados reconocieron el juicio errado del padre “que solo en las ostentaciones y vanos relumbrones” veía premio suficiente para su hijo.

“viendo, en fin, Don Pedro a su hijo firme en los propósitos de proseguir abatido, y, estando en disposición de partirse a España, empeñó toda la autoridad y el cariño en persuadirlo que le acompañase en el viaje, en cuya empresa, sin detrimento de la virtud, podía asegurar en los honores de su persona, los esplendores de su provincia, practicando, de contado, un acto tan justo y meritorio, como asistir a su padre en la multitud de peligros que se encuentran en navegaciones largas”. Respondió el Siervo a su padre que “(buscaba) la honra de Dios y la salvación de la almas; que sus ascensos habían de ser sobre los altos montes de los Andes, en cuyos principios esperaba hallar más seguidores para su espíritu que en la cumbre de los puestos”.

Partió, entonces, su padre a Europa donde le consiguió la patente de Maestro, cargo que pensó no rechazaría el Siervo por tratarse de un puesto humilde que antes otros santos hombres habían ocupado. Sin embargo, Espinosa lo rechazó no por pensar que le resultaría un estorbo, sino por considerar el puesto indigno de su persona.

Considero sabiamente, el Venerable Siervo de Dios, la necesidad de convertir infieles, hombres que no conocían a Dios en las alturas de los Andes. Tuvo dicha necesidad desde los inicios de su conversión y, sin embargo, preparo su cuerpo y espíritu con diversas mortificaciones reconociendo que “estos fogosos alientos del principio, suelen ser más hervores que muestra la carne cruda, que fervores que la acreditan quebrantada y deshecha”.

Las formas usadas por el Venerable Siervo de Dios para su mortificación son narradas en detalle por el cronistas: “con la dureza de sus disciplinas y con la continua mordacidad de férreos cilicios, no parece que buscaba su fervorosa penitencia la mortificación del cuerpo, sino la muerte, pero, ya que a esta no le daban permiso, ni la discreción ni la obediencia, desquitaba parte de sus anhelos, en la continua muerte de sus sentidos… hizo pacto con sus ojos para que jamás se atreviesen a registrar aquellas bellezas origen de las fealdades del alma… solo miraban en la tierra las funestas facciones del sepulcro. El oído atendía codicioso, no a las dulzuras de la música y suavidades de la lisonja y el aplauso, sino a los preceptos de los superiores para la obediencia y al sonido de los baldones y vilipendios para la humillación. El gusto acostumbrado a la aspereza o del ayuno o del mal guisado alimento, ignoraba las adulaciones del dulce y sabrosidad de la fruta. El olfato, huyendo siempre de aquella fragancia que fue tan nociva a aquel desengañado espíritu; apetecía, como lisonja el desapacible olor que exhala la mendiguez, siempre mantenida en destrozos, manantial de desaseos”.

A diario era visto en el Hospital Real de San Andrés “ayudando a los moribundos, consolando a los tristes y sirviendo la vianda a los enfermos”. Mortificaba sus sentidos atendiendo a los “enfermos del juicio” (orates) “en cuya irracional inmundicia hallaba copiosa materia su deseo”. A ellos les lavaba los pies y retiraba de su piel las sabandijas. De entre ellos, uno en especial le significo penitencia compleja. Se trataba de un enfermo mental que andaba siempre desnudo y hacia tiras cualquier vestimenta que le pusieran; además, aquellas tiras las usaba para hacer anillos en todos los dedos de sus manos y pies y rudos collares para su garganta, no sin antes mezclar la tela con sus propias heces. El Venerable Siervo de Dios gastaba largo tiempo en cortar con tijera tales anillos y collares “tolerando su limpísimo genio insufribles asaltos de inmundicia”. Su labor continuaba al bañar al enfermo con sus propias manos para luego vestirlo con nuevas vestimentas y recostarlo en su humilde lecho. Todo esto lo hacía con inmenso amor, a pesar de saber que todo aquello se repetiría día tras día.

Las mortificaciones causaron en el Siervo de Dios un cambio notorio pues “este glorioso empeño con que quebranto todos los bríos de la carne, le fue vistiendo de ligeras plumas el espíritu, con las cuales remontándose, como águila generosa, sobre todos los montes de lo terreno, colocaba su nido en la arduidad de la divina contemplación; y copiando de esta real ave, la ardiente complexión, con imperturbable pupila, registraba los rayos del divino sol de justicia, trasladando no solo a los ojos de su perspicaz entendimiento, sus inefables luces, si también a la voluntad, sus amorosos incendios… la copia de fervientes lagrimas, la singular devoción y conato con que ofrecía a Dios el tremendo sacrificio de la Misa y ejecutaba los dilatados ejercicios de María de la Antigua, la Vía Sacra, el rosario y otras devociones, mostraban con claridad, cuan inflamado tenía el corazón…” Cuánto dinero recibía de su padre lo usaba en comprar golosinas para los niños más pobres (las cuales escondía en sus mangas) y en financiar cada una de sus obras de caridad.

