domingo, 10 de julio de 2011

La Revolución de Balta: Una cosa de negras

La Revolución del Coronel José Balta (20 de octubre de 1867 a 7 de enero de 1868) contra el gobierno de Don Mariano Ignacio Prado Ochoa tuvo como hecho crucial el triunfo del revolucionario en la ciudad de Chiclayo en 1868; aunque la ciudad en la que se inició fue la nuestra, los ecos de la misma se dejaron sentir en Arequipa (con Don Pedro Diez Canseco) Lima, Otuzco, Cajamarca y Trujillo. Recordemos, el motivo del levantamiento fue la oposición al gobierno de Prado Ochoa, quien lo había deportado a Chile, y la negativa de Balta a jurar la Constitución de 1867 (que legitimaba la dictadura de Prado) por su posición a favor de la vigencia de la carta magna de 1860 (de corte liberal, promulgada durante el gobierno de Ramón Castilla).

En lo que nos concierne, que es lo ocurrido en nuestra heroica tierra, sabemos que el Coronel Balta ingresó a nuestra ciudad el 6 de diciembre de 1867 trayendo consigo 156 hombres de tropa (triunfadores de Otuzco y Cajamarca) y su estado mayor conformado por los oficiales Coronel Silvestre Gutiérrez, Comandantes Rafael Venturo, Felipe matute, Lorenzo Sotomayor, Peredo, Luís Herrera, Isidro Perales y Francisco Alzamora.

El pueblo de Chiclayo recibió con coronas de laureles y arcos de triunfo al Coronel balta, quien “entra bajo banderas y aclamaciones jubilosas”. Cantando y bailando al ritmo de la “conga” el pueblo interpretó, desde aquel día y mientras duró la revolución, una muy famosa con música y letra de Don José Guevara “juyupe”: “De los coroneles/¿Cuál es el mejor?/el Coronel José Balta/se lleva la flor/porque lo merece/ hora/porque es muy valiente/hora//tun tun ¿Quién es?/¿Quién está aquí?/¿si será la conga/ que viene por mí?/hora si la conga/hora/donde la manonga/hora/pa’ que se componga/hora”

Según definición en la “Revista Centenaria” (1935), conga “fue el nombre o apodo de una familia muy querida en Chiclayo, pues eran gente honrada pero de genio alegre. De allí arranca el origen de esta inventiva chiclayana”. Debo agregar que CONGA es el nombre de una etnia africana a la que pertenecieron muchos de los esclavos negros traídos a Lambayeque.

El mismo día de su arribo, Balta, declara mediante una proclama la insurrección de Chiclayo y, en respuesta, 600 hombres, 100 mujeres y 100 jóvenes (sumados a los 156 soldados traídos por el coronel) se pusieron voluntariamente bajo el mando del líder rebelde. De inmediato el pueblo inició la construcción de trincheras y defensas de la ciudad. Al respecto, Don Nicanor de la Fuente (NIXA) refiere: “Las calles Alfredo Lapoint (teatro) Balta (San Cayetano) 7 de enero (Ortiz) y Puente Reque, quedaron francas de sur a norte; no así las transversales que quedaron atrincheradas y cerradas por dobles filas de adobes, de suerte que cada girón desde la Plaza de Armas hasta la Estación de Pimentel (actual sede principal del Banco de la Nación en nuestra ciudad) formaron un callejón”.

Dos ventajas concretas encontró para este trabajo el Coronel Balta, que dirigía día y noche los trabajos. En primer lugar, la necesidad de adobes para la barricada fue cubierta con la demolición de paredes antiguas que no tenían techo. Además, las antiguas casonas (cada una con corralones) permitían comunicarse desde el interior con varias calles. Con esto la comunicación sería más segura y fluida.

El día 12 de diciembre de 1867 se anunció que las fuerzas del gobierno llegaban a Reque. Balta ordenó la repartición de municiones. Se entregaron siete paquetes de municiones por plaza, quedando “otro tanto de reserva y la maestranza trabajando noche y día”. Del total de combatientes, quinientos, por no disponer de armas de fuego, pelearían con cuchillos, por ello recibieron la orden de afilarlos y pasar revista ante sus cabecillas. La orden de Balta fue “¡Vénzanlos a cuchillo que yo los terminaré con mis 200 hombres”.

La mayor parte de los voluntarios enlistados en Chiclayo fueron los negros de la forastería, también llamada “Villa del Sol” o “Chiclayo chiquito” (actualmente ubicado en la zona del “Parque Obrero” y la Av. Pedro Ruiz) quienes fueron audazmente liderados por un grupo de negras entre las que destacaban: Manuela (“manonga”) Nevao, la mamá Jacoba, la “Pitonga” y la “ñata” Fidela. Los negros decidieron enlistarse como gente de infantería.

Estando en su cuartel general (ubicado en la antigua Iglesia Matriz, para esa época local del Colegio Nacional “San José”) el Coronel Balta recibió el pedido de audiencia de las 4 negras que solicitaron ser ubicadas al frente del cuerpo de infantería: “Venimos donde su merced a presentarnos de soldaus. Semos mujeres pero semos muy hombres. No queremos cocinar, ni lavar, ni hacer nada de lo que hacen las flojas. Queremos echar bala y meter cuchillo. Su merced mándenos donde quiera pero a pelear”

El coronel Balta, emocionado por su valor, respondió: “Serán las cuatro mis ayudantes de órdenes. Tú irás a la compañía del Comandante Venturo (dijo a la Manonga) Jacoba a la de Peredo, Pitonga a la de Luís Herrera y Fidela a la de Isidro Perales. Y digan de inmediato que estén listos, que las fuerzas del gobierno están en Reque. No hay que descuidarse. No beban mucho. A las seis de la tarde vendrán a darme cuenta”

Iniciadas las acciones, Balta observaba los combates desde la torre de la Iglesia Matriz, a sus pies y escondido su secretario personal Don Ricardo Palma preguntó ¿Cómo van las acciones y a quién favorecen? A lo que Balta respondió “¿Escucha la conga? ¡Mientras el pueblo cante la victoria nos sonríe!”

