miércoles, 16 de agosto de 2017

Japoneses de Lambayeque durante la Segunda Guerra Mundial: Bajo las nieblas de la persecución

Japoneses en Chiclayo a inicios del siglo XX. Pampa de los Japoneses.
Origen: Archivo Fotográfico Uchiyama

El Sr. Oyama tenía en su relojería de Chiclayo una llamativa fotografía del emperador Hirohito; en su juventud fue soldado del ejército japonés y aunque migró junto a su familia hasta la costa del Perú a inicios del siglo XX aquella foto era el signo de su identidad. Junto a su familia lograron prosperidad, Vestía bien y ostentaba objetos de oro. Luego, a causa de su nacionalidad, fue arrestado durante la segunda Guerra Mundial junto a otros ciudadanos alemanes, japoneses e italianos; y tuvo que encargar (para nunca más recuperar) sus bienes entre vecinos y conocidos. Los tomaron prisioneros y los subieron a un ómnibus… se los llevaron a Talara y luego, en barco, a Estados Unidos, a Crystal City (campo de concentración). Iban todos ocultos. Cuando el barco pasó por Panamá los prisioneros percibieron los trabajos de la tripulación para que su infausta carga no sea descubierta. Fue arrestado de madrugada y, en ropa de dormir, subido a la fuerza al ómnibus cuadrado en la calle San José, frente al parque principal, reconoció entre los capturados al maestro Karl Weiss. Lo perdió todo: trabajo, negocios, dinero…dignidad, afectos. Su esposa, peruana de ascendencia japonesa, decidió ir con el llevando también a sus dos hijas. En Cristal City procrearon dos hijos varones. No eran peruanos, japoneses, ni norteamericanos pues dicho gobierno nunca reconoció la existencia del campo de concentración. Al fin de la guerra, apátridas, sin hogar, ni recursos fueron deportados a Japón.
Participaron, como todos, de la reconstrucción japonesa después de la gran guerra; y al cabo de aproximadamente doce años, recibió el llamado de un primo establecido en el Perú que necesitaba brazos para su restaurante. De ese modo, los Oyama retornaron al país, primero a Talara y luego a Chiclayo. Yoshio Oyama, su hijo, hoy radicado en Chiclayo y empresario del rubro ferretero, tenía 16 años cuando vino con su padre. Perú le era desconocido. Cuando piensa en el Japón de la posguerra recuerda no había nada, ni comida por la guerra. ¿Qué comía? Un camote, papa… eso (se) comía. Ahí no había nada, ¡Qué familia! ¡Olvídate! Te da (una) patada, te bota... bien triste. (Es que) todos (están) en misma condición.
Jorge Fernández, en “Recuerdos de vida: testimonios de nikkei en Lambayeque” agrega valiosa información: Cuando el tío de Yoshio se apartó del restaurante para abrir una ferretería, su papá se quedó con aquel negocio. Yoshio recuerda que su padre trabajó hasta una avanzada edad. Cuando le decía que descansara, que no trabajara tanto, él le replicaba que uno, aunque viejo, tiene que seguir luchando y estando en actividad.
Colonia Japonesa en Chiclayo a inicios del siglo XX

Desde su llegada a nuestra tierra, los japoneses han sido siempre ejemplo de vida en comunidad, laboriosidad y justicia. Han legado a nuestra cultura sus valores tradicionales hoy en sincretismo con los nuestros. Tuvieron un colegio: el Colegio japonés de Chiclayo ubicado, con doble frente, entre las calles Vicente de la Vega y Lora y Cordero, en el mismo local que tras ser confiscado por el estado peruano en la década de 1940, sirvió para el funcionamiento del colegio San Pedro y del Jardín de la Infancia hasta tiempos recientes. El local, tras un largo litigio, fue recuperado por la Asociación japonesa de auxilios mutuos en 1998.

El presente artículo, basado en la entrevista realizada por la investigadora chiclayana Priscilla Lee para su trabajo monográfico sobre "Trato a los Japoneses en Lambayeque durante la Segunda Guerra Mundial", es un homenaje a sus vidas, a su lucha y su legado. Nuestra ciudad se siente honrada de tenerlos en su seno. Hoy, como peruanos y descendientes de japoneses, trascienden como supervivientes de un tiempo horrendo y de una persecución que jamás debió ocurrir. En nombre de todas las generaciones de nuestra tierra, por lo que se hizo mal y el bien que no se hizo, por los silencios cómplices y la falta de solidaridad ¡Perdón! Son ustedes un ejemplo que dignifica a nuestra nación.