martes, 25 de octubre de 2011

"Riego de blancos, Riego de zambos, Riego de negros"

En los meses de febrero y marzo de 1578 se produjeron los aguaceros más torrenciales y destructores de la costa norte del Perú, siendo azotado especialmente por esta calamidad que se convirtió en inundación casi general, la costa del departamento de Lambayeque. Aquel torrente de agua destruyó todas las acequias y cauces aun los construidos por los incas y especialmente dio fin a la existencia de uno de los dos Taimis que existían en aquel tiempo, el Taimi de Túcume, quedando el Taimi de Ferreñafe. Trabajaron en la reparación de estos daños por más de tres meses cerca de dos mil indios al mando de Juan Conroy, Corregidor de la ciudad de Zaña, siendo el tambero del pueblo Rodrigo de Páez y de Saavedra. Por aquella época ya se encontraban en vigencia las ordenanzas sobre aguas de regadío que dictó el Doctor Don Gregorio Gonzales de Cuenca con fecha 3 de mayo de 1567 lo mismo que su respectiva reglamentación según Real Cédula del 4 de setiembre de 1570 relativa a la mejor distribución y aprovechamiento de las aguas de ambos Taimis.

Era cacique principal de Ferreñafe Don Juan Capilón, gobernador del repartimiento de Collique Don Martín Farrochumbi y del de Lambayeque Don Francisco Quiña. Mientras Juan de Oses representaba al primero, los dos segundos le recomendaron su defensa a Don Melchor de Osorno en la contienda judicial promovida por aquel contra los indios de Collique y Lambayeque por haber abierto tres acequias en el Taimi de Ferreñafe.

Con el objetivo ulterior de congraciarse con los españoles y ganar el pleito, Don Martín Farrochumbi, a quien le decían “El Viejo” y también “El Petrucio”, se convirtió al cristianismo haciéndose bautizar, habiendo sido de esta manera uno de los primeros naturales convertidos voluntariamente a la nueva religión en nuestro departamento. En realidad fue el primer convertido porque el primer natural o mochica bautizado había sido su padre o sea Cozco Chumbi hijo de Esquén Pisán y Chisfán Cegfiún con el nombre de Pedro de donde se explica que le dijeran al hijo “Petrocio” o sea Pedro chico.

En una de las tantas reuniones verificadas en el propio Taimi, en el fondo el mismo cauce que era bastante ancho puesto que esta última palabra es lo que significa Taimi en mochica se produjo un serio y sangriento incidente entre personeros, litigantes, esclavos, indios y zambos ayudantes que generó en contienda general entre todos, lo que dio como consecuencia que tres de las tomas de las diez acequias del Taimi fueran totalmente segadas en forma tal que hasta la fecha no ha vuelto a discurrir agua por ellas a pesar de las bendiciones y rogativas de los curas que acompañaban a los feligreses y que eran Rodrigo Días de Ferreñafe y Miguel Gutiérrez y Juan Osorno de Túcume. Esas tres acequias tenían el nombre de Col, Chin de choclo y Fala.

A fin de evitarse entre los naturales cuestiones futuras que tuvieran sangrientos resultados y repercusiones dolorosas sobre los derechos de aguas, resolvieron los mismos contrincantes al lado de los propios cadáveres y entre los ayes de los heridos establecer sus propias ordenanzas no según las leyes sino por diferencias raciales conviniéndose en establecer las siguientes medidas o derechos de riego:

PRIMERO: RIEGO DE BLANCOS. Acequia llena y agua hasta la altura de la cintura.

SEGUNDO: RIEGO DE ZAMBOS. Acequia media y agua hasta la altura de la cintura.

TERCERO: RIEGO DE NEGROS. Acequia rala y agua a la altura de los tobillos.

Y con los tres artículos que establecían tres medidas para tres clases de gentes diferentes se evitaron por muchos años las enojosas cuestiones derivadas del aprovechamiento de las aguas en nuestras tierras de sembrío.

Tomado de “Mitos, leyendas y tradiciones lambayecanas” de Augusto León Barandiarán.