“Cuentan que en una tregua del combate entre las fuerzas de Balta y las de Pío Cornejo (gobiernista) la Nevao y la ñata Fidela, subieron a un techo del fuerte Maradiegue y desde allí, llamando la atención a las fuerzas del gobierno con sus pañuelos y cohetecillos, les bailaban la Puerca Raspada el paso preferido de la época entre la gente del pueblo”

La “puerca raspada” era un baile de negras en el que participaban dos mujeres que se levantaban la pollera hasta la rodilla (un delito en esa época) y descalzas, al son del verso, con el empeine del pie se golpeaban la pantorrilla de la pierna izquierda produciendo un sonido con las palmas. A la letra en su baile las negras decían: “La puerca raspada/la niña casada/y tan casadera/con su bañadera//negra, negra, negra/sácale ese pique/mi amo, mi amo, mi amo/ya me lo saqué/no me pegue usted/mi amo, mi amo, mi amo/ya me lo saqué”.

El 10 de enero de 1868, las fuerzas del Coronel Balta, derrotan finalmente a las fuerzas gobiernistas dirigidas por Pío Cornejo y el oficial Bernal. El día 11 de enero, Balta, dirige una proclama de agradecimiento al pueblo de Chiclayo, luego con su secretario Don Ricardo Palma y parte de su estado mayo se trasladan a la casa de la familia Perales en donde se instaló ocupando los altos. En el lugar recibe de manos de Don Julián Perales y Don Manuel Maradiegue un préstamo para pagar los muchos gastos de la revolución. El mismo día recibe la visita de la negra Manuela “manonga” Nevao quien había sido herida en uno de los combates y, por tal motivo, no pudo ver al coronel y festejar el triunfo. El coronel, al verla, se adelantó a ella y abrazándola le preguntó:

-Negra, ¿y la herida?

La negra respondió:

-Mi amo, ya estoy buena, al pellejo negro no le entran las balas de Don Bernal.











Sobre el fin de la Tradición de la “Burrita del Señor” y la Procesión del “Señor del Borriquito” en Chiclayo

En el pasado artículo “Lambayeque colonial en Semana Santa” que escribí con ocasión de la “Semana de Dolores” referí que durante el tiempo colonial y hasta el primer cuarto del siglo XX “El Domingo de Ramos después de la bendición de las palmas y ramas, salía la imagen del Señor sobre una burra. La procesión era conocida como la del “Señor del borriquito” y la burra era separada el resto del tiempo solo para ese uso y como tal era llamada la “burra del Señor”. La “Burra del Señor” era tenida por sagrada, nadie podía tocarlas ni negarles el alimento que sabían ellas mismas pedir. Que sabían pedir porque se presentaban en las casas, golpeando el suelo, exigiendo el tributo alimenticio del vecindario… raro es hoy el pueblo del Perú que conserve su “Burra del Señor” a la cual los chiquillos aprendieron a respetar y cuidar”.

He seguido investigando sobre esta vieja pero añorada tradición que, en nuestra tierra, no debe ser olvidada. ¿Cuándo, cómo y porqué se dejó de practicar en Chiclayo tan espiritual costumbre? El artículo “La Burrita de Nuestro Amo ya no Pasea su Holgazanería por las Calles de la Ciudad”, que llegó a mis manos por el aporte de la joven investigadora Rosa Isabel Cortez Gil, corresponde a la histórica “Revista Centenaria” (1935) y contiene las respuestas necesarias.

La procesión del “Señor del borriquito” se celebraba en Chiclayo cada año gracias a la decidida participación de la mayordoma de la fiesta doña Josefa de Scaperlenda quien “se encargaba del cuidado de este animal y de su preparación para el paseo anual”. El animal trabajaba solo una vez al año durante el “Domingo de Ramos” llevando sobre sus chatos lomos holgazanes la bondadosa imagen del Señor entre múltiples palmas y regueros de flores.

Don Nicanor de la Fuente (Nixa) nos dice “la burrita de nuestro amo, lentamente, alcanzaba durante el día los diferentes lectores de la ciudad, y era lo más natural verla interceptar el tráfico de peatones y automóviles. Acostumbrada por el vecindario a comer pan, manzanas, lechuga, panca de choclo, etc. Se metía en las veredas, debiendo el transeúnte bajar a la calzada para seguir caminando sin interrumpir la digestión del animal con arreos impertinentes y ateos. Otras veces se echaba en medio de la calle y el vehículo (casi siempre una carreta) había de interrumpir su marcha hasta que la pereza tradicional de la burrita le permitiera levantarse tras la solicitud de paso del carretero”.

La burrita era blanca, gorda y nadie la montaba. La superstición había creado en la gente cierto temor trocado en respeto para el animal, por tal motivo nadie la maltrataba. Cada pueblo, que la tuviera, tenía la obligación de cuidarla y alimentarla. Cuando un forastero, sin conocerla, la quiso apalear las “chinas” (cholas chiclayanas) le decían con prontitud ¡No la toque, es la burra de nuestro amo!

El día de la procesión, y gracias al trabajo de la Sra. De Scaperlenda, la burrita lucía hermosa, bañada y limpia. Sus cascos relucientes pisaban, entonces, finamente los mantos, petates y alfombras de flores preparadas por la feligresía en tan especial ocasión. El cortejo lo encabezaba el Señor Cura (según mi indagación el último que vio una “Burra del Señor” fue el Presbítero Don Cipriano Casimir) seguido por los monaguillos, la burra con la imagen del “Señor del borriquito”, la mayordoma y la feligresía.

No en pocas ocasiones la “Burrita del Señor” se presentó con la barriga hinchada. Nixa refiere que “Era la consecuencia de un desliz amoroso. Era el divino mandato de la procreación, pero jamás se dio el caso de tener que interrumpir una procesión porque la burra estuviera en el trance supremo de la maternidad inminente, imposibilitada para la marcha beatífica por algunas calles de la ciudad”

El fin de esta tradición se debe al fallecimiento de Doña Josefa de Scaperlenda quien era la única persona que se preocupaba porque la procesión tuviera prestigio y brillo cada año. Otro hecho que perjudicó a la conservación de la tradición fue el aumento en la cantidad de automóviles en las calles de Chiclayo. Los vehículos la atemorizaron y desplazaron del centro de la ciudad, donde nunca más se le vio andar por la antigua Calle Real (actual Calle “Elías Aguirre”). La última vez que se le vio fue ingresando a la Capilla de “La Verónica” tal vez buscando refugio, tal vez haciéndola su última morada.

