jueves, 18 de agosto de 2011

Alegría Literaria Lambayecana (Un aporte a la Historia de la alegría)



En Chiclayo de mediados y fines del siglo XIX e inicios del XX se dijeron, según Nixa, “muchas verdades políticas y otras tantas amorosas a golpe de arpa” (Revista centenaria, 1935). Cada una de esas “verdades” escritas  en forma de verso o prosa, mostraron el apego apasionado por la tradición y la ternura por las cosas ordinarias pero  entrañables; fueron palabras siempre acompañadas por ritmos contagiosos. Sea al son acompasado de algún instrumento de cuerda, viento o percusión; o al agradable impacto que ocasionaba el buen uso de la palabra hablada, en Chiclayo nada dejó de decirse y todo fue dicho con picardía y salero.
No pretendo hacer una historia de la literatura Lambayecana, Dios me libre de semejante despropósito, deseo compartir, de autores de nuestra tierra, palabras, versos, dichos… ¡alegría! La palabra induce o surge de la alegría, dependiendo del caso, por ese motivo quisiera que el presente pueda considerarse como un aporte a la historia de la alegría lambayecana, alegría que no cesa y siempre será parte de un pueblo que “vive en las calles”.
Durante la Revolución de Balta, en 1868, las negras Manuela “manonga” Nevao y la “ñata” Fidela, cantaron y bailaron ante las tropas del gobierno “La puerca raspada” que era un baile entre dos mujeres “que se levantaban la pollera hasta las rodillas, descalzas y al son del verso. Con el empeine del pié se golpeaban la pantorrilla de la pierna izquierda, produciendo un sonido como palmas” el baile, prohibido y considerado un delito en esa época, incluía el uso de pañuelos y cohetecillos. La letra del verso decía:
“La puerca raspada
La niña casada
Y tan casadera
Con su bañadera.
Negra, negra, negra
Sácale ese pique
Mi amo, mi amo, mi amo,
Ya me lo saqué,
No me pegue usted
Mi amo
Ya me lo saqué
Mi amo”

Durante el mismo hecho histórico una conga de José “juyupe” Guevara fue dedicada a Balta. Conga se denominó a este ritmo de  esclavos africanos por la etnia a la que pertenecían y en Chiclayo, según Nicanor de la Fuente, a “una familia negra muy querida pues eran gente honrada pero de genio alegre”. Se dice que “mientras los soldados trabajaban el las defensas o descansaban por los suburbios, las jaranas pintaban su color más vivo, bailando y cantando”. La letra es la siguiente:
“De los coroneles
¿Cuál es el mejor?
El coronel Balta
Se lleva la flor
Porque lo merece
Hora
Porque es muy valiente
Hora.
Tun tun ¿Quién es?
¿Quién está aquí?
¿Si será la conga
Que viene por mí?z
Hora si la conga
Hora
Donde la manonga
Hora
Pa que se componga
Hora”
A Don Guillermo Billinghurst, “pan grande”, presidente peruano de corte populista a inicios de la segunda década del siglo XX; el pueblo le dedicó el siguiente verso:
“Dicen que el viejo es chileno
Y le gusta el anizao
No importa china del alma
Porque el pueblo lo ha llevao
El viejo la pinta y tumba
Al civilismo traídos
El viejo no aguanta pulgas
Como buen gobernador
Y si algún día, caracho
Alguien lo quiere tumbar
Aquí está el pueblo chiclayano
Que a su lado a de pelear”