En “Firruñap: Edición monográfica de la provincia de Ferreñafe” (Dirección del Archivo de Lambayeque, colección “Nixa”, revista Nº21, año 1966)



domingo, 16 de octubre de 2011

Los Primeros Signos de Modernidad: Chiclayo a Inicios del Siglo XX"



Capitán Humberto Gal'lino a bordo del bimotor
Cruz de Chalpón (Lima - 1939)

Tierra de Chiclayo, campos sonreídos
Del sol más poeta que alumbra el Perú
Sinfónicos toros, “mameyes” dormidos
Pinceladas suaves de sueños floridos
¡Tierra de Chiclayo, gran tierra, Salud!
(Juan Parra del Riego
En el teatro “Dos de Mayo” 1916)


Cuando, a inicios del siglo XX, se presentaban los primeros signos de modernidad; todo evento que conmocionara a la población (epidemias, accidentes, etc.) era, inmediatamente, ligado al “progreso”. Teodoro Rivero Ayllón indica en “Lambayeque: Sol, flores y leyendas” (pp.120) que “no faltó quien echara a rodar la especie que cundió, rápida, entre las gentes sencillas del lugar: ¡de seguro que la culpa es de la fábrica de luz!”. Los doce mil habitantes de nuestra ciudad por aquella época (indios, mestizos, negros, asiáticos y unos pocos europeos) vieron como, poco a poco, desaparecían las emblemáticas huacas de Los Peredo, de La Cruz y del Coliseo; fueron testigos del inicio del fin de algunas tradiciones populares (relaté en anterior artículo la de “La Burra del Señor”), de la aparición de nuevas calles y avenidas; así como del arribo de los nuevos inventos que llamaron la atención y despertaron la curiosidad del chiclayano de a pié. Sobre esto último doy a conocer, a continuación, breves detalles:

En 1912, las calles de Chiclayo ven recorrer por primera vez un automóvil piloteado por el aviador trujillano Carlos Martínez de Pinillos. Luego, los chiclayanos Emilio Silva, Herman Gorbitz y Alejandro Leguía cubrieron la ruta entre Chiclayo y Reque en un tiempo de 20 horas por el antiguo camino de Saltur.

Juan Bielovucic Cavalier, fue un aviador limeño educado en Francia. Logró en 1910 graduarse como piloto de aviones y obtuvo su brevete (Nº 87). En Enero de 1910 llega al Perú a bordo del vapor “Ucayali” trayendo su avión “Voisin” con el que realizaría una serie de vuelos ya como miembro de la Liga Pro – Avión fundada en Lima y dirigida por el general Pedro Muñiz. Uno de tales vuelos fue realizado en un improvisado aeródromo en la antigua Yutera de la familia Piedra entre Chiclayo y Monsefú. La experiencia, breve, resultó inolvidable para todos los presentes.


Bimotor "Cruz de Chalpón" (Lima - 1939)

En otros lares, los aviadores motupanos Humberto y Víctor Gal’lino Domenak a bordo de la nave de tipo Barkley – Grow T8P – 7, bautizada “Cruz de Chalpón”; intentó cubrir por primera vez la ruta New York – Lima. Partieron de la “Ciudad de los rascacielos” el 29 de octubre de 1939 y, después de 25 horas de vuelo, realizaron un aterrizaje forzoso en la Isla Puná (Ecuador) debido a una fuga de combustible. Dos días después, superado el impase técnico, alzaron vuelo logrando aterrizar en Lima el 01 de noviembre. Según Rivero Ayllón “Habían tenido 26 horas de vuelo, con lo cual batían un record de distancia sin escalas: 6500 Km”. La nave sirvió como transporte hasta 1945 cuando un incendio la consumió en la amazónica ciudad de Tingo María.

Elio Galessio en su trabajo “Breve reseña histórica de los ferrocarriles del Perú” indica que desde fines del siglo XIX ya funcionaban en nuestra región al menos dos ferrocarriles con fines comerciales y para apoyo de la actividad agroindustrial. Sin embargo, Chiclayo verá ingresar a la primera locomotora el lunes 28 de setiembre de 1914 a las 5 de la tarde. Tal acontecimiento significó algarabía inusitada. “El convoy (fue recibido) con banderas, guirnaldas y banda de música”.

Chiclayo es ciudad cosmopolita y “aldea alegre pintoresca y bulliciosa”. Es síntesis de lo urbano y lo rural. Es modernidad y crecimiento pero, aún en este tiempo, es tradición, recuerdo y nostalgia. Podemos repetir con Manuel Bonilla (“Allá en Cinto y Collique”):