jueves, 27 de julio de 2017

Agustinos en Saña: Los primeros años del Convento de San Agustín

Convento San Agustín de Saña (Zaña) año 2011

Introducción
La vida de los agustinos en los años iniciales del convento de San Agustín de Zaña (Saña) ha sido relatada por Fray Antonio de la Calancha en su “Crónica moralizada de la orden de San Agustín en el Perú” (1639). El Libro IV - Capítulo XI narra lo ocurrido en el convento entre 1584,  año de su fundación, y 1587 en que fue admitido a la orden en el capítulo de ese año.  Los aspectos tratados en su crónica y que interpretaremos en este artículo son: La fundación del convento de Zaña, los milagros que obró (según de la Calancha) en el pueblo San Nicolás de Tolentino y dos casos criminales.
Se ha contrastado la información de De la Calancha con la del cronista Fray Tomás de Herrera y autores contemporáneos como Enrique Fernández, Antonio Ybot, Sandra Negro y Samuel Amorós. Es importante conocer y reconstruir sobre bases historiográficas la vida cotidiana de la orden agustina en Lambayeque entre los siglos XVI y XXI (con un corte desde la segunda mitad del siglo XVIII hasta mediados del siglo XX) y los aportes de esta institución religiosa en la educación y cultura del departamento. El documento estudiado nos da aproximaciones relevantes las cuales presento a continuación.
1.     El arribo y el convento
Según Enrique Fernández (2000)[1] en 1550, desde Cádiz, una barcaza con doce frailes agustinos parte hacia Panamá y Perú a petición del rey Carlos V con la aprobación del padre general Fray Jerónimo Seripando y del provincial de Castilla Fray Francisco Serrano. Instalados en Perú, inician su ministerio y en 1560, por gracia del Virrey Francisco de Toledo, reciben cinco pueblos del valle de Pacasmayo, con lo cual llegan a la costa norte. Sobre dichas doctrinas,  Antonio Ybot (1954), nos dice “fundaron cinco doctrinas en las tierras de indios yungas: Pueblo Nuevo, Chepén, Jequetepeque a orillas del río de ese nombre, Mocupe y san Pedro de Lloc, concedidas por el Virrey don Francisco de Toledo a los agustinos como renta para el sostenimiento del Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe de Pacasmayo situado en las cercanías”[2] extendiéndose hasta Zaña (Saña) a inicios de 1580.
Las características de la villa de Santiago de Miraflores son mencionadas en el texto de de la Calancha en los siguientes términos:
Es zaña una villa siete leguas de Nuestra Señora de Guadalupe, fundose con título de Santiago de Miraflores, nombre que no ha conservado, porque la malicia humana se inclina a nombres burdos que a honrarse con los santos, intitulase comúnmente con este nombre de Zaña, que es el de su valle, aunque en lo judicial, escrituras y despachos, se nombra Santiago. Esta más de cien leguas de Lima hacia el norte junto al mar, y tiene por puerto a Chérrepe, que es furioso y donde siempre se teme peligro. Es cuantioso su comercio por valles y sierras que allí embarcan, y contratan sus comidas y frutos de la tierra, proveyendo a Lima de jabón, corambre (cueros) y azúcar, y a Panamá de harina, de trigo, arroz, maíz y otras semillas. Es valle deleitoso por sus arboledas y río, de buena agua, que dicen nace de un mineral de oro; es corto el valle, y cría gran suma de palmas, que hay copiosas heredades y dátiles excelentes. Es tierra muy caliente y muy enferma, porque la fundaron arrimada a una ciénaga, que del centro brota humedad y salitre, y la bañan poco los aires, cogiendo el río el otro lado. Está en siete grados a esta parte de la línea al Trópico de Capricornio, y tiene por estrellas verticales las mismas que dejamos dichas del pueblo de Nuestra Señora de Guadalupe, y tiene sujeta a Zaña la doctrina de Mocupe (p.853)
La crónica de Fray Tomás de Herrera (1652), al igual que la de Fray Antonio de la Calancha, afirma que “se fundó el convento de Zaña a 5 de octubre de 1584, y fue el fundador el maestro Fray Alonso García, religioso muy observante; y admitiose a la orden en el capítulo del año de 1587, nombrando por primer prior al padre San Juan Bautista…”[3]. El convento, que se mantendría vigente hasta inicios del siglo XVIII, estuvo cerca de conventos de otras órdenes contraviniendo, según Vargas Ugarte “Las normativas (que) establecieron que no debía haber más de un monasterio en un pueblo y su comarca… (Sin embargo, en) Saña, hubo varios monasterios y conventos en un solo lugar…”[4]. Además, de la lectura del “Plano de la ciudad de Santiago de Miraflores de Saña” elaborado después de la Visita pastoral del obispo Baltazar Jaime Martínez Compañón entre 1782 y 1783, se infiere que  debido a las inundaciones de 1720 y 1728, los agustinos, dejaron su iglesia y convento por hallarse en estado ruinoso; de la misma opinión son Negro & Amorós (2015)[5]. Oficialmente, el convento de San Agustín de Zaña, se encontró en la lista de aquellos Conventos suprimidos en territorio de la Provincia Agustina de Ntra. Sra. de Gracia (Perú y Bolivia) el año 1830.
La iglesia y convento de San Agustín, una admirable muestra de la arquitectura gótica colonial en esta parte del continente, “fueron erigidos utilizando la segunda cuadra desde la plaza mayor, camino al norte, ocupando una manzana entera…”[6]
2.     Devoción a San Nicolás de Tolentino
Desde sus primeros años, el convento se convirtió en centro de devoción de San Nicolás de Tolentino, quien “ha llenado la casa de ofrendas y limosnas” (según de la Calancha) en cuya cofradía participó “lo mejor de la villa, y las sirve con ostentación de culto, y con gruesas limosnas “[7]
La intervención del santo fue milagrosa, según un emocionado (o exagerado) de la Calancha, que afirma “viéndose cada día soberanas maravillas, son docenas los cojos, tullidos, ciegos y desahuciados. Ha librado un sinnúmero de mujeres que peligraban sus partos y a niños de quien no se esperaba vida, sanando a otros que padecían enfermedades ocultas” (p. 853). Una aclaración, al decir “exagerado” refiero al estilo del cronista que en esa época no escatimaba en adjetivos para mostrar el actuar milagroso de San Nicolás de Tolentino en Zaña tal como ocurrió en otras partes del Perú como en Huamanga donde, Fray Juan Teodoro Vázquez escribe en su crónica se apreció el actuar milagroso Venerable Siervo de Dios Fray José de Espinosa y Valdivieso.
Fray Antonio de la Calancha dedica un amplio texto para mostrar su propia devoción, y la de los miembros de su orden, a San Nicolás de Tolentino; primer santo agustino canonizado en 1446 y que vivió durante la primera mitad del siglo XIII: "Oh divino Nicolás… ni un hilo quisiste del mundo… tu si eres mejor sol para la religión agustina, que José para el pueblo hebreo, pues mientras te ibas a poner caminando a la muerte, negociaste… de Jesucristo riquezas espirituales para tus hermanos agustinos … y desde que del todo pasaste de esta vida como sol al otro hemisferio de la gloria, no has consentido que tus hermanos pasen necesidad, ni la pobreza los rinda a miserable sujeción, dando tantos vienes a los conventos de tu orden, que las limosnas que en tu nombre nos dan, sustentan a tus hermanos, y tus misas y milagros enriquecen nuestras iglesias. Oh pobre liberal, haciéndote pobre para hacernos ricos” (p. 854).