Con la desaparición de la “Burrita del Señor” desapareció, también, una vieja y noble costumbre. Hoy nuestra fe “viaja en automóvil” y Dios dejó de ser llamado el “amo”. Hoy Jesús no cabalga, en nuestras celebraciones del “Domingo de Ramos”, sobre una mansa pollina, tal como manda la tradición; aunque su amor, que no envejece, se siga abriendo paso por nuestras calles bendiciendo a un pueblo que le amó, le ama y le amará por los siglos de los siglos ¡Amén!













jueves, 9 de junio de 2011

Vida y Obra del Siervo Nicolás de Ayllón: De “Casa de recogidas” a Monasterio Capuchino

Junto a José Luis Flores Gallegos en la escenificación
sobre "Esclavos de Lambayeque" en el marco de la
asignatura escolar de Historia Regional Lambayecana 
La causa seguida por la Inquisición contra Ángela Carranza causó un efecto negativo en el proceso de beatificación iniciado a favor de Nicolás de Ayllón “por las dudas acerca de la veracidad de los testimonios sobre la vida y las virtudes del sastre indígena” incluidos en la hagiografía del Padre Bernardo Sartolo. La situación se agravó al ser incluida María Jacinta de Montoya (María Jacinta de la Santísima Trinidad), esposa de Nicolás, debido a “la controversia generada por algunas declaraciones que no esclarecían en su totalidad los hechos prodigiosos obrados por el indio sastre antes y después de su fallecimiento”.

Antes de su matrimonio con el Siervo de Dios Nicolás de Ayllón, María Jacinta fue “donada” del Monasterio de la Encarnación de Lima, se puede inferir que tuvo una vida de oración y trabajo dedicado especialmente al “desarrollo de oficios como la jardinería y la cocina y colaborando en actividades como la enfermería, lavandería y compra de alimentos para el monasterio” (“Velos y votos: elecciones en los monasterios de Lima colonial”. Pedro Guibovich, 2003).

María Jacinta, al comienzo, no tomó de buen agrado el matrimonio con Nicolás, sin embargo aceptó el compromiso así como la condición social de Nicolás: “Que sea indio el que ha de ser mi marido, no le quita el que sea bien nacido, y mucho menos el que sea afable, cortés, recogido, y virtuoso, yo no me caso con su Nación sino con su persona y importa poco, que la Nación no sea igual, si la persona es muy ajustada, en el tendré quien finalmente me asista, y quizas en un Español hallare un tyrano que me desprecie; su oficio rendirá abundantemente para los dos, y es locura aspirar a lo superfluo, quien se halla como yo, sin tener lo necesario” (según la Hagiografía de Bernardo Sartolo, 1684. Pp. 64 – 65 en “Santidad e inquisición a fines del siglo XVIII el caso del Siervo de Dios Nicolás de Ayllón”). Al poco de casarse debido a su desagrado, solicitó al Arzobispo de Lima Pedro de Villagómez la anulación de su matrimonio, obteniendo como respuesta del clérigo el pedido de “vivir agradecida con Dios por el marido que le había dado”.

El buen trato y dedicación que le prodigó Nicolás durante cada día de su vida matrimonial lograron en María Jacinta el respeto y admiración a su esposo; esto sería más notorio desde el momento de la muerte del Siervo cuando las muestras de veneración que daba el pueblo de Lima la motivaron apoyar el inicio de la causa de beatificación. En la hagiografía del Padre Bernardo Sartolo se da cuenta de una revelación que tuvo Nicolás durante su agonía y le fue narrada a María Jacinta por el propio indio: “Durante su agonía, la Virgen se le apareció al indio sastre entre sus sueños y le dio su palabra de que su casa no quedaría en desamparo, ya que estaría bajo su protección y la de los religiosos de la Compañía de Jesús. Asimismo, la Virgen le dio a conocer que su casa sería convertida en monasterio y que pasaría a ser conocida como la casa de “Jesús, María y José”.

La casa en la que vivían María Jacinta y Nicolás había sido propiedad del jesuita Juan de Alloza quien falleció en 1666, según Vargas Ugarte en “olor de santidad”, motivo por el cual se apertura una causa informativa de sus virtudes “Non Cultu” hasta 1689. Dicha causa no llegó a prosperar. Sin embargo, es significativo el hecho que un hombre de reconocidas cualidades cristianas legara a Juan tan apreciada propiedad.

La casa de Nicolás había servido, según el historiador Juan Luis Orrego Penagos, como “vivienda para recoger a niños huérfanos y jóvenes mujeres abandonadas” y, según Celes Alonso Espinoza, como “Casa de recogidas”. A su muerte, María Jacinta se hizo cargo de la dirección de la casa con el propósito de convertirla en Monasterio. Debido a la buena reputación de Nicolás y María Jacinta por el loable trabajo realizado en su vivienda no sería difícil contar con el respaldo de los personajes más notables de aquel tiempo. Después de enviar cartas a las principales autoridades coloniales, personalidades y al mismo Rey de España; María Jacinta logró respaldo a su proyecto. Celes Espinoza nos brinda, de documentos escritos por María Jacinta, la visión de esta mujer con respecto del futuro Monasterio: “(será) Plantel de flores, paraíso abundante, fuente hermosa, ciudad cercada, preciosa corona y navío lleno de riquezas… huerta cerrada, paraíso de delicias, tálamo nupcial, aposento inmaculado, tabernáculo, reclinatorio, escuela de virtudes, estación militar, casa de santidad, guarda de la castidad, firmamento de pudicia, y espejo de religión y obediencia”. Agrega el contenido de una carta de María Jacinta al propio Rey: “Manifiesto que esta casa y beaterio o conservatorio se halla ya fundado a la vista de los virreyes, Audiencia y Arzobispo. Solo lo que se pretende es que se sirva V.M de permitir que las mujeres que la habitan viviendo debajo de obediencia, pobreza y castidad se consagren a Dios, con profesión de Regio aprobada por su Santidad”.

Espinoza afirma que “De otro lado, cabe mencionar que estas muestras de solidaridad trascendieron el ámbito local. Desde Madrid y Roma, se comenzó a gestar una red de apoyo cuyo objetivo era consolidar el sueño del monasterio y la santidad del indio sastre. Personajes como Gaspar de Villalobos, procurador de la causa de Nicolás en Roma, y Diego de Villatoro, caballero de la orden de Santiago y miembro del Tribunal de Contaduría Mayor de Hacienda de Lima, intercambiaron cartas, en las que dejaban sentados los procedimientos que se debían seguir para acelerar los trámites del proceso de Nicolás. En sus cartas, se dan instrucciones a María Jacinta para la obtención de los documentos necesarios para agilizar el desarrollo de la causa de Nicolás, así como algunos consejos acerca de cómo debía actuar para lograr la fundación del monasterio”.