“En mi región natal hay una aldea
Alegre, pintoresca y bulliciosa…
Allí cuando la aurora
Con sus luces colora
De la agreste colina la ancha falda
Chiscos, tordos, chiroques y jilgueros
Cruzando de arrozales el mar de oro
Modulan sus gorjeos placenteros…”







jueves, 29 de septiembre de 2011

Los Patitos de Oro de La Capilla "La Verónica" de Chiclayo



En Marzo del año 2010 publiqué el artículo “La Construcción de la Capilla La Verónica de Chiclayo” y referí que en 1927, Don Ricardo Miranda en su “Monografía General del Departamento de Lambayeque” (pp. 147) informa haber encontrado, sobre la capilla de “La Verónica”, un artículo publicado en un diario de la época, en el cual se informa que “siendo gobernador del distrito de Chiclayo, Don Enrique Vela, los indígenas julcas cedieron el terreno para la construcción de La verónica, al acaudalado hijo de esta población, Don José Leonardo Chiclayo “El Calvo” quien por tres veces la reedificó por haberse destruido en varias épocas”. Además se confirma que fue construida a principios del siglo XIX en el terreno que ocupó la casa de José Leonardo Ortiz ó José Leonardo Chiclayo (1782 -1854).

Un relato de Walter Sáenz Lizarzaburu en “Los Orígenes de Chiclayo” señala que: “En cierta oportunidad, que se hacían unas excavaciones en su casa, se encontró un entierro consistente en muchos objetos de plata labrada, destacándose por su tamaño, peso y adornos, una hermosa Cruz de plata maciza, que tenía por característica principal un delicado labrado de “La Verónica” secando el sudor del nazareno y que por una inexplicable rareza tenía una lejana semejanza con la hija del calvo llamada Ángela Chiclayo (Ortiz), descendiente directa de los caciques de Cinto, probablemente los primeros habitantes de Chiclayo. El calvo, hizo la promesa de construir con su propio peculio una Iglesia en su casa, o sea en el lugar donde se encontró el tesoro, si es que los gases de antimonio que despide la plata enterrada no le hacían daño. Como el “calvo” siguió viviendo y aprovechó el tesoro encontrado, cumplió con erigir la Iglesia, a la que puso por nombre “Verónica” en recuerdo de la imagen de esta santa encontrada y de la semejanza con su hija preferida”.

Basado en los aportes de César Toro quien recoge, en su “Antología de Lambayeque” (1989), los relatos de Don Francisco Arbulú Maradiegue y Doña Natalia de Vidaurre; estoy en condiciones de agregar que desde el mismo lugar en que fue encontrada la hermosa cruz de plata maciza con el labrado de “La Verónica”, “salían los patitos de oro, como una prolongación del milagro realizado”.

Eran en total seis, una pata y cinco patitos, que salían uno detrás de otro en las noches de luna llena. Cuando salían del lugar del entierro eran de plata, pero mientras caminaban y cruzaban la Huaca de los Peredo y después de bañarse en la Compuerta, salían convertidos en auténticos patitos de oro, “despidiendo áureos destellos y relumbrando en las noches iluminadas”.

Según la tradición popular, si en el entierro de la casa del “Calvo” se encontró un tesoro de objetos de plata labrada, en la Huaca de los Peredo y en el sitio de la Compuerta existe un entierro con objetos de oro repujado.

Debo indicar que fue Don Virgilio Dall’orso quien, como presidente del “Comité de Obras Públicas”, primero, y como alcalde, después, modernizó nuestra ciudad y ordenó prescindir de las Huacas que rodeaban nuestra ciudad hasta inicios del siglo XX: Huaca de los Peredo, Huaca de La Cruz, Huaca del Coliseo. En nuestro caso, la Huaca de los Peredo se encontraba prácticamente en el centro de nuestra actual ciudad. La Compuerta que referimos es la prolongación de la antigua acequia Coix



viernes, 16 de septiembre de 2011

Primero Paisano que Dios

     Don Cristóbal Pesantes y Bracamonte era un antiguo lambayecano, ciudadano adinerado y notable quien, para abril del año 1743, cumplía con una antigua tradición familiar. Es, en adelante, personaje principal de nuestra historia.

     Abril era el tiempo del señor, el pueblo se impuso normas y nadie las trasgredía. Todos vestían de negro, el trabajo era prohibido, nadie podía jugar ni hacer ruidos, las conversaciones eran en voz baja… eran días de luto, fervor y fe.

     Fueron los ritos de Semana Santa tan sagrados como vistosos y cargados de pompa y competencia entre los adinerados del pueblo. Cada familia notable debía hacerse cargo, por herencia, de celebrar las procesiones de tan magna fecha o al menos “vestir” o arreglar una de las andas. A Don Cristóbal le correspondía la procesión más vistosa, trabajosa y costosa de todas: “La Cena del Señor”.

     El anda de “La Cena”, hecha de madera de faique y algarrobo, llevaba hasta quince imágenes (Jesús, los Apóstoles, María Magdalena, Santa María Virgen) tenía incrustaciones y guarniciones de plata labrada, era “vestida” en dos semanas (al menos) y necesitaba de no menos de treinta cargadores para el largo y lento recorrido por todas las calles de la ciudad.