Cuando “pan grande” fue derrocado por un golpe de estado un día 4 de febrero, el pueblo lamentó lo ocurrido:
“Con el viejo se ha perdido
La mejor autoridad
Se ha perdido el pan, la carne
Y nuestra amada libertad
No tenemos plata ni oro
El Perú ya se ha fregao
Porque con estos papeles
Es pior que el churre pelao
I diga usted alguna cosa
Pa que sepa la mejor
El cachaco tira palo
Yo mejor callo por Dios
Pero ahora y mañana
A Billinghurst he de avivar
Porque con el siempre tuvo
El pueblo en que trabajar”
Durante el gobierno de José Pardo, en 1914, la crisis económica golpeó a nuestro país. Los chiclayanos olvidaron pronto el apoyo brindado al presidente y, desengañados por los desaciertos políticos del régimen, le dedicaron el siguiente verso:
“Tanto avivar a Pardo
En lo que vino a parar
Las mujeres muertas de hambre
Y los hombres sin trabajar”
En Tumán cantaron:
“En Tumán no comen carne
En Tumán comen melao
El trapiche come carne
Ay, que viva el hacendao.
En Tumán nos daban pisco
Butifarras y melao
En cambiando con el voto
Que hace falta al hacendao.
En Tumán nos echan palo
Y nos quitan el melao
Es que el niño Pepe pardo
En palacio está sentao”
Don Teodoro Rivero Ayllón nos dice: “Cultores del Romanticismo, fueron en nuestro medio, poetas dispares como Emiliano Niño, Gregorio campos Polo, Fidel Arana, Augusto León, José García Urrutia o las poetisas Luisa Montjoy Chávarry y Juana Rosa Sime de Villena” (“Lambayeque: sol, flores y leyendas” – 1975). Sobre Juana Rosa Sime debo indicar que recibió versos de admiración y, por muchos años, cartas de Don Jorge Isaacs, autor de “María”.
A Don Augusto león corresponde la autoría de un verso muy conocido en los ámbitos escolares de inicios del siglo XX:
“Yo soy la colegiala
Alegre y decidora
Que ríe a cada hora
Que canta sin cesar”
Por la misma época Don Germán Leguía y Martínez cantó a la mujer amada:
“Tu tez de mármol y de azucena
Campo de nieve, lirio sin par…”
El satírico José Clodomiro Soto y Ortiz escribió, en “Cienos y Manantiales” algunos sonetos:
“… y amé la vida, no porque es la vida,
Amé la vida porque estás en ella…”
Y en otro, “A Magdalena”, nos dice:
“… la acción de tu mirada prodigiosa
Infunde vida para dar la muerte”
Manuel Bonilla, poeta e historiador, escribió en “Allá en Cinto y Collique”:
“En mi región natal hay una aldea
Alegre pintoresca y bulliciosa
Allí cuando la aurora
Con sus luces colorea
De la agresta colina la ancha falda
Chiscos, tordos, chiroques y jilgueros
Cruzando de arrozales el mar de oro
Modulan sus gorjeos placenteros”
El jayancano Germán campos, escribió en “Invierno”:
“Se oye el concierto de los astros
En la quietud propicia…
Un claro azul recubre el firmamento
¿Qué tienes, alma mía?
Volvamos a la política. Leguía promulga, durante el Oncenio o “Patria nueva”, la Ley de conscripción vial. Con ella, cada peruano debía dedicar un día de su trabajo a la construcción de carreteras. La ley fue interpretada de forma tal que perjudicó al indígena y al cholo. Ante ello a la gente del campo se le dio por cantar:
“Señora por vida suya
Présteme su totoral
Pa esconder a mi cholito
Que se lo lleva la vial”
Otro sí digo
Los cholos de Eten, con su encantador final en “e”, cantaron a golpe de cajón:
“Pajarite amarille
Color de alfalfe
Como has de tener frie
Por las ories del ríe
Si no tienes ponche”
Otro canto, a golpe de arpa fue:
“China hija de tu madre
Conmigo te has dir
Por la oríe del ríe
Ayayay de ti
Yo estaba durmiende
Y me despertates
El sombrero e junco
Yo te ay de tejer”
La antigua pretensión del lambayecano de imponerse al chiclayano inspiró a nuestros paisanos cantos ofensivos a los lambayecanos:
“De Lambayeque a Chiclayo
Mataron un huerequeque
Y del buche le sacaron
Un cholo de Lambayeque”
Para terminar
Y solo para no desentonar, quiero dejarles uno mío y con el entrañable amor por mi tierra. ¿Cómo dejar de escribir sobre ella? ¡Dios es Chiclayano! Y Chiclayo es el paraíso:
Mi pensamiento se abraza
A este verso que se expande
Para cantarle a mi raza
Con un corazón muy grande.