Juan Luis Orrego agrega “Como la casa siguió aumentando, y los recursos no alcanzaban para cubrir los gastos, un vecino adinerado, Francisco Mendoza Cisneros, donó un terreno donde se levantó una capilla, la que entró en servicio el 1 de abril de 1678. Dos meses después, el 17 de junio, un sismo afectó los templos de la ciudad y, nuevamente, Francisco Mendoza y Cisneros donó un sector grande de su casa para construir una nueva capilla, con sacristía, enrejado, coro y comulgatorio. Desde entonces se llamó capilla de Jesús, María y José”.

Aunque al comienzo pensó, María Jacinta, pedir a las hermanas Carmelitas Descalzas hacerse cargo de la casa, luego decidió por las virtudes de pobreza y caridad de las Capuchinas Franciscanas. Orrego Penagos afirma “El crecimiento de la capilla fue muy rápido y el beaterio se convirtió en monasterio. Luego, varios benefactores dieron donativos para continuar la obra y, cuando a inicios del siglo XVIII, llegaron las monjas capuchinas, ya los trabajos estaban muy avanzados”. La Real Cédula que autoriza la conducción del Monasterio por las Capuchinas se emite en 1698. El arribo de las Capuchinas a Lima fue en 1714.

Fue después de este logro que la Inquisición encontró una serie de imprecisiones en la hagiografía de Sartolo (la versión de Ángela Carranza) y alcanza a la misma María Jacinta acusándola de “búsqueda fama y prestigio personal”. Celes Espinoza recoge en los archivos de la inquisición, en el documento “Proceso de fe María Jacinta”, la siguiente precisión del Santo Oficio sobre el libro de Sartolo: “En el libro impreso en muchas partes del se aplaude a la dicha María Jacinta de Santa con otras prerrogativas singulares, que estando viba –como se ha dicho– puede tener grave inconveniente en la virtud y ejemplo con que oy vibe María Jacinta, según la voz común que corre”.

La Dra. Raquel Pardo en su trabajo “¿Santas o falsas beatas?” indica que la acusación de la inquisición a María Jacinta fue por “Fingir éxtasis, suspensión de los sentidos, tener arrobos, quedar fuera de sí, tener visiones, y revelaciones de verdades secretas” luego agrega que María Jacinta “Se auto denunció a raíz del juicio de su amiga Ángela Carranza”.

La complejidad de la causa seguida contra María Jacinta, lo mismo que la actuación de la Inquisición en este y otros casos de la época, serán revisadas en la siguiente entrega.

























miércoles, 1 de junio de 2011

Vida y Obra del Siervo de Dios Nicolás de Ayllón: La Intervención del Tribunal del Santo Oficio en la Causa de Beatificación. La "revelación" de Ángela Carranza

El historiador Celes Alonso Espinoza Rúa en su trabajo de investigación “Santidad e Inquisición a fines del siglo XVII: El caso del Siervo de Dios Nicolás de Ayllón” indica que: “La intervención del Santo Oficio en el libro (Hagiografía de Bernardo Sartolo) ocurre a partir de una denuncia realizada por el franciscano fray Gregorio de Quesada, calificador del Santo Oficio y visitador de librerías, quien se encargó de presentar la hagiografía del indio sastre ante los jueces calificadores del Tribunal. Al evaluar dicha publicación, los jueces dieron cuenta de los errores e imprecisiones que contenía en relación a dos aspectos: la inclusión de una supuesta revelación al momento de su muerte y algunos detalles personales vinculados a la ejecución de hechos extraordinarios”. Una de las más graves preocupaciones del Tribunal del Santo Oficio era evitar la circulación de “libros indeseables”, tal era una de sus tareas en Europa y América. Para el caso específico de la causa de Nicolás de Ayllón se atribuyó al texto el contener una revelación de Ángela Carranza, mujer antes procesada y condenada por el Santo Oficio.



Pedro Guibovich en “Censura de libros e inquisición en el Perú colonial” (2003, p.270) sostiene que “Las prácticas de censura de la inquisición española corresponden a las ejercidas por otros estados de la Europa moderna”.



El edicto de confiscación de la hagiografía de Sartolo fue emitido en 1696 “por contener muchas revelaciones de otras personas atribuidas al dicho Nicolás de Dios, que son sospechosas en la verdad y otra revelación conocidamente falsa con que pretende probar el autor muchos casos particulares” (“Edicto de la Inquisición de los Reyes prohibiendo el libro de la vida de Nicolás de Dios del Padre Bernardo Sartolo. Impreso de 1696” en Espinoza Rúa, Celes Alonso. P.49).



¿Quién fue Ángela Carranza? y ¿Cuál fue la supuesta revelación que hizo sobre Nicolás de Ayllón? Las respuestas que demos a las anteriores interrogantes nos permitirán aclarar el motivo de la intervención de la Inquisición en la causa de beatificación.



En el trabajo de la historiadora Ana Sánchez “Ángela Carranza, alias Ángela de Dios. Santidad y poder en la sociedad virreinal (siglo XVII)” se puede leer que “Ángela Carranza fue una beata agustina, nacida en la ciudad de Córdoba de Tucumán en 1641. Hija de Alonso de Carranza y Mudarra, caballero de la orden de Santiago, oriundo de Madrid o Sevilla, y de doña Petronila de Luna y Cárdenas, de Santiago del Estero. No existe constancia de que sus padres estuvieran casados, pero todos sus descendientes y colaterales eran cristianos viejos y caballeros y ninguno había estado preso ni reconciliado por el Santo Oficio. Carranza se trasladó a la ciudad de Lima en 1665. Tanto en su patria como en el Perú supo conservar su reputación de mujer casta y honrada. A poco de instalarse en Lima, corrió la voz de que recibía favores y revelaciones del cielo y, en 1673, empezó a escribir sobre estas, aumentando así entre su fama de santa e inspirada entre el vulgo. Se le atribuía, además, el poder de practicar milagros y curar toda serie de males por medio de cuentas y globulillos de cristal”.