3.     Dos casos criminales
3.1 la afrenta a un religioso
El documento del cronista de la Calancha relata dos casos criminales, en los que las víctimas fueron religiosos de la Villa. El primer caso criminal es narrado de la siguiente manera:
Un vecino de Zaña, hombre distraído, compadre del corregidor, tenía celos de que un religioso de cierta religión entrase en una casa donde el pretendía ofensas de Dios, deseaba hacerle una gran afrenta; y sabiendo que estaba visitando el religioso a la mujer, se fue el mal hombre al corregidor y negoció con él, que lo sacase con ignominia, y pudo tanto el compadrazgo o el interés que de él recibía, que siendo de día entro a la casa, y sacó al religioso, y lo llevó con toda publicidad a su convento afrentándolo en toda la villa (p. 856)
Las consecuencias de este hecho son para de la Calancha un castigo de Dios a los infractores y en la narración de los efectos de este hecho muestra el estilo narrativo propio de la mentalidad religiosa de la época la cual se muestra más implicada por su condición de religioso. Refiere que quince días después del hecho falleció el cómplice corregidor sin haber recibido los sacramentos. Sobre el asesino del religioso, relata
… el día siguiente por la mañana, oyó el celoso malhechor que de una ventana de su recámara lo llamaban por su nombre: … por haber hecho aquella ofensa al religioso y a su hábito, por daros gusto, estoy condenado, y vos daréis hoy cuenta a Dios. Desapareció la visión, y el hombre muriera allí de espanto, sino le socorriera Dios; fuese luego de rodillas desde su cama hasta el convento, y puesto ante el prelado y ante el religioso, llorando amargamente les pidió perdón, deleitando su culpa con extremos de sumo arrepentimiento, y en presencia de todos refirió la visión del brazo ardiendo, y lo que el corregidor le había dicho, y habiéndole perdonado el prelado, y el ofendido pidió confesión sin salir de su convento, y allí se confesó y recibió el santísimo sacramento, que sea alabado, y vuelto a su cama murió aquella tarde. (p. 856)
Es interesante la relación que de la Calancha hace entre este caso criminal y el destino de los victimarios por haber osado afrentar a un religioso:
Nadie ofenda a los Cristos de Dios… (Ni) y a un sacerdote religioso de la ley de gracia, templo de Jesucristo... (Dios dará sanción) al que destruye la honra y fama de un religioso… que cuando la justicia agravia, ejecuta Dios todo el rigor de la justicia, porque debiendo atender a la justificación, y servir de freno, se hacen cómplices de la maldad, y sirven de espuela. Teman los que hablan, sino quieren hablar cuando hacen temer (p. 857)
4.     El asesinato de un religioso
A continuación la narración del segundo caso criminal:
El otro suceso acaeció en Zaña en un descompuesto, a quien quitó el hábito mi religión, expulsó de la orden, hirióle un marido hablándole en su casa, y corrieron a nuestro convento a pedir confesor; envió el prior a un bonísimo religioso llamado Fray Domingo de Besurtén, hijo de esta provincia y natural de Vizcaya, extremado predicador, y muy estimado en la villa. Corrió llevado de la claridad, y de la obediencia a confesar a los heridos, y pudiera ir muy despacio, porque ella sanó dentro de ocho días, y el no murió en aquellos seis meses, habiendo sanado de la herida. El caritativo padre Fray Domingo corrió a la confesión, ansioso de acudir a la obra de caridad, y un hombre sacrílego padrastro de la mujer, le atravesó las entrañas pasándole el cuerpo con la espada, y el siervo de Dios no le dijo otra venganza, sino ¿Por qué me has muerto? Perdónetelo Dios. Lleváronle al convento, donde habiendo recibido los sacramentos con ansias de devoción, sin hacer acto de venganza, antes perdonando al sacrílego vivió dos días, y murió hecho mártir de la obediencia y de la caridad… (p. 857)
Sobre el terrible destino del victimario, de la Calancha, afirma:
El marido que hirió al sacerdote, amaneció muerto sin confesión; un cuñado del matador que le defendió y vino a Lima, a negociar que la religión perdonase la muerte (cosa que sin escusa hizo el provincial) desembarcando en Chérrepe de un navío suyo, gozolo de llevar el perdón, subió en una excelente mula, y a pocos pasos le arrojó de sí, quedándosele un pie en el estribo, y habiéndole despedazado la mula, lo metió en su casa dividido en pedazos.
Una vez más, de la Calancha expresa en el texto su creencia y, seguramente, la de todos los religiosos de la época sobre el signo sagrado del sacerdocio y las consecuencias que implica afrentar a los religiosos:
Tiemble el secular de perder el respeto al sacerdote, pues castiga Dios con más rigor al que le hace desprecios que al que al mismo Dios  ofende con agravios. confundiéndolos en cuerpo y ánima a los infiernos perdurables, tragando con ellos sus tabernáculos, sus alhajas y sus haciendas; con que dejo declarado, que si sufriere los agravios que le hacen, ha de castigar con tan horribles penas, los desacatos que a sus sacerdotes hiciere… ¡Oh inmensa honra del sacerdocio! Que quiso Cristo más probar que era Dios por ser sacerdote, que no alegar pruebas de que era hijo natural, unigénito y eterno de su eterno Padre infinito Dios, honrándole esta vez con el sacerdocio, y no con su propia divinidad. Pero todo lo dispuso cristo, para que ni se atrevan con agravios al sacerdote, ni dejen de adorar todos al sacerdocio (p. 857)
5.     Conclusiones
La “Crónica moralizada de la orden de San Agustín en el Perú” (1639) de Fray Antonio de la Calancha es un texto histórico que muestra algunos hechos considerados relevantes por el religioso en los tres primeros años de existencia de la Iglesia y convento de San Agustín de Zaña. Su lenguaje es comprensible y típico de los escritos históricos de la época. No profundiza en detalle sobre las ocurrencias al interior o sobre la vida conventual, considerando la sacralidad de las personas de los sacerdotes o religiosos a quienes denomina “cristos”. Su condición de religioso le lleva a citar constantemente figuras bíblicas. No hay referencia alguna a las condiciones de vida del poblador zañero y sus diferentes castas; es posible inferir la opulencia de algunas familias por las referencias que hace en tres ocasiones a las limosnas y donativos alcanzados a través de la cofradía de San Nicolás. El texto brinda una presentación con poco detalle del inicio del ministerio agustino en la actual zona lambayecana. Es de gran importancia indagar en documentos datos que permitan conocer más sobre el aporte de la orden agustina en Lambayeque colonial como parte de la investigación sobre la Historia de la Iglesia lambayecana.