Soy peruano, aquí nací
En esta faja costeña
Entre algarrobos y leña
Con el oro y el maní
Porque surgieron aquí
Nobles culturas sin tasa
Que con sol de ardiente masa
Gobernaron al Perú
Al Mochica y al Chimú
Mi pensamiento se abraza.

Yo nací en la cordillera
El alto pico y la puna
Con orgullo fue mi cuna
Una nube mensajera
A mis pies tengo praderas
Y no hay rigor que me ablande
Extendiéndose en el ande
Mi Tahuantinsuyo brinca
Uno la herencia del Inca
A este verso que se expande.

Yo nací en la selva agreste
Dominando ricas zonas
Soy el rey del Amazonas
Bajo un cielo azul celeste
No hay aquí quien contrarreste
Mis dardos en su coraza
Mi sangre hierve cual braza
Nativa de este terreno
Levanto mi voz de trueno
Para cantarle a mi raza.

Soy amo en las tres regiones
Respetando mis orígenes
Y las tribus aborígenes
Orgullo de las naciones
Al opresor sin razones
No permito que se agrande
Y donde quiera que ande
Gritaré con mucho honor
Soy Chiclayano, Señor
Con un corazón muy grande

domingo, 10 de julio de 2011

La Revolución de Balta: Una cosa de negras

La Revolución del Coronel José Balta (20 de octubre de 1867 a 7 de enero de 1868) contra el gobierno de Don Mariano Ignacio Prado Ochoa tuvo como hecho crucial el triunfo del revolucionario en la ciudad de Chiclayo en 1868; aunque la ciudad en la que se inició fue la nuestra, los ecos de la misma se dejaron sentir en Arequipa (con Don Pedro Diez Canseco) Lima, Otuzco, Cajamarca y Trujillo. Recordemos, el motivo del levantamiento fue la oposición al gobierno de Prado Ochoa, quien lo había deportado a Chile, y la negativa de Balta a jurar la Constitución de 1867 (que legitimaba la dictadura de Prado) por su posición a favor de la vigencia de la carta magna de 1860 (de corte liberal, promulgada durante el gobierno de Ramón Castilla).

En lo que nos concierne, que es lo ocurrido en nuestra heroica tierra, sabemos que el Coronel Balta ingresó a nuestra ciudad el 6 de diciembre de 1867 trayendo consigo 156 hombres de tropa (triunfadores de Otuzco y Cajamarca) y su estado mayor conformado por los oficiales Coronel Silvestre Gutiérrez, Comandantes Rafael Venturo, Felipe matute, Lorenzo Sotomayor, Peredo, Luís Herrera, Isidro Perales y Francisco Alzamora.

El pueblo de Chiclayo recibió con coronas de laureles y arcos de triunfo al Coronel balta, quien “entra bajo banderas y aclamaciones jubilosas”. Cantando y bailando al ritmo de la “conga” el pueblo interpretó, desde aquel día y mientras duró la revolución, una muy famosa con música y letra de Don José Guevara “juyupe”: “De los coroneles/¿Cuál es el mejor?/el Coronel José Balta/se lleva la flor/porque lo merece/ hora/porque es muy valiente/hora//tun tun ¿Quién es?/¿Quién está aquí?/¿si será la conga/ que viene por mí?/hora si la conga/hora/donde la manonga/hora/pa’ que se componga/hora”

Según definición en la “Revista Centenaria” (1935), conga “fue el nombre o apodo de una familia muy querida en Chiclayo, pues eran gente honrada pero de genio alegre. De allí arranca el origen de esta inventiva chiclayana”. Debo agregar que CONGA es el nombre de una etnia africana a la que pertenecieron muchos de los esclavos negros traídos a Lambayeque.