Stacey Schlau (Universidad de Virginia, USA) nos da luces, en su trabajo “El cuerpo femenino y la inquisición colonial: Dos casos ejemplares” (2008) sobre los motivos por los cuales Ángela Carranza fue procesada por el Tribunal del Santo Oficio entre 1689 y 1694. A continuación enumero algunos datos importantes:



1. Ángela Carranza fue acusada de ilusa y falsa visionaria. La mujer escribió más de 7 500 folios en 543 cuadernos con narraciones de visiones y revelaciones que incluían las interpretaciones de cada una de ellas hechas por la misma Carranza.



2. Según testigos, la mujer, tenía en lugares públicos dos o tres veces al día trances. Apoyada por su confesor tomó el hábito de Beata agustina con el nombre de “Ángela de Dios”. El Confesor fue quien le pidió escriba sus visiones.



3. Como “Ángela de Dios”, la mujer, creó una industria de productos caseros asociados a su imagen. Vendía cuentas, rosarios, campanitas, cruces, espadas, dagas, medallas, velas y piedras (entre otras cosas).



4. En una de sus más conocidas visiones narra el viaje que realizó a Roma para visitar al Papa junto a Jesucristo. En otra afirmó haber ido al Purgatorio a rescatar almas. En otra dijo haberse bañado en las aguas del Río Jordán con Jesús.



5. Llegó al extremo de vender restos de su cuerpo como “reliquias” así la gente conservó de dicha mujer uñas, dientes y cabello. Vendió también pañuelos empapados con la sangre que le sacaban cuando estaba enferma.



6. Por lo anterior se probó que no guardaba los votos de pobreza (vivía holgadamente con los ingresos de su “industria”) y obediencia (prescindió de la orientación espiritual de las autoridades eclesiásticas).



7. Se le acusó de gula: “su abstinencia fue ninguna … porque comía, bebía y se regalaba como si fuera una de las más ricas y sobradas señoras de la ciudad” también “una comida típica suya consistía en pescado, cocido de carne, huevos con carne y conserva. Para la cena comía el mejor pescado, huevos fritos y un dulce. A demás, a menudo, merendaba por la tarde”.



8. Se le acusa de no tener comportamiento santo: “los días que llevaba cilicio no ayunaba y los días de azotes no usaba cilicio ni ayunaba”. Es bueno saber que durante los seis años que estuvo en prisión, el carcelero afirmó no haberla oído pedir azote o cilicio pero sí, puntualmente, sus comidas.



9. Se le acusaba de comportamientos indecorosos: “Se orinaba en la calle, la plaza, dondequiera. Levantaba demasiado las faldas. Dormía desnuda, y cuando hubo un temblor, salió a la calle sin ropa. Se bañaba en sitios públicos o en casas grandes, y no le importaba que los criados la vieran desnuda. De hecho, hacia gala de la desnudes y decía que otros “tenían la culpa en asomarse a verla”.



10. Ángela Carranza se declaró culpable después de tres semanas de “cincho” (instrumento de tortura). Todas sus reliquias y escritos fueron confiscados y quemados. Sus posesiones fueron confiscadas. Se le ordenó que “apareciera en un auto público como penitente, aunque sin la coroza; que abjurara de vehementi; que viviera recogida sin hábito de beata por cuatro años; y que no usara el nombre de Ángela de Dios. También le fue prohibido el uso de papel, tinta y plumas, y fue desterrada de Madrid y Córdoba de Tucumán por diez años”.



Carranza manifestó en sus escritos una “autoridad espiritual” que incomodó a las autoridades eclesiásticas. Mucho más al ser estas atacadas en algunas de las supuestas visiones y revelaciones. Insinuó, por ejemplo, que “su propia canonización habría de correr por cuenta de Dios” pues los pontífices y cardenales para las canonizaciones de los santos piden plata y de no haberla las detienen.



¿Cuál fue la revelación de Ángela Carrasco sobre Nicolás de Ayllón? Vargas Ugarte recoge literalmente en el edicto de la Inquisición que Carranza afirmó haber visto a Nicolás de Ayllón muy cerca del Rey David en el trono majestuoso de Cristo.



Debo afirmar que el hecho de haber sido acusada y sentenciada por la Inquisición y su comprobada doblez espiritual era motivo más que suficiente para poner en tela de juicio la revelación que hizo sobre Nicolás de Ayllón. Sin embargo el ataque a las autoridades eclesiásticas fue determinante para la intervención del Tribunal del Santo Oficio. En el caso del Siervo Nicolás de Ayllón fueron muchos más los testimonios de sus virtudes y, hasta hoy, parecen hablar los pobres y desprotegidos de Lima del siglo XVII sobre su entrega diaria a su cuidado.



Sobre otras intervenciones inquisitoriales tratará la siguiente entrega.



Vida y Obra del Siervo de Dios Nicolás de Ayllón: La Causa Original de Beatificación

En 1679, dos años después del fallecimiento del Venerable Siervo de Dios Nicolás de Ayllón o Nicolás Puycón Faxollem, el Procurador general de indios Don José María Estela, presentó ante el Provisor del Arzobispado de Lima Don Pedro de Villagómez, la solicitud para el inicio de las informaciones (según las normas del “Non Cultu” de Urbano VIII) sobre la vida y virtudes de Nicolás de Ayllón. La aceptación de la solicitud se produjo en 1683, en 1684 Bernardo Sartolo presenta la hagiografía del Siervo de Dios y en 1689, bajo la supervisión del fiscal de la fe Don José de Lara y Galán se inicia el proceso de sustentación de la causa con la recopilación de testimonios que garanticen la santidad del venerable chiclayano. En 1690 las informaciones sobre las virtudes de Nicolás concluyeron de acuerdo a los plazos establecidos. Era Arzobispo de Lima Don Melchor de Liñán y Cisneros.

¿Por qué demoró tanto el inicio de la causa del Venerable Siervo de Dios? El historiador Manuel Mendiburo en su “Diccionario Histórico Biográfico” (Tomo VII, 1931 – 1934) indica que Don Melchor de Liñán y Cisneros recibió del Papa Clemente X la Bula de beatificación de San Francisco Solano el 25 de enero de 1675; posteriormente la Bula de beatificación de Santo Toribio Alfonso de Mogrovejo el 17 de abril de 1680. Infiere Mendiburo que fueron estos los motivos por los cuales se retrasó por espacio de dos años la apertura de la causa de Nicolás de Ayllón. Debo agregar a esta versión que durante tres años y cuatro meses, entre 1678 y 1681, Don Melchor de Liñán fue nombrado Virrey del Perú (interinamente) luego de la destitución en el cargo de Don Baltasar de la Cueva y Enríquez de Cabrera “Conde de Castellar” por una serie de calumnias de las que finalmente fue absuelto en juicio de residencia el año 1680. Pienso que otro de los motivos de la demora del inicio de la causa fue el cumplimiento de las obligaciones propias del cargo del Virrey del Perú por parte de Don Melchor de Liñán.