     El jueves Santo de 1743, a las tres de mañana, el anda ingresaba a la Iglesia, significando con ello el fin de la procesión. Por obligación, el vecino responsable debía hacerse cargo de desvestir o desarreglar el anda colocando cada una de las imágenes usadas en su respectivo altar. Don Cristóbal Pesantes vigilaba de cerca, acompañado por su paisano, amigo de infancia y pariente Don Diego Vigil del Castillo, tan esforzada labor. El peso de la responsabilidad lo tuvieron, en la práctica, los empleados de Don Cristóbal y los fieles devotos que voluntariamente se ofrecían a tal labor.

     Casi al amanecer, los esfuerzos parecían infructuosos. El anda estaba prácticamente igual, faltaban manos y, mientras tanto, Don Cristóbal y su amigo Don Diego, conversaban animosamente sentados frente a quienes sudaban la gota gorda en homenaje al “Amo” o “Padre Eterno”.

     Uno de los devotos acercándose a Don Cristóbal insinuó:

     - ¿Es posible que su Merced disponga las manos de Don Diego para desvestir la sagrada imagen de nuestro Señor?

       A lo que Don Cristóbal de Pesantes, sin dudar, respondió:

    - ¡Habrase visto tamaña insolencia! En la casa del cielo primero Dios y después paisano. Pero en esta casa terrena ¡Primero paisano que Dios!