El mismo día de su arribo, Balta, declara mediante una proclama la insurrección de Chiclayo y, en respuesta, 600 hombres, 100 mujeres y 100 jóvenes (sumados a los 156 soldados traídos por el coronel) se pusieron voluntariamente bajo el mando del líder rebelde. De inmediato el pueblo inició la construcción de trincheras y defensas de la ciudad. Al respecto, Don Nicanor de la Fuente (NIXA) refiere: “Las calles Alfredo Lapoint (teatro) Balta (San Cayetano) 7 de enero (Ortiz) y Puente Reque, quedaron francas de sur a norte; no así las transversales que quedaron atrincheradas y cerradas por dobles filas de adobes, de suerte que cada girón desde la Plaza de Armas hasta la Estación de Pimentel (actual sede principal del Banco de la Nación en nuestra ciudad) formaron un callejón”.

Dos ventajas concretas encontró para este trabajo el Coronel Balta, que dirigía día y noche los trabajos. En primer lugar, la necesidad de adobes para la barricada fue cubierta con la demolición de paredes antiguas que no tenían techo. Además, las antiguas casonas (cada una con corralones) permitían comunicarse desde el interior con varias calles. Con esto la comunicación sería más segura y fluida.

El día 12 de diciembre de 1867 se anunció que las fuerzas del gobierno llegaban a Reque. Balta ordenó la repartición de municiones. Se entregaron siete paquetes de municiones por plaza, quedando “otro tanto de reserva y la maestranza trabajando noche y día”. Del total de combatientes, quinientos, por no disponer de armas de fuego, pelearían con cuchillos, por ello recibieron la orden de afilarlos y pasar revista ante sus cabecillas. La orden de Balta fue “¡Vénzanlos a cuchillo que yo los terminaré con mis 200 hombres”.

La mayor parte de los voluntarios enlistados en Chiclayo fueron los negros de la forastería, también llamada “Villa del Sol” o “Chiclayo chiquito” (actualmente ubicado en la zona del “Parque Obrero” y la Av. Pedro Ruiz) quienes fueron audazmente liderados por un grupo de negras entre las que destacaban: Manuela (“manonga”) Nevao, la mamá Jacoba, la “Pitonga” y la “ñata” Fidela. Los negros decidieron enlistarse como gente de infantería.

Estando en su cuartel general (ubicado en la antigua Iglesia Matriz, para esa época local del Colegio Nacional “San José”) el Coronel Balta recibió el pedido de audiencia de las 4 negras que solicitaron ser ubicadas al frente del cuerpo de infantería: “Venimos donde su merced a presentarnos de soldaus. Semos mujeres pero semos muy hombres. No queremos cocinar, ni lavar, ni hacer nada de lo que hacen las flojas. Queremos echar bala y meter cuchillo. Su merced mándenos donde quiera pero a pelear”

El coronel Balta, emocionado por su valor, respondió: “Serán las cuatro mis ayudantes de órdenes. Tú irás a la compañía del Comandante Venturo (dijo a la Manonga) Jacoba a la de Peredo, Pitonga a la de Luís Herrera y Fidela a la de Isidro Perales. Y digan de inmediato que estén listos, que las fuerzas del gobierno están en Reque. No hay que descuidarse. No beban mucho. A las seis de la tarde vendrán a darme cuenta”

Iniciadas las acciones, Balta observaba los combates desde la torre de la Iglesia Matriz, a sus pies y escondido su secretario personal Don Ricardo Palma preguntó ¿Cómo van las acciones y a quién favorecen? A lo que Balta respondió “¿Escucha la conga? ¡Mientras el pueblo cante la victoria nos sonríe!”