[1] Ver en Perú cristiano (2000) de Enrique Fernández, p.118
[2] Ver en la iglesia y los eclesiasticos españoles en la empresa de indias (1954) de Antonio Ybot León, p. 745.
[3] Ver en Historia del Convento de San Agustín de Salamanca (1652) de Fray Tomás de Herrera, p. 412
[4] Ver en Ensayo de un diccionario de artífices de Rubén Vargas Ugarte, pp. 21-22; Burón, Documentos, p. 41
[5] Ver Opulencia y fatalidad en San Agustín de Saña en el Perú, siglos XVII al presente (2015) de Sandra Negro y Samuel Amorós, p.3 – 4.
[6] Ver en  Opulencia y fatalidad en San Agustín de Saña en el Perú, siglos XVII al presente (2015) de Negro & Amorós, p. 3
[7] Ver en Crónica moralizada de la orden de San Agustín en el Perú (1639) de Fray Antonio de la Calancha, p.853.

lunes, 10 de julio de 2017

Trato a los Chinos en Cayaltí: Sobre las Colinas de Arena

Una Comunidad China en la Costa del Perú
(S/a - S/f)

Según Fernando de Trazegnies (1994) “de manera genérica, no puede decirse sin matices que los chinos estuvieron mal tratados en las haciendas donde cumplieron sus contratas: hay casos de buen trato y casos de mal trato”. Sin embargo, hubo quejas del maltrato recibido por los chinos en muchas haciendas de la costa, lo cual motivó que el 27 de enero de 1885 el Comisionado General chino en el Perú, Ghiu Chi Yeung en carta dirigida al Diario “El Comercio”, manifieste: “¿Por qué es que los chinos se prestan a contratarse para ciertas haciendas y no para otras? Tomen ustedes un intérprete chino y vayan al distrito en que habitan los chinos y encontrarán ustedes que existen listas de las haciendas a donde reciben buen trato y lo contrario, y naturalmente se oponen a contratarse para ser maltratados”.
En 1887, una comisión del gobierno chino integrada por los diplomáticos Moore Chan Fan y Ling Y You y asesorada por el militar peruano, representante del Ministerio de Gobierno, Tte. Crnl. Emilio Escobar y Bedoya; visitó las haciendas del litoral peruano entre ellas las ubicadas en Chiclayo y Lambayeque. Su objetivo fue observar in situ la condición de los trabajadores chinos llegados al Perú desde 1849 bajo el sistema de “contrata” y la de aquellos que habiendo concluido su contrato iniciaba la “recontrata”. En el expediente de archivo sobre estas averiguaciones ubicado en la Biblioteca Nacional no se encuentra la versión de los diplomáticos chinos pero sí la de Emilio Escobar quien afirmó “el resultado general de la inspección ha sido satisfactorio, salvo excepciones que han encontrado remedios conciliadores con intervención de mi autoridad… me felicito que se haya conocido de manera auténtica el estado de prosperidad en que se encuentra la colonia asiática y el buen trato que reciben los individuos de ella…” y sobre lo observado en Cayaltí, mencionó “…la comisión china quedó sumamente complacida del buen trato que reciben sus compatriotas como igualmente el que suscribe, del orden y exactitud en todos los trabajos de la hacienda indicada…”.
Trazegnies afirma que el “buen trato” recibido por los chinos en Cayaltí fue debido a que los señores Aspíllaga “fueron particularmente humanitarios y considerados con sus trabajadores chinos…” aunque reconoce que “el trato era estricto pero ordenado y sujeto a reglas”, lo cual es contradicho por la afirmación del historiador Michael Gonzales en su investigación “La experiencia china en Cayaltí: 1865 – 1900” en la que afirma “la vida en Cayaltí fue dura y muchas veces cruel para los chinos… los Aspíllaga se prepararon bien para la inspección cubriendo todas las cosas e impresionando a los comisionados con sus buenos modales” mientras Humberto Rodríguez Pastor, sostiene que las observaciones favorables de la comisión en Cayaltí se deben a que se entrevistó a “chinos libres” es decir a quienes ya habían concluido su contrata y trabajaban como peones libres o arrendatarios de parcelas.
Los Aspíllaga, expropietarios de Cayaltí
Foto de Cudelio Córdova (s/f)


Perú, el país de las colinas de arena fue el nuevo hogar de los hijos del celeste imperio; así lo vio  Juan de Arona que en “Inmigración en el Perú” (1891) dedicó a los chinos los siguientes versos “No hay donde al chino no le halles/ desde el ensaque del guano/ hasta el cultivo en los valles/ desde el servicio de mano/ hasta el barrido de las calles/ Aún de la plebe es sirviente/y no hay servicio ¿lo oís?/ que él no abarque diligente/ ¿Y la gente del país?/¡Está pensando en ser gente!//”

Lambayeque y Fernando VII: El Fidelismo de los Indios Privilegiados

Retrato de Fernando VII pintado por Goya para
el ayuntamiento de Talavera en 1808 .

Las Cortes de Cádiz fue “la Asamblea constituyente inaugurada en San Fernando el 24 de septiembre de 1810 y posteriormente trasladada a Cádiz hasta 1814 durante la Guerra de la Independencia Española”. En ella representantes de toda España y sus colonias de ultramar trataban de mantener la unidad en torno a la figura del exiliado Rey Fernando VII a quien juraron fidelidad. En la sesión del día 4 de mayo de 1812 ante las Cortes de Cádiz en España, se presentó “una representación (documento/carta) del cabildo, justicia y regimiento de naturales de la ciudad de Lambayeque” fechada 10 de octubre de 1811 dando gracias a las Cortes y por su intermedio al Rey Fernando VII por la eliminación a su favor del tributo indígena que “…pagaban en señal de vasallaje”. Esta fue “la primera vez que los indios habían hablado directamente al soberano” según Faliu (uno de los representantes en las Cortes); otro, el Sr. Guridi y Alcócer pidió se les reconozca como “súbditos” y no como “vasallos”. Propuesta que no se aprobó por oposición del Sr. Faliu.
Pintura de Casado del Alisal sobre el juramento de los
representantes a las Cortes