lunes, 29 de agosto de 2011

El Oro del Perú: La Visión Occidental de la Riqueza Indígena


"¡Vale un Perú! Y el oro corrió como una onda
¡Vale un Perú! Y las naves lleváronse el metal;
pero quedó esta frase, magnífica y redonda,
como una resonante medalla colonial."
(José Santos Chocano)
A manera de introducción
Cuando Pedro Mártir bautizó las nuevas tierras conquistadas por los españoles, a partir de 1492, como Orbe Novo;  los millones de hombres que vivían en esta geografía desconocida y variada, aislada y extensa, de norte a sur, fueron solo entrevistos parcialmente. “El impacto de esta geografía americana y sus culturas va a ser tan tremendo, que en parte ha contribuido a dar al mundo la actual configuración” (Gran Enciclopedia de España y América. Volumen V. pp.72)
Todos los aspectos de la vida se vieron influidos al descubrirse América. Las ideologías encontraron un campo novedoso donde especular. Era el encuentro con una nueva humanidad en estado natural. El tiempo de nuevas tensiones sociales. Tuvieron ante sus ojos productos desconocidos. Además “la importación que rápidamente se hizo de metales preciosos, como el oro y la plata, en grandes cantidades, motivó una subida del valor de las mercancías cuyos precios estaban basados en estos metales”.
De todas las tierras americanas, fue el Perú la zona destacada por su inusitada belleza geográfica y la cantidad de recursos que brindó al conquistador europeo. Es reconocido el deseo del conquistador de conseguir fama, nombre y riqueza; en este sentido la obtención de oro y plata (especialmente el primero de los metales) en grandes cantidades a partir del saqueo de los antiguos tesoros incaicos y de la explotación aurífera en diversas minas de la zona andina, cubrieron las expectativas de los peninsulares fueron plenamente satisfechas.
El diccionario de la Real Academia Española define al oro de la siguiente manera: “elemento químico del grupo de los metales, de color amarillo brillante y muy usado en joyería”. Sin embargo, en el Perú de inicios de la conquista, el oro también significó poder, renombre, honor, riqueza.
El presente artículo mostrará algunas ideas que nos permitirán conocer la interpretación dada por los conquistadores hispanos al oro del Perú. Del mismo modo informaré algunas cantidades y datos, a lo mejor, desconocidos para los ciudadanos de a pie con respecto a la explotación y recolección del oro en nuestras tierras peruanas.
El oro en Europa. El oro en el Perú
¿Qué valor se le daba al oro en tierras europeas y americanas? Don Pedro Mártir de Anglería, humanista de los siglos XV y XVI, relataba haber escuchado antiguas tradiciones americanas que daban a conocer el origen del oro. Indicaba que “el sol salía a llorar, y que al caer sus lágrimas al suelo estas cuajaban en oro”. A partir de esta versión popular, Federico Kauffmann Doig afirma que: “(esta historia) permite inferir que al oro se le confería en América precolombina un valor distinto al que regía en occidente” (En “Mensaje iconográfico de la orfebrería lambayecana” – Lima, 1991).
Kauffmann añade: “El oro no era, ciertamente, en el Nuevo Mundo un medio de enriquecimiento, puesto que no representaba valor monetario alguno. Era, eso sí, materia sacra en sí misma. Con ella se maleaban figuras mágico – religiosas o joyas para engalanar a quienes regían y detentaban la responsabilidad de velar por el destino de sus sociedades. De este modo aparecían transfigurados en seres semidivinos y podrían impartir órdenes inapelables”.
Porras Barrenechea señala: “El oro tuvo en el Perú, desde los tiempos más remotos, una función altruista y una virtualidad estética. En el Incario el oro libertó al pueblo creyente y dúctil de la barbarie de los sacrificios humanos y elevó el nivel moral de las castas, ofreciendo a los dioses, en vez de la dádiva sangrienta, el cántaro o la imagen de oro estilizado, fruto de una contemplación libre y bienhechora, con ánimo de belleza. El oro tuvo, también, una virtud mítica fecundadora y preservadora de la destrucción y la muerte. En la boca de los cadáveres y en las heridas de las trepanaciones colocaban los indios discos de oro para librarlos de la corrupción”.
En contraposición, superadas las penurias de la travesía, los europeos llegados a tierras americanas “apreciaron el oro americano de acuerdo a los esquemas del pensamiento occidental”. Unos le dieron el valor de su apetencia; otros el surgido de su vena artística y cultural. Los unos hicieron del oro un botín y de la indigna fundición y repartija su tarea. Los otros convirtieron su visión del duro metal color de sol en al aprecio de las finas piezas y objetos encontrados en estos lares; siendo tal su admiración que, conservándolos, los trasladaron a España y Flandes. No en vano reconocería, el mismo Mártir de Anglería, que “lo que me pasma es la industria y el arte con que la obra aventaja a la materia”.
En “Oro y leyenda el Perú”, Don Raúl Porras Barrenechea refiere: “Un mito trágico y una leyenda de opulencia mecen el destino milenario del Perú, cuna de las más viejas civilizaciones y encrucijada de todas las oleadas culturales de América. Es un sino telúrico que arranca de las entrañas de oro de los andes. Millares de años antes que el hombre apareciera sobre el suelo peruano, dice el humanista italiano Gerbi, el futuro histórico del Perú estaba escrito con caracteres indelebles de oro y plata, cobre y plomo, en las rocas eruptivas del período terciario”.
Puede permitirnos la siguiente copla de Lope de Vega, referida también por Kauffmann,  conocer la visión áurea del europeo:
“So color de religión
(Van) a buscar plata y oro
Del encubierto tesoro”
Porras agrega en su texto que el padre Acosta, con su severidad científica y su don racionalista, nos dirá en su Historia natural y moral de las Indias: “Y entre todas las partes de Indias, los Reinos del Perú son los que más abundan de metales, especialmente de plata, oro y azogue". León Pinelo, que situaría el Paraíso en el Perú, escribe: "La riqueza mayor del Universo en minerales de plata puso el criador en las provincias del Perú". Y Sir Walter Raleigh, avizorando el Dorado español desde su frustrada cabecera de puente sajón de la Guyana, en América del Sur, escribiría: "Ipso enim facto deprehendimus Regem Hispanum, propter divitias et Opes Regni Peru omnibus totis Europae Monarchis Principibusque longue superiorem esse." –"De ello sabemos que el rey de España es superior a todos los reyes y príncipes de Europa por causa de la abundancia y las riquezas del reino del Perú".
Pedro Cieza de León en “Crónica del Perú” (Cap. CXV) indica “... por las faldas de esta cordillera se han hallado grandes mineros de plata y oro... y en todo el reino del Perú; y si hubiera quien lo sacase, hay oro y plata que sacar para siempre jamás; porque en las sierras y en los llanos y en los ríos, y en todas parte que caven y busquen, hallarán plata y oro”.