En el Archivo Arzobispal de Lima (AAL, Beatificaciones, Proceso del Siervo de Dios Nicolás de Ayllón, Expediente Nº 1) se encuentra la relación de testigos que brindaron información sobre Ayllón, entre los que se encuentran: su esposa María Jacinta, compañeros de trabajo y clientes de Nicolás. También las principales autoridades locales, los caciques del cercado de Lima y del Cuzco y los superiores de diversas órdenes religiosas colaboraron con la causa. Pruebas de la intervención directa en la causa de beatificación se encuentran en diversas cartas dirigidas directamente al Rey de España: Carta de los Jesuitas (4 de noviembre de 1690); Carta de los Mercedarios (1 de noviembre de 1690); Carta de los Agustinos (12 de noviembre de 1690); Carta de los Dominicos (28 de noviembre de 1690).

En su carta, los jesuitas piden al Rey de España: “sea servido de interponer su soberana autoridad con Nuestro señor padre Alejandro Octavo para la pronta expedición del Rotulo y Remisoriales en causa de Beatificación a favor del Venerable varón Nicolás de Dios de cuyas heroicas virtudes y milagros conseguidos por su intercesión se envían al presente Informaciones autenticas por le Ordinario de esta

Metropolitana. De que resultara grande gloria y servicio de Dios Nuestro Señor, y de Vuestra Majestad y singular aliento a la virtud y confirmación en la fe en los neófitos Indios naturales de este Reino que tanto promueve el piadoso Celo de Vuestra Majestad”.

Los caciques del cercado de Lima, por su parte, dirigieron una carta al Rey de España en la que manifestaron su apoyo a la causa dejando entrever el particular significado de la causa para los pobladores indígenas del virreinato: “Si hasta el tiempo presente por más de centenar y medio de años nuestros mayores antepasados han atribuido con (reverentes) obsequios y lealtad muy segura abundantes tesoros de oro y plata a Vuestra Majestad Augusta, desentrañando a costa de sus vidas y los que vivimos a su imitación y de las nuestras los formidables riscos rígidos peñascos y elevados montes en paramos inhabitables, sacando sus preciosos corazones a ponerlos a los pies de vuestra majestad católica hoy mejorando la oferta estas indias occidentales y especial esta corte del Perú, Lima tributa en un pobre indio humilde el mas estimable tesoro a quien la divina misericordia enriqueció de calidad con el lleno de vuestra virtudes en grado heroico que en el celo de las mayor gloria y honra de Dios exaltación de la fe (deseo) de la conversión de los infieles y pecadores y caridad con los pobres puede, sin que aparezca ponderación afectada la darse con muchos de los que gloriosamente ocupan las Aras sagradas según consta del proceso que por autoridad ordinaria se ha actuado en esta ciudad remite a la corte Romana en esta ocasión presente compuesto de cincuenta y dos testigos los remite sacerdotes, los mas calificadas letras y costumbres, que lo conocieron y comunicaron vivo”.

Un caso de intervención a favor de la causa que debe merecer nuestra atención es el de Juan Núñez de Vela. Según el historiador Pablo Macera en su artículo “El Inca Colonial”, este personaje era un mestizo que “Por el lado español, descendía de un primo del Virrey Blasco Núñez Vela. Por el lado indio sus antepasados eran don Francisco Comar y Don Felipe Carlos Sinchi Puma Inga, testigos y actores de la conquista española”. Esta persona solicitó al Rey “pasar a Roma a solicitar la Beatificación del Hermano Nicolás de Dios de su nación para convenir mucho al servicio de nuestro señor, y a que se aumente como debe la fe católica, en esas provincias lo cual se ha experimentado desde que murió”. Su solicitud no fue aceptada “se a acordado que por ahora no ha lugar a lo que pide el dicho Don Juan Núñez Vela de su pasaje a Roma por no estar en estado la causa que pretende solicitar”.

La intervención de estos y otros personajes en beneficio de la causa pasará a un segundo plano cuando, en Lima, interviene la Inquisición con argumentos que son materia de nuestra próxima entrega.

domingo, 29 de mayo de 2011

Vida y Obra del Siervo de Dios Nicolás de Ayllón: Breve Hagiografía del Siervo

Nicolás Puycón Faxolemm (Faxollem, Xailón) nació en el pueblo de Chiclayo. Fue el último hijo de los indígenas Rodrigo Puycón, encargado de recaudar el tributo entre los indígenas, y Francisca Faxolemm, encargada de “componer huesos rotos y miembros desconsireados sin más recompensa que servir a Dios en su pobreza” (1). Ambos personajes prestigiosos dentro de su comunidad. “Los apellidos Puycon y Faxollem, que pertenecen al indio chiclayano, tuvieron gran importancia dentro de las comunidades indígenas. Su mención en diversos documentos de la conquista y del periodo colonial hacen referencia a su vínculo con la nobleza colonial india de Lambayaque y a las diversas castas de los caciques regionales de la región de Monsefú, Etén, Ferreñafe, Mochumi, Jayanca, Mórrope y otros muchos pueblos” (2).

Tal como ocurre, según la hagiografía, en la vida de los Santos Siervos de Dios; Nicolás nació con una disposición notable a dedicarse a una vida de virtudes y caridad. Su comportamiento infantil será el de un pequeño “que se desvive por demostrar su inclinación a Dios y todo lo que El representa”. A la edad de cuatro años “es su entretenimiento formar continuamente la señal de la cruz ya delineándola en las paredes, ya grabándola en los árboles y troncos, ya labrándola de madera, siendo el fin de todos estos afanes misteriosos, el adorar y besar devotamente estas cruces” (3). Según narra el filósofo y teólogo Jesuita Bernardo Sartolo en su famosa hagiografía “Vida y obra admirable del Siervo de Dios Nicolás de Ayllón” (1684) el pequeño Nicolás, a la edad de seis años, sufrió el ataque del demonio que se le apareció en medio del campo en forma de dragón; pudo derrotar al enemigo encomendándose a su Ángel de la Guarda. Dicha devoción se convirtió, según Sartolo, en una de las entidades protectoras durante el resto de su infancia.