“Cuentan que en una tregua del combate entre las fuerzas de Balta y las de Pío Cornejo (gobiernista) la Nevao y la ñata Fidela, subieron a un techo del fuerte Maradiegue y desde allí, llamando la atención a las fuerzas del gobierno con sus pañuelos y cohetecillos, les bailaban la Puerca Raspada el paso preferido de la época entre la gente del pueblo”

La “puerca raspada” era un baile de negras en el que participaban dos mujeres que se levantaban la pollera hasta la rodilla (un delito en esa época) y descalzas, al son del verso, con el empeine del pie se golpeaban la pantorrilla de la pierna izquierda produciendo un sonido con las palmas. A la letra en su baile las negras decían: “La puerca raspada/la niña casada/y tan casadera/con su bañadera//negra, negra, negra/sácale ese pique/mi amo, mi amo, mi amo/ya me lo saqué/no me pegue usted/mi amo, mi amo, mi amo/ya me lo saqué”.

El 10 de enero de 1868, las fuerzas del Coronel Balta, derrotan finalmente a las fuerzas gobiernistas dirigidas por Pío Cornejo y el oficial Bernal. El día 11 de enero, Balta, dirige una proclama de agradecimiento al pueblo de Chiclayo, luego con su secretario Don Ricardo Palma y parte de su estado mayo se trasladan a la casa de la familia Perales en donde se instaló ocupando los altos. En el lugar recibe de manos de Don Julián Perales y Don Manuel Maradiegue un préstamo para pagar los muchos gastos de la revolución. El mismo día recibe la visita de la negra Manuela “manonga” Nevao quien había sido herida en uno de los combates y, por tal motivo, no pudo ver al coronel y festejar el triunfo. El coronel, al verla, se adelantó a ella y abrazándola le preguntó:

-Negra, ¿y la herida?

La negra respondió:

-Mi amo, ya estoy buena, al pellejo negro no le entran las balas de Don Bernal.











Sobre el fin de la Tradición de la “Burrita del Señor” y la Procesión del “Señor del Borriquito” en Chiclayo

En el pasado artículo “Lambayeque colonial en Semana Santa” que escribí con ocasión de la “Semana de Dolores” referí que durante el tiempo colonial y hasta el primer cuarto del siglo XX “El Domingo de Ramos después de la bendición de las palmas y ramas, salía la imagen del Señor sobre una burra. La procesión era conocida como la del “Señor del borriquito” y la burra era separada el resto del tiempo solo para ese uso y como tal era llamada la “burra del Señor”. La “Burra del Señor” era tenida por sagrada, nadie podía tocarlas ni negarles el alimento que sabían ellas mismas pedir. Que sabían pedir porque se presentaban en las casas, golpeando el suelo, exigiendo el tributo alimenticio del vecindario… raro es hoy el pueblo del Perú que conserve su “Burra del Señor” a la cual los chiquillos aprendieron a respetar y cuidar”.

He seguido investigando sobre esta vieja pero añorada tradición que, en nuestra tierra, no debe ser olvidada. ¿Cuándo, cómo y porqué se dejó de practicar en Chiclayo tan espiritual costumbre? El artículo “La Burrita de Nuestro Amo ya no Pasea su Holgazanería por las Calles de la Ciudad”, que llegó a mis manos por el aporte de la joven investigadora Rosa Isabel Cortez Gil, corresponde a la histórica “Revista Centenaria” (1935) y contiene las respuestas necesarias.

La procesión del “Señor del borriquito” se celebraba en Chiclayo cada año gracias a la decidida participación de la mayordoma de la fiesta doña Josefa de Scaperlenda quien “se encargaba del cuidado de este animal y de su preparación para el paseo anual”. El animal trabajaba solo una vez al año durante el “Domingo de Ramos” llevando sobre sus chatos lomos holgazanes la bondadosa imagen del Señor entre múltiples palmas y regueros de flores.