Con pena, Porras Barrenechea reconoce: “El oro acumulado durante cuatro siglos en las cajas de piedra de seguridad del Coricancha, con un propósito reverencial y suntuario, fue a parar, a través de las manos avezadas al hierro, de soldados que se jugaban en una noche el sol de los Incas antes de que amaneciese, a los bancos de Amsterdam, de Amberes, de Lisboa y de Londres. No fue nunca el dinero, el oro acumulado, inhumano, utilitario y cruel”.
El ansia de oro y la censura de los Predicadores
En la obra “La Transformación Social del Conquistador” (1958), el filósofo peruano José Durand refiere (en el capítulo IV) “una exigencia de transformar su vida encaminaba los actos del conquistador. Se quería, claro está, una mudanza de acuerdo con el espíritu de la época, y se buscaba el oro a costa de grandes peligros y nunca a costa del orgullo. Corrían tiempos en los que el dinero estaba llamado a satisfacer unos ideales de vida muy diferentes de los actuales, y, en consecuencia, el afán de oro se presentaba con rasgos que no pueden coincidir con los de nuestros días”.
Fray Bartolomé de Las Casas aceptaba que las más importante de todas las razones de la conquista era, además, la más baja: “ninguno acá pasaba sino para, cogiendo oro, desechar su pobreza, de que en España en todos los estados abundaba”. Habrá que recordar que los conquistadores formaron parte de aquella multitud de “hidalgos segundones y mozos pujantes que se encontraban ante un porvenir desamparado”. La fórmula del éxito se expresa en el siguiente y conocido lema: “Iglesia, mar o casa real”. De no encontrar el éxito en el clero o los puestos públicos la única salida era aventurarse a las indias en procura de la anhelada oportunidad.
Desde muy temprano, la codicia de los conquistadores españoles fue censurada por los evangelizadores. Los frailes Pedro de Córdova y Antón de Montesinos, mucho antes de los descubrimientos de México y Perú,  criticaron con firmeza los abusos de los primeros colonos que tanto perjudicaban a los indígenas.
Fray Bartolomé de Las Casas dijo con firmeza: “(arrebataron) con violencia y crueldad, y contra la voluntad de sus dueños, el oro, la plata y el dinero”. Luego añade. “(despojaron) a los reyes y señores naturales de sus dignidades reales, de sus demás títulos y honores, de sus derechos y jurisdicciones”. Indicaba que era tanto el deseo de venir a tierras americanas por el ansia del oro que “(apreciaban tanto las indias) mucho más que si les certificaran que habían de tomar Francia; así es la codicia y la liviandad de España”.
El clérigo Don Cristóbal de Molina se unió a las críticas afirmando “(las riquezas de las indias) cebaron a los españoles y les pusieron ánimo de descubrir más adelante… otro fin no traían los conquistadores”.
Gómara presenta, según versión de Durand, a los capitanes Soto y del barco haciendo oídos sordos a los pedidos de ayuda del Inca Huáscar, entonces prisionero de Atahualpa; todo por la codicia de poseer el dorado metal: “Pero ellos quisieron más el oro del Cuzco que la vida de Huáscar, con la excusa de mensajeros que no podían traspasar la orden y mandamientos del gobernador”.
El mismo Gómara añade sobre los codiciosos conquistadores: “con lo habido no se contentaban, fatigaban los indios cavando y trastornando cuanto había, aun les hicieron hartos malos tratamientos y crueldades porque dijesen del y mostrasen sepulturas”. En tono picaresco y con el fin de ridiculizar tanto insano deseo de riqueza, más adelante indica: “puede ser que el deseo que tienen al oro en el corazón, se haga en la cara y en el cuerpo aquel color” (Ellos y el oro, todos van de una misma color – según Motolinía)
Fray Toribio Motolinía, escribe sobre las experiencias de indios y españoles en las nuevas tierras americanas, especialmente en México cuya conquista vivió de cerca. Con tono amoroso dice sobre los indígenas: “estos indios cuasi no tienen estorbo que les impida para ganar el cielo, de los muchos que los españoles tenemos y nos tienen sumidos, porque su vida se contenta con muy poco, y tan poco que apenas tienen con que vestir y alimentar… no se desvelan en adquirir ni guardar riquezas, ni se matan por alcanzar estados y dignidades. Con su pobre manta se acuestan y, en despertando, están aparejados para servir a Dios”.
Sobre el daño ocasionado a estas tierras diría: “tanto la chuparon que la dejaron más pobre que otra… mas bastante fue la avaricia de nuestros españoles para destruir y despoblar esta tierra que todos los sacrificios y guerras y homicidios que en ella hubo en tiempo de su infidelidad”.  Las siguientes palabras resultan impactantes: “solo aquel que cuenta las gotas del agua de la lluvia y las arenas del mar, puede contar todos los muertos y tierras despobladas”.
La recolección y explotación del oro
Sorprenden los registros del botín obtenidos por los conquistadores españoles en nuestra tierra peruana. Los datos aportados por André Emerich en “Sudor del sol y lágrimas de la luna” sobre la suma del rescate de Atahualpa y el botín del Cuzco (resultados de la investigación de Samuel K. Lothrop) son “134 mil libras de plata y 175 mil libras de oro. Por lo tanto resulta evidente que los incas tenían una riqueza mucho mayor en metales preciosos comparándola con la de otras tierras americanas. Por ejemplo, superó en más de dos veces el oro e infinitamente más plata que sus contemporáneos aztecas”. “Oh Perú, de metal y melancolía” (García Lorca).
Luis Vitale en “Historia Social Comparada de los pueblos de América Latina” (1998)  afirma: “La causa esencial de esta rápida recolección de metales preciosos fue el grado de adelanto minero–metalúrgico que habían alcanzado los indígenas de América Latina. El desarrollo de las fuerzas productivas autóctonas permitió a los españoles organizar en pocos años un eficiente sistema de explotación. De no haber contado con aborígenes expertos en el trabajo minero resultaría inexplicable el hecho de que los conquistadores, sin técnicos ni personal especializado, hubieran podido descubrir y explotar los yacimientos mineros, obteniendo en pocas décadas tan extraordinaria cantidad de metales preciosos. En fin, los indios americanos proporcionaron los datos para ubicar las minas, oficiaron de técnicos, especialistas y peones, y aportaron un cierto desarrollo de las fuerzas productivas que facilitó a los españoles la tarea de la colonización”. Además: “Según las estadísticas más autorizadas, la producción de oro y plata indianos, entre 1503 y 1560 ha sido estimada por Soetbeer en 173 millones de ducados; por Lexis en 150 millones y por Haring en 101 millones”
Bernardo Veksler, en “Una Visión Crítica de la Conquista de América” aporta información sobre la cantidad de oro y plata (en Kg) extraídos de las colonias españolas en América. Resulta significativo reconocer que la mayor cantidad de todo este metal correspondió al Virreinato del Perú:






PERIODO
PLATA
ORO
1531-1540
  86 193
14 466
1541-1550

177 573
24 957
1551-1560
303 121
42 620
1561-1570
942 858
11 530
1571-1580
1 118 591
 9 429
1581-1590
2 103 027
12 101
1591-1600
2 707 626
19 451
1601-1610
2 213 631
11 764
1611-1620
2 192 255
  8 855
1621-1630
2 145 339
  3 889
1631-1640
1 396 759
  1 240
1641-1650
1 056 430
  1 549
1651-1660
  443 256
    469
TOTAL:
             16 886 815
181 333

Eduardo Galeano en “Las Venas Abiertas de América latina” (1989) trata de actualizar los datos sobre el valor de la riqueza obtenida por los europeos: “Con base a los datos que proporciona Alexander von Humboldt, se ha estimado en unos cinco mil millones de dólares actuales la magnitud del excedente económico evadido de México entre 1760 y 1809, apenas medio siglo, a través de las exportaciones de plata y oro”.
En 1595, según el Inca Garcilaso de la Vega “entraron por la barra de San Lúcar treinta y cinco millones de plata y oro del Perú”.  León Pinelo, con base en los libros del Consejo de Indias, dice que en el Perú se labraban, a principios del siglo XVII, cien minerales de oro y que en ellos se habían descubierto dos minas de cincuenta varas, de otros metales.
Sobre las minas coloniales y su respectiva producción, un aporte de Raúl Porras resulta muy significativo: “Las minas de Potosí dieron de 1545 a 1647, según León Pinelo, 1674 millones de pesos ensayados de ocho reales. Cada sábado daban 150 ó 200 mil pesos, dice el padre Acosta. El padre Cobo escribía hacia 1650: "Hoy se saca cuatro veces más plata que en la grande estampida de la conquista". Las minas del Perú y Nuevo Reino dieron, en el mismo lapso, 250000 000 pesos. La mina de Porco daba un millón cada año, la de Choclococha y Castrovirreyna 900 mil pesos ensayados, la de Cailloma 650 mil y la de Vilcabamba 600 mil. El oro prevaleció, en los primeros años, hasta 1532, en que se descubrieron las primeras minas de plata en Nueva España y, en 1545, las de Potosí. León Pinelo calcula que las minas de oro del Perú, Nueva Granada y Nueva España daban al Rey un millón de pesos anuales. Desde la conquista hasta 1650 el oro indiano dio 154 millones de castellanos, o sea 308 millones de pesos de ocho reales, o sea quince mil cuatrocientos quintales de oro de pura ley.

Algunas palabras finales

            Es necesario comprender al español en América como un hombre nuevo. En una conferencia dictada en Buenos Aires (1938) Don José ortega y Gasset sostuvo tal idea. Sin embargo tal novedad resulta de un largo proceso de mestizaje que no se puede estudiar desligado del tormentoso ingrediente de la codicia del conquistador peninsular.
            La historia excede a la historiografía en cuanto a la reflexión de los hechos, su significado y filosofía. Es necesario conocer, también, las mentalidades de la época. La tarea de introducirnos al mundo de las creencias indianas y europeas beneficia nuestra tarea.
            La riqueza del Perú fue y será su dinámica cultural que lo convierte en un pueblo trascendente y entrañable. El oro pudo alimentar la codicia. Nuestra cultura será fuente imperecedera de alegría, fe, desarrollo y solidaridad.