Desde muy pequeño, Nicolás, se desempeñó como colaborador del Convento de Zaña. Fue tal su diligencia y tan notoria su devoción que despertó la atención del religioso franciscano Juan de Ayllón quien propuso a sus padres llevar consigo al niño al Convento franciscano de Lima con la intención de desarrollar su vocación religiosa. Tras un breve momento de indecisión, el niño fue trasladado a la capital del Virreinato peruano a la edad de ocho años. El viaje fue accidentado, casi muere ahogado en el Río Santa, y tan solo su devoción a la Santísima Virgen María pudo salvarle de un fatal desenlace.

El tiempo inicial en el claustro fue grato para el pequeño Nicolás. Sin embargo, una enfermedad ataca al religioso Juan de Ayllón quien impotente por el hecho traslada al joven Nicolás su frustración manifestada en malos tratos. “Años después, una vez restablecido de la enfermedad, Juan de Ayllón se disculpó con Nicolás y le agradeció por su paciencia y cuidados durante el tiempo en que se halló enfermo” (4)

La vida adolescente de Nicolás se vio marcada por la relación maestro – aprendiz y por el duro golpe que le significó el traslado de Juan de Ayllón a una nueva doctrina. Ante el alejamiento de su maestro, Nicolás decide quedarse en Lima y enrumbar su propio camino consiguiendo trabajo como aprendiz de sastre en el taller del maestro Sebastián Pérez. Pronto, pues pasaron pocos años, su habilidad mereció el reconocimiento de la gente logrando abrir su propio taller en la calle La Merced.

Nicolás sintió el llamado de formar una familia. Encomendándose a la poderosa intercesión de la Virgen María vio muy pronto la respuesta a sus oraciones. Francisco de Arteaga, amigo y cliente de Nicolás, le propuso contraer matrimonio con la mestiza María Jacinta de Montoya, una joven que se encontraba a su cuidado y estaba recluida en el monasterio de la Encarnación en calidad de criada. El, ahora, adulto Nicolás contraería matrimonio en la Iglesia del Sagrario el 08 de enero de 1661 con María Jacinta de Montoya y vería trascurrir su vida en medio de una serie de hechos extraordinarios. Mas adelante, su esposa, maría Jacinta sería una de las principales personas que apoyaban su causa de santidad.

Al inicio, el matrimonio, resultó una experiencia frustrante para maría Jacinta que renegaba de la orden que recibió de casarse con el indio y lo menospreciaba debido a dicha condición. Solo las oraciones y paciencia de su joven esposo lograron llenar de amor su corazón. Años después, la propia María Jacinta reconocería con dolor, en una versión recogida por Sartolo, “no solo he agraviado a Nicolás, sino también a Dios, que me llamaba por su medio; tantos llamamientos he frustrado, cuantas han sido las virtudes que he visto: sorda he vivido, para no escuchar sus inspiraciones, y sin ojos, para tropezar en mis yerros; pero ya Señor, que me los habéis dado para que los mire, dadme también lagrimas para que los llore”.

Nicolás decide vivir castamente a pesar de su condición de esposo desde la edad de 24 años. Hasta ese momento ya tenía dos hijos y había logrado la conversión real a una vida virtuosa de su esposa. Sartolo menciona que ambos decidieron de común acuerdo vivir en adelante el estado del matrimonio no como marido y mujer sino como hermano y hermana, decidieron entonces compartir una vida signada por la continencia y la castidad.

Algunos hechos extraordinarios son muy dignos de mencionar. El primero ocurrió frente a su esposa y se conoce como el milagro del nardo. Nicolás con el solo poder de la oración, logró unir las ramas quebradas de una planta de nardo. María Jacinta, juzgando como imposible lo que veía, desde ese día no lo amó solo como su marido sino como a un santo. El segundo es conocido como el milagro de Damasco. Nicolás con un pequeño trozo, antiguo y sucio de tela de Damasco logró obtener hermosas vestimentas para los oficios por los difuntos.

Según relatos de Sartolo, Nicolás fue capaz de reparar tan solo con la oración una olla de barro que había caído repleta de alimentos destinados a los pobres. No solo reparó la olla sin usar sus manos, también los pobres que eran incontables quedaron saciados y el alimento, que fue multiplicado, sobró.

Tuvo Nicolás la capacidad de tener visiones y sueños premonitorios. En 1668, cuando Lima esperaba la noticia de la canonización de Santa Rosa, Nicolás pudo ver en un sueño la ceremonia y la firma del decreto de beatificación dentro de los aposentos vaticanos. En el mismo sueño Nicolás sostiene un breve encuentro con Santa Rosa: “llegándose a Nicolás, que estaba como fuera de si de gozo, y admiración por lo que pasaba, viéndolo lleno de un encogimiento, y temor reverencial, le dijo: Nicolás, ¿Qué te parece las honras que el Señor me hace? Ama mucho a Dios, y en nuestra tierra cuida mucho de celebrar mi fiesta, que así honra Dios á quien le sirve, y también te honrara a ti si le sirvieres” (5).

En olor de santidad, Nicolás fallece en 1677. “No vio Lima día de mayor concurso y apertura que este. No parece que sacaban a enterrar a un oficial pobre, sino que entraba en aquella corte algún nuevo Virrey, y Gobernador del Perú, ni parecía solemnidad fúnebre de sepultura, sino algún triunfo ostentoso, o algún festín exquisito, que convidaba a todos a salir de sus casas para apacentar, entretener la curiosidad. En las casas de donde se podía lograr el acompañamiento, no había ventana, ni balcón vacío, y hasta los tejados se veían poblados de gente que esperaba con ansias lograr la postrera vista de aquel Venerable tesoro. Las calles estaban del todo impenetrables, porque el Pueblo las tenía ocupadas, y llenas con que era imposible dar un paso hacia la Iglesia, y así fue necesario, que saliesen los soldados para romper camino entre la multitud, que con gran dificultad se apartaba, aunque tenían delante de si las amenazas de los chuzos” (6).

A la muerte de Nicolás de Ayllón, su esposa María Jacinta de Montoya tomó los hábitos siendo conocida como la Hermana María Jacinta del Sagrado Corazón.