Don Nicanor de la Fuente (Nixa) nos dice “la burrita de nuestro amo, lentamente, alcanzaba durante el día los diferentes lectores de la ciudad, y era lo más natural verla interceptar el tráfico de peatones y automóviles. Acostumbrada por el vecindario a comer pan, manzanas, lechuga, panca de choclo, etc. Se metía en las veredas, debiendo el transeúnte bajar a la calzada para seguir caminando sin interrumpir la digestión del animal con arreos impertinentes y ateos. Otras veces se echaba en medio de la calle y el vehículo (casi siempre una carreta) había de interrumpir su marcha hasta que la pereza tradicional de la burrita le permitiera levantarse tras la solicitud de paso del carretero”.

La burrita era blanca, gorda y nadie la montaba. La superstición había creado en la gente cierto temor trocado en respeto para el animal, por tal motivo nadie la maltrataba. Cada pueblo, que la tuviera, tenía la obligación de cuidarla y alimentarla. Cuando un forastero, sin conocerla, la quiso apalear las “chinas” (cholas chiclayanas) le decían con prontitud ¡No la toque, es la burra de nuestro amo!

El día de la procesión, y gracias al trabajo de la Sra. De Scaperlenda, la burrita lucía hermosa, bañada y limpia. Sus cascos relucientes pisaban, entonces, finamente los mantos, petates y alfombras de flores preparadas por la feligresía en tan especial ocasión. El cortejo lo encabezaba el Señor Cura (según mi indagación el último que vio una “Burra del Señor” fue el Presbítero Don Cipriano Casimir) seguido por los monaguillos, la burra con la imagen del “Señor del borriquito”, la mayordoma y la feligresía.

No en pocas ocasiones la “Burrita del Señor” se presentó con la barriga hinchada. Nixa refiere que “Era la consecuencia de un desliz amoroso. Era el divino mandato de la procreación, pero jamás se dio el caso de tener que interrumpir una procesión porque la burra estuviera en el trance supremo de la maternidad inminente, imposibilitada para la marcha beatífica por algunas calles de la ciudad”

El fin de esta tradición se debe al fallecimiento de Doña Josefa de Scaperlenda quien era la única persona que se preocupaba porque la procesión tuviera prestigio y brillo cada año. Otro hecho que perjudicó a la conservación de la tradición fue el aumento en la cantidad de automóviles en las calles de Chiclayo. Los vehículos la atemorizaron y desplazaron del centro de la ciudad, donde nunca más se le vio andar por la antigua Calle Real (actual Calle “Elías Aguirre”). La última vez que se le vio fue ingresando a la Capilla de “La Verónica” tal vez buscando refugio, tal vez haciéndola su última morada.

Con la desaparición de la “Burrita del Señor” desapareció, también, una vieja y noble costumbre. Hoy nuestra fe “viaja en automóvil” y Dios dejó de ser llamado el “amo”. Hoy Jesús no cabalga, en nuestras celebraciones del “Domingo de Ramos”, sobre una mansa pollina, tal como manda la tradición; aunque su amor, que no envejece, se siga abriendo paso por nuestras calles bendiciendo a un pueblo que le amó, le ama y le amará por los siglos de los siglos ¡Amén!













jueves, 9 de junio de 2011

Vida y Obra del Siervo Nicolás de Ayllón: De “Casa de recogidas” a Monasterio Capuchino

Junto a José Luis Flores Gallegos en la escenificación
sobre "Esclavos de Lambayeque" en el marco de la
asignatura escolar de Historia Regional Lambayecana 
La causa seguida por la Inquisición contra Ángela Carranza causó un efecto negativo en el proceso de beatificación iniciado a favor de Nicolás de Ayllón “por las dudas acerca de la veracidad de los testimonios sobre la vida y las virtudes del sastre indígena” incluidos en la hagiografía del Padre Bernardo Sartolo. La situación se agravó al ser incluida María Jacinta de Montoya (María Jacinta de la Santísima Trinidad), esposa de Nicolás, debido a “la controversia generada por algunas declaraciones que no esclarecían en su totalidad los hechos prodigiosos obrados por el indio sastre antes y después de su fallecimiento”.