La carta contiene párrafos interesantes que comparto: “Señor el paternal amor y desvelo con que nuestro incomparable monarca el señor D. Fernando VII y en su real nombre el consejo de regencia, depositario de la soberanía, procura la felicidad de sus vasallos, difundiendo sus gracias sobre todos los de estos reinos, hace al cabildo de naturales de esta capital de Lambayeque el objeto de sus piedades, a ejemplo de los augustos católicos soberanos sus ascendientes, mirando desde esas distancias a sus miserables indios con aquella ternura paternal propia del piadoso corazón de V. M derramando sus beneficios con preferencia a los demás vasallos. Estos conocimientos, señor nuestro amo, llenan a este pobre cabildo y a su comunidad de complacencia; y que nuestra humildad y gracias que damos y exención de tributos con que nos ha distinguido, lleguen a sus oídos, porque no hay bien  que no nos desee, reconociendo que era el único derecho que pagaba la nación en reconocimiento del vasallaje debido a su soberanía y suprema protección, consultando nuestro alivio y que se haga menos molesta una contribución que por sí misma era tan corta; por lo que sumiso y rendido da este miserable cabildo, justicia y regimiento por sí y a nombre de su común las debidas gracias al consejo de regencia que hoy representa a nuestro católico monarca a quien se va a dedicar una misa solemne en acción de gracias el domingo 20 del corriente mes con iluminación de calle; pidiéndole a Dios nuestro señor dilate muchos años la real importantísima persona y el feliz reinado de vuestra majestad para amparo de la nación y demás estos vasallos" ("Diario de sesiones de las Cortes Generales y Extraordinarias - Tomo IV - N°559 - p. 3139)
Algunos párrafos de esta carta llaman la atención considerando que ya por ese tiempo en Lambayeque se habían producido revueltas contra la autoridad colonial: En 1785, se produjo una revuelta de chiclayanos contra los hermanos Juan José y Juan Alejo Martínez y Pinillos, propietarios de la Hacienda Pomalca, por los abusos contra los indígenas de esta tierra a quienes confiscaban ganado y castigaban duramente por, supuestamente, “invadir sus propiedades”. El 15 de enero de 1804, el procurador indígena Clemente Anto, se subleva después de una “larga y persistente actitud de defensa de sus paisanos…” (Figueroa e Idrogo, 2004). Fue apoyado por ex esclavos (zambos, mulatos, morenos) mestizos y plebe (indios forasteros). En 1784, el zambo José Patrocinio Faya (“Geraldo”) fue injustamente acusado de revoltoso y encarcelado. Junto  otros presos, logró escapar y al grito de “¡Viva el rey y muera el mal gobierno, que no hay justicia en Lambayeque!”. En 1779, se produjo una protesta de milicianos “pardos” y “morenos” del Partido de Lambayeque contra los cambios en el régimen de tributación que se inició en 1778.

Habrá que considerar que los autores de la misiva fueron indios privilegiados y acomodados al status quo de la época. Además, el lenguaje usado es propio del fidelismo motivado en el virreinato peruano por Abascal quien propició juramentos de fidelidad en las principales ciudades y dictó un bando enunciando a Fernando VII “Rey y Señor de España y Emperador de las Indias…amor al Rey y la decisión de ser inseparables de su majestad y sus órdenes…”. Los indios privilegiados de Lambayeque mostraron estar de este lado. 

martes, 27 de junio de 2017

La Elección Municipal en Lambayeque - 1813

Página de presentación de la Constitución de Cádiz de 1812

Antes de 1813 en Lambayeque como en el resto del Perú colonial los cabildos o ayuntamientos, conformados por alcaldes, regidores y procuradores síndicos, se habían constituido por el sistema de Regimiento Perpetuo (Cargos a perpetuidad durante el siglo XVI) y el de venta y tráfico de oficios, inclusive hasta el siglo XIX. En 1813, con la vigencia de la Constitución de Cádiz, se ordenó el cese de los oficios perpetuos, la instalación de ayuntamientos en pueblos con más de mil almas (personas), la elección de oficios en proporción con la población y el inicio de la gestión edil (por espacio de un año) a partir del 01 de enero, y actos de elección se realizarían en diciembre. La reelección se permitiría solo después de dos años y para ser elegido se debía tener 25 años o más y 5 años de residencia. La constitución de 1812, liberal por su contenido, se elaboró en ausencia del Rey Fernando VII debido a la invasión francesa de España y la elección arbitraria del José Bonaparte como Rey hispánico. La norma garantizaba a las personas  “libertad de escribir, imprimir y publicar sus ideas políticas sin necesidad de licencia, revisión y aprobación alguna anteriores a la publicación” entre otras disposiciones novedosas.
El proceso de 1813 fue convocado por el Virrey Abascal, cumpliendo con el Decreto de las Cortes del 31 de octubre de 1812, y se desarrolló en casi todo el Virreinato del Perú entre diciembre de 1812 y el trascurso de 1813. En Lambayeque se elegiría 2 alcaldes, 8 regidores y 2 procuradores síndicos. Es oportuno mencionar que no todas las autoridades del interior del virreinato estuvieron de acuerdo con lo dispuesto en la Constitución de 1812, así ocurrió en la Intendencia de Trujillo a la cual pertenecía el Partido de Lambayeque.
En el pueblo de Cinto del Partido de Lambayeque, según Valentín Paniagua (2003) las elecciones se realizaron bajo la regulación antigua: “Los indios nobles protestaron por la elección de indios del común para los empleos municipales…sostenían que los elegidos eran indios de escasa y nula instrucción…” con lo cual pretendieron descalificarlos. Nuria Sala Vila (2007) refiere a Christine Hunefeldt e indica que en la protesta los indios principales señalaron que “…habiendo indios de más instrucción que huyen de la embriaguez sufren mantener de alcaldes a quienes notoriamente tienen este vicio y ninguna capacidad para el desempeño de su cargo”; solicitaban la nulidad de las elecciones para convocar otras que tomaran en cuenta el respeto de los derechos de los principales o indios nobles.
En el pueblo de Chiclayo los vecinos presentaron una petición al subdelegado para la conformación del ayuntamiento y ante su negativa exigieron ante el Intendente de Trujillo, Gil de Taboada, la conformación del mismo. El intendente, fiel a la normativa antigua, eligió arbitrariamente al alcalde de españoles desencadenando la protesta de los vecinos chiclayanos que exigieron el respeto a la nueva constitución.   

En 1814, todo volvió a la “normalidad” con el retorno al poder del Rey Fernando VII. La gente coreaba “El regreso de Fernando” que a la letra decía: Vuelve al trono, Fernando querido/ sube en brazos del pueblo más fiel/ Tu le harás tan feliz como ha sido/ sostenido y vengado por el//.

Referencias Bibliográficas:
1. Paniagua V. (2003) Los orígenes del gobierno representativo en el Perú. Lima: Perú. Ed. PUCP
2. Sala N. (1993) La Constitución de Cadiz y su impacto en el gobierno de las comunidades indígenas en el Virreinato del Perú. Madrid: España.Boletín americanista.