Fallecido el venerable indio han permanecido en la memoria colectiva de nuestro pueblo las pruebas de sus heroicas virtudes. Actualmente la causa de su beatificación está, nuevamente, en curso.

(1) Romero del Valle, Emilia. “El indio santo del Perú. Nicolás de Ayllón” 1958, p.5.

(2) Castillo – Moro Sime, Augusto. “El indio santo del Perú. Rasgos biográficos del venerable siervo de Dios Nicolás de Ayllón. Razón de las labores del comité ejecutivo nacional a la memoria del venerable siervo de Dios Nicolás de Dios Ayllón” 1963, p.7.

(3) Sartolo, Bernardo. 1684, p.8.

(4) Vargas Ugarte, Rubén. 2007. “Historia de la Compañía de Jesús en el Perú” 1963. pp. 22 – 24.

(5) Sartolo, Bernardo. “Vida y obra admirable del Siervo de Dios Nicolás de Ayllón” 1684, p.175.

(6) Sartolo, Bernardo. “Vida y obra admirable del Siervo de Dios Nicolás de Ayllón” 1684, p. 265.

viernes, 20 de mayo de 2011

El paso de Castilla por Olmos y los dolores del Señor Alcalde

“Firruñap” (publicación que circuló en Chiclayo y Ferreñafe) contiene en su edición Nº24 – Año II del 30 de octubre de 1965 el artículo titulado “Una anécdota de Castilla”. El artículo, aparecido en la página 5, es firmado por A.O.A y puede ser leído en el Archivo Regional de Lambayeque como parte de la Colección “Nixa” – Revista Nº5. A continuación alcanzo una breve reseña de la ocurrencia.

Ramón castilla inició su tercer gobierno derrocando al conservador Don Rufino Echenique en la Batalla de “La Palma” (1855). Desde Arequipa los conservadores llamaron al general Manuel Ignacio de Vivanco para que, contando con el apoyo de gran parte de la escuadra peruana, hiciera frente y derrocara a Ramón Castilla y Marquesado.

Desde el inicio la suerte no acompañó a los vivanquistas “la sedición vivanquista se pronunció en Arequipa en octubre del 56 y la misma repercutió en los departamentos del norte y sur del Perú. El general Vivanco con sus tropas y el apoyo de la escuadra se dirigió a Trujillo y se posesionó de dicha ciudad durante varios días, mientras que los sediciosos sostenían continuos encuentros con las fuerzas del orden que llegaron desde Lima para batirlos, teniendo Vivanco que emprender viaje más al norte porque sus tropas habían sufrido muchas bajas en Trujillo y sus alrededores, llegando a Lambayeque donde estableció su vivac y perseguido por Layzeca nuevamente abandonó esta última capital y marchó a Piura donde debía reembarcarse en Paita, en cuyo puerto varios buques de guerra lo esperaban para seguir viaje al sur, hasta Islay, como así sucedió”.

Conociendo los fracasos de Vivanco, en Lima, Ramón Castilla decide dejar el gobierno en manos de un Consejo de Estado para venir con su ejército al norte y cercar a las tropas rebeldes. Partió del Callao, desembarcó en Pacasmayo y, conociendo la ruta seguida por los rebeldes de Vivanco, cruzó por Chiclayo y Lambayeque; luego “siguió apresuradamente su marcha hacia el norte llegando al pueblo de Olmos que tiene por patrono a Santo Domingo de Guzmán, después de haber sufrido sus tropas muchos contratiempos debido a que los puentes de los caminos habían sido destruidos por los revolucionarios a fin de no ser copados por los enemigos que les pisaban el poncho”. Vivanco pasó por Olmos dos días antes que Castilla.

Cuando en Olmos, los vecinos y autoridades supieron que Castilla pasaría por el lugar, no dudaron en organizar un acto de bienvenida para manifestar al tarapaqueño su apoyo y respaldo en tan apremiante situación “toda vez que ese distrito era castillista cien por cien”.

Se preparó un programa que incluía el discurso de parabién “que leería bien repasado” el Sr. Alcalde así como otros discursos de vecinos notables y comuneros. Se acordó recibir al presidente a una legua de camino para acompañarlo hasta el pueblo y, al salir, acompañarlo nuevamente una legua hacia el norte. “Todas las autoridades y notables del pueblo olmano, vestidos de parada, montados en briosos caballos debidamente enjaezados, salieron del pueblo en numerosa caravana y dieron alcance al jefe de estado y sus generales y todos avanzaban aceleradamente hasta las goteras de la ciudad. Eran las 2 de la tarde. Las tropas hallábanse cansadas y hambrientas”.

Cuando la caravana se detuvo para el descanso y almuerzo de la tropa y Castilla discutía con sus generales la mejor forma de cercar a los vivanquistas, el Sr. Alcalde de Olmos puesto frente al jefe de estado y haciendo una reverencia (como solicitando permiso) sacó de su saco el discurso de parabién escrito en varias hojas de papel con buena caligrafía. Castilla notado la largura que tendría la alocución, dijo al alcalde con mucho ingenio y cortesía: “Señor Alcalde, doy por oído su discurso de salutación al Presidente de la República que le retribuye con agradecimiento el saludo a este pueblo laborioso y trabajador, pero dada la misión que llevo no me es posible visitar la ciudad y más bien vería con satisfacción que Ud. Y sus acompañantes ayudaran a mis soldados a acarrear chamizos, mucha leñita para prender lumbre y preparar el rancho a mis tropas que hasta este momento están sin almorzar”.

Ante el pedido del presidente, no quedó al alcalde y sus acompañantes más remedio que bajar de sus enjaezados corceles y amontonar chamizos para prender el fuego y preparar el rancho que luego se sirvió el hambriento regimiento gubernamental y que compartieron el alcalde olmano y su comitiva.

Culminado el almuerzo y sin perder el tiempo, Castilla y su tropa continuaron viaje rumbo al norte a la caza de las tropas de Vivanco. Mientras los ilustres olmanos retornaron a su pueblo para contar a los suyos del apuro de Castilla que no permitió leer el discurso. Se dice que por varios días varios de ellos permanecieron “en cama (mientras) frotaban sus cuerpos con árnica fuertecita por los dolores que sentían en la cintura originados al acarrear chamizos de por aquí y de por allá”. El más quejoso fue el Señor alcalde cuyos “ayes” provocaban más de una sonrisa. La gente presume que su discurso tuvo el mismo destino de los chamizos para el rancho de la tropa.