Antes de su matrimonio con el Siervo de Dios Nicolás de Ayllón, María Jacinta fue “donada” del Monasterio de la Encarnación de Lima, se puede inferir que tuvo una vida de oración y trabajo dedicado especialmente al “desarrollo de oficios como la jardinería y la cocina y colaborando en actividades como la enfermería, lavandería y compra de alimentos para el monasterio” (“Velos y votos: elecciones en los monasterios de Lima colonial”. Pedro Guibovich, 2003).

María Jacinta, al comienzo, no tomó de buen agrado el matrimonio con Nicolás, sin embargo aceptó el compromiso así como la condición social de Nicolás: “Que sea indio el que ha de ser mi marido, no le quita el que sea bien nacido, y mucho menos el que sea afable, cortés, recogido, y virtuoso, yo no me caso con su Nación sino con su persona y importa poco, que la Nación no sea igual, si la persona es muy ajustada, en el tendré quien finalmente me asista, y quizas en un Español hallare un tyrano que me desprecie; su oficio rendirá abundantemente para los dos, y es locura aspirar a lo superfluo, quien se halla como yo, sin tener lo necesario” (según la Hagiografía de Bernardo Sartolo, 1684. Pp. 64 – 65 en “Santidad e inquisición a fines del siglo XVIII el caso del Siervo de Dios Nicolás de Ayllón”). Al poco de casarse debido a su desagrado, solicitó al Arzobispo de Lima Pedro de Villagómez la anulación de su matrimonio, obteniendo como respuesta del clérigo el pedido de “vivir agradecida con Dios por el marido que le había dado”.

El buen trato y dedicación que le prodigó Nicolás durante cada día de su vida matrimonial lograron en María Jacinta el respeto y admiración a su esposo; esto sería más notorio desde el momento de la muerte del Siervo cuando las muestras de veneración que daba el pueblo de Lima la motivaron apoyar el inicio de la causa de beatificación. En la hagiografía del Padre Bernardo Sartolo se da cuenta de una revelación que tuvo Nicolás durante su agonía y le fue narrada a María Jacinta por el propio indio: “Durante su agonía, la Virgen se le apareció al indio sastre entre sus sueños y le dio su palabra de que su casa no quedaría en desamparo, ya que estaría bajo su protección y la de los religiosos de la Compañía de Jesús. Asimismo, la Virgen le dio a conocer que su casa sería convertida en monasterio y que pasaría a ser conocida como la casa de “Jesús, María y José”.

La casa en la que vivían María Jacinta y Nicolás había sido propiedad del jesuita Juan de Alloza quien falleció en 1666, según Vargas Ugarte en “olor de santidad”, motivo por el cual se apertura una causa informativa de sus virtudes “Non Cultu” hasta 1689. Dicha causa no llegó a prosperar. Sin embargo, es significativo el hecho que un hombre de reconocidas cualidades cristianas legara a Juan tan apreciada propiedad.

La casa de Nicolás había servido, según el historiador Juan Luis Orrego Penagos, como “vivienda para recoger a niños huérfanos y jóvenes mujeres abandonadas” y, según Celes Alonso Espinoza, como “Casa de recogidas”. A su muerte, María Jacinta se hizo cargo de la dirección de la casa con el propósito de convertirla en Monasterio. Debido a la buena reputación de Nicolás y María Jacinta por el loable trabajo realizado en su vivienda no sería difícil contar con el respaldo de los personajes más notables de aquel tiempo. Después de enviar cartas a las principales autoridades coloniales, personalidades y al mismo Rey de España; María Jacinta logró respaldo a su proyecto. Celes Espinoza nos brinda, de documentos escritos por María Jacinta, la visión de esta mujer con respecto del futuro Monasterio: “(será) Plantel de flores, paraíso abundante, fuente hermosa, ciudad cercada, preciosa corona y navío lleno de riquezas… huerta cerrada, paraíso de delicias, tálamo nupcial, aposento inmaculado, tabernáculo, reclinatorio, escuela de virtudes, estación militar, casa de santidad, guarda de la castidad, firmamento de pudicia, y espejo de religión y obediencia”. Agrega el contenido de una carta de María Jacinta al propio Rey: “Manifiesto que esta casa y beaterio o conservatorio se halla ya fundado a la vista de los virreyes, Audiencia y Arzobispo. Solo lo que se pretende es que se sirva V.M de permitir que las mujeres que la habitan viviendo debajo de obediencia, pobreza y castidad se consagren a Dios, con profesión de Regio aprobada por su Santidad”.