viernes, 23 de junio de 2017

La Goleta "Francisca" y su hundimiento en el Puerto de Santa Rosa


Gracias a la generosidad del historiador piurano Leonardo A. Rosas Vallebuona, presidente de la Sociedad de Fundadores de la Independencia de Piura; he obtenido copia de su obra “Los Rosas – Varela del Perú” y de una carta fechada 10 de mayo de 1840 recuperada del Archivo Histórico de Marina – Capitanía del Puerto de Lambayeque – Folios 2 y 3, en la que el capitán del Puerto de Santa Rosa, Juan de Corrochano, informa al Contralmirante General de Marina y este, a su vez, al Ministro de Guerra y Marina, Ramón Castilla y Marquesado, el hundimiento de la goleta “Francisca” frente al litoral lambayecano. La carta de Corrochano enviada a Lima por el correo de valles inicia aseverando: “Pongo en conocimiento de usted que el día 8 del presente al amanecer que a barlovento de este puerto varaban fragmentos de buque…”. Menciona que ante lo ocurrido “… en el momento me he puesto en marcha y he encontrado a sotavento del Puerto de Santa Rosa a las cinco de la mañana la goleta Francisca hecha pedazos sobre la tasca”. La goleta estaba comandada por el capitán Manuel Antonio del Corazón de Jesús Rosas – Varela Grados y su nombre fue en honor a la madre del capitán de la nave la dama Francisca Grados, acaudalada dama lambayecana casada con el gallego José Simón Rosas-Varela y Galdo.
La misiva muestra las medidas inmediatas del capitán de puerto “… mi primer cuidado fue el salvar la gente que con grandes voces pedía socorro…” así salvó a cinco hombres y al piloto de la nave para lo cual mandó traer “… de Santa Rosa veinte caballitos pescadores” o caballos de totora. Los sobrevivientes informaron al capitán del puerto que “… habían varado desde las dos de la mañana y que la lancha se ha dado un golpe de mar con el resto de la gente” indicaron, también, que la embarcación fue auxiliada por los buques que estaban cerca del puerto y lograron salvar a tres pasajeros, un marinero y un mozo. El capitán de marina Don Manuel Rosas – Varela y Grados, su amigo Don Manuel Goyburu y un criado perecieron en el accidente. Agrega Corrochano que el accidente y pérdida de la embarcación se produjo “… por la ignorancia y descuido de su capitán y oficiales…”; luego agrega el sumario de la carga e indica “… La carga del buque se componía la más de sal, un poco de tabaco y fardos de cordobán que sacó de Paita”.
Según Leonardo Rosas “El cuerpo del joven capitán, de 32 años de edad, finalmente pudo ser rescatado del fondo del mar. Murió soltero y sin dejar descendencia conocida. Su cadáver fue enterrado, de mayor, 3 días después del naufragio de la goleta Francisca en el cementerio de Lambayeque. La tumba del capitán Manuel Antonio Rosas-Varela, actualmente ha desaparecido no así el recuerdo del trágico hundimiento de su embarcación en el puerto de Santa Rosa”.  
¿Será posible en este tiempo recuperar alguno de los restos de ese naufragio?

martes, 4 de abril de 2017

El Proceso a Charles Sutton

Ing. Charles Sutton

En 1925 se produjo en la costa norte del Perú el Meganiño o “mojadera del 25”. El ingeniero geógrafo estadounidense Charles Wood Sutton era jefe de la Comisión de Irrigación de Piura y Lambayeque (Conocida como Irrigación de Olmos) y participó, a pedido del Presidente Augusto Bernardino Leguía, en el control de las inundaciones y en la rehabilitación de las zonas afectadas.
Calle real, hoy "Elías Aguirre" de Chiclayo
Fenómeno "El Niño" 1925

Según Arturo Rocha, la magnitud del fenómeno fue tal que los diarios limeños “La Prensa” y “El Comercio informaron que Chiclayo se había convertido en una inmensa laguna no habiéndose presentado lluvias similares desde 1891 “cuando las lluvias torrenciales duraron más de dos meses y hubo tempestades, truenos y relámpagos”. En uno de los hechos más notorios de dicho fenómeno, el Río Reque, corriente de aguas no natural por haber sido antes la acequia Lemap o Lémape, se desborda de manera inusitada al producirse la “quiebra” del Lambayeque a su cauce. Entonces, la escasa capacidad de los cauces de ríos y canales (como el Taymi) no evitó que las aguas desbordaran a centros poblados y tierras de cultivo.
Caída del Puente Eten - Fenómeno "El Niño" de 1925

Cuando los daños se hicieron mayores, el gobierno pidió a Sutton dedicar sus esfuerzos y recursos a labores de control, rehabilitación y reconstrucción. La Comisión de irrigación disponía de 47 millones de soles que utilizó en su mayor parte para ejecutar el pedido de emergencia dado por el gobierno ocasionando, de manera natural, la lentitud y postergación de algunas acciones en favor del Proyecto de Olmos. En 1930, cuando Leguía no era Presidente, Sutton fue acusado de corrupción por los “exorbitantes gastos efectuados en obras completamente distintas de las que le habían sido encomendadas…” fue sin duda un juicio político, permitido por Sánchez Cerro, absurdo, abusivo y sin razón. La historia evidencia que aquellas obras fueron caminos, conexiones de agua potable, reconstrucción de puentes, reforzamiento de cauces, entre otras.  
Parque principal de Ciudad Eten inundado
Fenómeno "El Niño" de 1925

Durante el juicio el abogado defensor de Sutton Sr. Luis Pérez Santisteban, mencionó: “cuando Lambayeque iba a perecer en el torbellino de las aguas enfurecidas y el señor Leguía le pide telegráficamente a Sutton que salve a su tierra nativa, ese hombre que hoy vais a juzgar permanece más de ocho días dentro del agua, hasta la cintura, dirigiendo en medio del peligro a los millares de hombres que se dispusieron para salvar a esa ciudad legendaria ¡Y la salvó! Costándole a Sutton una violenta fiebre tifoidea que lo empujó hasta el borde de la tumba”.
"Esperando la Caridad" afectados por el Fenómeno "El Niño" de 1925
en la Iglesia Santa María hoy Catedral de Chiclayo.

Jorge Basadre, refirió sobre el hecho: “A Sánchez Cerro que Olmos no era sino una farsa y Sutton un vulgar ladrón. Inclusive una noche en Pimentel se le quiso asesinar y de ello se libró por la lealtad y el valor de sus amigos. Luego fue sometido a prisión y a vejámenes. Hubo jueces que le abrieron un juicio por el robo, malversación o dilapidación de ochenta millones de soles…”
Molino Mocce - Fenómeno "El Niño" de 1925

A pesar de todo, Sutton se nacionalizó peruano y falleció en 1949. Recordando tan amarga experiencia mencionó a su amigo Rosendo Chávez que en aquella ocasión “me arrebataron hasta las cartas de mi madre”.
A Sutton se le reconoce hoy como “Padre de la Irrigación Peruana”.




martes, 28 de marzo de 2017

El Eclipse Total de Sol del 25 de Enero de 1944

Fotografía del eclipse de sol captada por la Comisión Mexicana
que visitó Chiclayo el año 1944