Espinoza afirma que “De otro lado, cabe mencionar que estas muestras de solidaridad trascendieron el ámbito local. Desde Madrid y Roma, se comenzó a gestar una red de apoyo cuyo objetivo era consolidar el sueño del monasterio y la santidad del indio sastre. Personajes como Gaspar de Villalobos, procurador de la causa de Nicolás en Roma, y Diego de Villatoro, caballero de la orden de Santiago y miembro del Tribunal de Contaduría Mayor de Hacienda de Lima, intercambiaron cartas, en las que dejaban sentados los procedimientos que se debían seguir para acelerar los trámites del proceso de Nicolás. En sus cartas, se dan instrucciones a María Jacinta para la obtención de los documentos necesarios para agilizar el desarrollo de la causa de Nicolás, así como algunos consejos acerca de cómo debía actuar para lograr la fundación del monasterio”.

Juan Luis Orrego agrega “Como la casa siguió aumentando, y los recursos no alcanzaban para cubrir los gastos, un vecino adinerado, Francisco Mendoza Cisneros, donó un terreno donde se levantó una capilla, la que entró en servicio el 1 de abril de 1678. Dos meses después, el 17 de junio, un sismo afectó los templos de la ciudad y, nuevamente, Francisco Mendoza y Cisneros donó un sector grande de su casa para construir una nueva capilla, con sacristía, enrejado, coro y comulgatorio. Desde entonces se llamó capilla de Jesús, María y José”.

Aunque al comienzo pensó, María Jacinta, pedir a las hermanas Carmelitas Descalzas hacerse cargo de la casa, luego decidió por las virtudes de pobreza y caridad de las Capuchinas Franciscanas. Orrego Penagos afirma “El crecimiento de la capilla fue muy rápido y el beaterio se convirtió en monasterio. Luego, varios benefactores dieron donativos para continuar la obra y, cuando a inicios del siglo XVIII, llegaron las monjas capuchinas, ya los trabajos estaban muy avanzados”. La Real Cédula que autoriza la conducción del Monasterio por las Capuchinas se emite en 1698. El arribo de las Capuchinas a Lima fue en 1714.

Fue después de este logro que la Inquisición encontró una serie de imprecisiones en la hagiografía de Sartolo (la versión de Ángela Carranza) y alcanza a la misma María Jacinta acusándola de “búsqueda fama y prestigio personal”. Celes Espinoza recoge en los archivos de la inquisición, en el documento “Proceso de fe María Jacinta”, la siguiente precisión del Santo Oficio sobre el libro de Sartolo: “En el libro impreso en muchas partes del se aplaude a la dicha María Jacinta de Santa con otras prerrogativas singulares, que estando viba –como se ha dicho– puede tener grave inconveniente en la virtud y ejemplo con que oy vibe María Jacinta, según la voz común que corre”.

La Dra. Raquel Pardo en su trabajo “¿Santas o falsas beatas?” indica que la acusación de la inquisición a María Jacinta fue por “Fingir éxtasis, suspensión de los sentidos, tener arrobos, quedar fuera de sí, tener visiones, y revelaciones de verdades secretas” luego agrega que María Jacinta “Se auto denunció a raíz del juicio de su amiga Ángela Carranza”.

La complejidad de la causa seguida contra María Jacinta, lo mismo que la actuación de la Inquisición en este y otros casos de la época, serán revisadas en la siguiente entrega.