La publicación mexicana “Ciencia: Revista Hispanoamericana de ciencias puras y aplicadas” en su edición del 15 de julio de 1944, contiene entre las páginas 3 y 7 el artículo “El eclipse de sol del 25 de enero de 1944” de autoría del astrónomo mexicano Joaquín Gallo Monterrubio. Se trata de la narración del eclipse total de sol ocurrido en esa fecha en la ciudad de Chiclayo y que fue observado por una Comisión enviada a nuestro país por el entonces presidente mexicano Gral. Manuel Ávila Camacho por iniciativa del Prof. Luis E. Erro, Director del Observatorio Astrofísico de Tonantzintla (Puebla) y el Gobernador del Estado de Puebla Sr. Gonzalo Bautista.
Aprobado el traslado de dicha comisión, en Mexico, se preparó el instrumental a utilizar contando con el apoyo del Dr. Rodulfo Brito Foucher, Rector de la Universidad Nacional de Puebla, y el Dr. Harlow Shapley, Director del Observatorio de Harvard. Se empacaron el 23 octubre de 1943: un celostato Gautier de dos espejos, un refractor Grubb de 15 cm de diámetro y una cámara fotográfica con lente fecker de 3”. El traslado del instrumental y miembros de la comisión integrada por los Sres. Félix Recillas, José Alva, Luis Zubieta, Pedro Montejo, Hugo Cuesta Jara, Eduardo Gallo y Joaquín Gallo Monterrubio, se hizo a bordo de la embarcación cañonera “Querétaro”. La delegación “tocó los puertos de Salina Cruz, Panamá, Guayaquil y Callao… permaneciendo dos escasos días en Lima y partiendo el 5 de diciembre rumbo a Chiclayo” (Gallo, 1944)
Ya en Chiclayo, narra Joaquín Gallo, “después de presentar nuestros respetos al Sr. Prefecto de Lambayeque, y con la amable compañía de su secretario recorrimos la población en busca de un local apropiado para instalarnos. Elegimos los terrenos anexos al centro escolar 221, a poco menos de un kilómetro al oeste de la plaza principal de Chiclayo” (Ibídem) Dos días después se iniciaron la instalación de los equipos y los trabajos de observación. Gallo reconoce la buena voluntad manifestada en todo tiempo por la población y las autoridades de Chiclayo. La delegación mexicana estuvo en Chiclayo 26 días.
Según el historiador Miguel Díaz Torres, los mexicanos se hospedaron en el Hotel “Europa”. Era alcalde de Chiclayo el Sr. Nicolás Cuglievan y Prefecto de Lambayeque Adriano Baca. Fue tan importante el evento que ganó la atención de la revista “Sky and telescope” (Octubre de 1943). En nuestra ciudad los eventos fueron cubiertos por los periódicos “El Tiempo" y “El País”. Arribaron delegaciones peruanas como la Comisión científica de la Facultad de Ciencias de la Universidad Mayor de San Marcos representada por el Ing. Juan Portocarrero y el doctor Alfredo Rosenblat… La Comisión de la Marina estaba presidida por el Contralmirante Carlos Rotalde, la del Ministerio de Aeronáutica por el coronel B. White y la Comisión del Ejercito estuvo a cargo del Coronel Dianderas al que secundaba el Comandante B. Vallenas. Los visitantes fueron hospedados por el Coronel M. Escalante, jefe de la Base Aérea, en sus instalaciones
Antes de iniciarse el eclipse se observó un arco circunhorizontal debido a la presencia de “nubes cirrus muy tenues…”. Gallo, refiere: “Recuerdo que me llamó la atención la luminosidad del cielo… la coloración con tintes amarillentos y algo verdosos...” (Ibídem)
El eclipse, de acuerdo a las conclusiones del Gallo Monterrubio, fue similar a otro ocurrido el año 1900, con la novedad de la presencia del arco circunhorizontal y la percepción clara de las denominadas plumas polares.
Gallo finaliza su informe asegurando que “Mis compañeros, los miembros de la comisión mexicana,… demostraron por doquier su caballerosidad y por esto fueron acreedores a las continuas demostraciones de simpatía que el pueblo de Chiclayo les tributó, así como el que recibió nuestra querida patria en una manifestación popular dos días antes de que abandonáramos esa simpática población” (Ibídem)
Refiere Díaz Torres: “Durante la mañana del 30 de enero, la Comisión Mexicana salió del hotel Europa con su equipaje rumbo a la agencia Roggero de la calle Elías Aguirre frente al parque principal” (Díaz, 1989)





lunes, 27 de marzo de 2017

Historia de los Cementerios de Chiclayo

Cementerio del Barrio Patazca a inicios del siglo XX

El primer cementerio de Chiclayo en el siglo XVI, según Augusto león Barandiarán, se ubicó en el terreno que luego ocupó la Iglesia Matriz, en la actual calle San José. El segundo Calvario o cementerio desde el siglo XVII estuvo frente a la antigua Iglesia Matriz en el espacio que se conoció como el “Parquecito Bolognesi” o “Parquecito Cabrera” y se extendió hasta la Calle Real (actual Calle “Elías Aguirre”) y los Portales Gonzalez (actual Club de la Unión). Según Walter Saenz Lizarzaburu “Este cementerio era para gente pobre, ya que los fallecidos de cierta categoría económica eran sepultados en el propio convento de San Francisco o en su Capilla” (Saenz, 1988). El tercer calvario ocupó el terreno del actual Parque principal de la ciudad; según León Barandiarán “consta que resolvieron los franciscanos José Flores y Francisco de los Reyes a fin de que estuviera cerca del convento y no lejos del anterior cementerio”.
Cementerio El carmen en 1926

A medida que fue desarrollando la población, bajo el impulso de esa fuerza incontenible de crecimiento que distinguió siempre a Chiclayo desde sus comienzos, hubo necesidad de un nuevo cementerio, el cuarto, que fue construido en el antiguo “Barrio Patazca” actual Urbanización Chiclayo o Patazca, muy cerca de la zona que hoy ocupan el Círculo Departamental de Empleados y el Edificio Residencial FAP. Cuando en la década de 1940 se inician las obras de la “Urbanización Chiclayo” a cargo de Don Francisco Cúneo, quedan expuestos una serie de restos entre ellos los que actualmente se encuentran en la casa de las “Trece animas benditas”, de la cuadra uno de la Calle Juan Manuel Iturregi, se debe cambiar de ubicación al cementerio. El quinto cementerio o “Cementerio General” o Cementerio “El Carmen” se edificó a la altura del entonces llamado Cerrito de Pimentel, terreno destinado desde 1917 para el nuevo calvario o cementerio de la ciudad. Vale agregar en esta lista al Cementerio Chino de Chiclayo ubicado a pocos metros del Cementerio el Carmen y que es propiedad de la colonia china de nuestra ciudad.
Cementerio de la Caleta San José en 1971


Los nuevos cementerios de Chiclayo de fines del siglo XX e inicios del siglo XXI son de propiedad privada: Jardines de la Paz y El Angel. Otros cementerios de la Provincia, según el documento “Relación de Cementerios” (s.f) son: Juan Pablo Cortez (Cayaltí) Nazareno cautivo (Monsefú) San José Obrero (La Victoria) El Carmen (Pomalca) Tumán (Tumán) Reque (Reque) San Pedro (San José) Zaña (Zaña) Divino maestro (Callanca) General de Chongoyape (Chongoyape) San Pedro (Puerto Eten) San Pedro (Santa Rosa) Comunitario (Chongoyape) Santa María (Chiclayo) El Carmen (Pimentel) Parque del Norte (Pimentel) San Gabriel Arcángel (Chongoyape)

miércoles, 22 de marzo de 2017

José D. Effio, Pintor Costumbrista Lambayecano

"El Velorio" (1900) - José D. Effio

Revisando el tercer tomo de la Colección Museo de Arte de Lima (MALI), que contiene información y hermosas ilustraciones de la colección de pinturas peruanas producidas entre las dos primeras décadas del siglo XIX e inicios del XX, aparecen en el capítulo “Costumbrismo” junto a las creaciones del famoso Pancho Fierro, las del excelente artista plástico lambayecano José D. Effio, pintor costumbrista nacido en Monsefú en 1845 (aunque hay hasta tres versiones distintas del año de su nacimiento) y reconocido como pionero de la pintura histórica que desarrolló toda su carrera en Lima, ciudad donde falleció en 1920.
Effio, fue discípulo del famoso pintor español Ramón Muñiz su maestro particular en Lima. Entre sus principales obras se cuentan los oleos “Jarana” (1893) “Fundación de Lima” (1897) “El velorio” (1900) y “La venganza de Cornaro” (1907). Es considerado el continuador de la obra de Pancho Fierro, y con él “surge también un corto auge de escenas costumbristas en la pintura al óleo. Para entonces el costumbrismo, se había asociado casi exclusivamente a Lima, la única ciudad que logró desarrollar una tradición sostenida de imágenes de este tipo” Su obra ha sido ubicada en la corriente pictórica peruana denominada neo academicismo junto a la de Carlos Baca Flor, Francisco Canaval, David Hernández, Alberto Lynch, Francisco Masías, Teófilo Castillo y Enrique Domingo Barreda.
Fue el único artista plástico de su generación que prefirió hacer carrera y nutrirse de información estética en Perú decidiendo no viajar a Europa. Rocío Dueñas, historiadora del arte peruano, afirma sobre el aporte de Effio: “concentró su interés en temas locales y supo captar algunas costumbres de la Lima de fines de siglo e imprimió a sus composiciones un sentido de humor, sobresaliendo la alegría y el colorido de sus cuadros...” (Dueñas, 2010). A fines del siglo XIX Doña Adelina Concha crea, con sus propios recursos, los Concursos de Pintura y escultura Concha. Así, en el de 1897, el primer premio lo obtuvo el pintor Juan Oswaldo Lepiani con La oración en el huerto; Luis Astete ganó la medalla de oro y 200 soles por Reminiscencias; a Evaristo San Cristóbal le premiaron con 150 soles; José Otero recibió 200 soles por Los desocupados, y la pintura histórica La fundación de Lima de José Effio mereció el premio de 100 soles.
Fue miembro de la Logia Masónica “Parthenon N° 04” con sede en Lima, institución a la que también pertenecieron personalidades de la talla de Ricardo palma Soriano, Ramón Muñiz (su maestro) Henry Meiggs, el arquitecto Emilio Harth, entre otros; su nombre aparece en el cuadro de “Grandes Dignidades” de la Gran Logia del Perú del año 1882 y, en 1884. El documento denominado “Gran Logia del Perú 1884” contiene su nombre y aparece en la Comisión de Gran Tesorería en calidad de Recaudador. Dicha institución lo calificó como “hombre de bien, por su fraternidad y su servicio”.
La Revista Caretas de Lima, en su edición de junio de 1993, resalta la obra de Effio e informa sobre el descubrimiento del lienzo “Fundación de Lima” que había permanecido desde inicios del siglo XX ignoto y enrollado en una gaveta del Museo de la Cultura Peruana. Mientras en Lambayeque, José D. Effio es desconocido para la inmensa mayoría, en Trujillo se expuso su obra pictórica junto a la de otros costumbristas y neo clasicistas el mes de octubre de 2016 en la exposición "Historia Visual de la Pintura Peruana 100 años/25 pintores" en la Galería de Arte de ADUPAO.

He tenido el placer de apreciar sus obras y he podido notar su chispa histórica costumbrista y satírica; su visión realista, ingenua e ilustrativa (como anotara Julián Oñate). Ojalá y algún día como efecto del fortalecimiento de nuestra identidad y el aprecio por el aporte de ilustres lambayecanos podamos apreciar en nuestra tierra la brillante y hermosa obra de nuestro insigne personaje.

Los Restos de José Eufemio Lora y Lora

José Eufemio Lora y Lora (JELYL)

Según el poeta Alberto Aznarán “El 14 de diciembre de 1907, a las 11 de la mañana muere en el Hospital de la Charité, el joven poeta José Eufemio Lora y Lora, a raíz de la herida mortal (el doctor legista precisa por fracturas múltiples, principalmente en la base del cráneo) causada por el Metro luego de haber caído accidentalmente a la línea férrea en la estación 4 de septiembre de la línea 3 del metro parisino. Además de sus papeles de identidad, llevaba con él un Carnet que lo acreditaba como redactor del periódico La América Latina y 250 francos. La partida de defunción establecida por la Alcaldía del Distrito VI de París el 15 de diciembre, indica que José Lora (así se le llamaba en Francia), de 23 años, era nacido en Chiclayo-Perú, Hombre de Letras, domiciliado (en el Hotel), N° 44 rue de Jacob, París VI, soltero y de padres difuntos, de los cuales se desconocen sus nombres. El 18 de diciembre, el joven poeta es sepultado en el Cementerio de Bagneux en la División N° 96, Fila N° 4, Tumba N° 2. En 1912, cinco años después de su muerte, termina la concesión de su tumba, y como no fue renovada, los restos mortales de José Lora fueron lanzados a la Fosa Común” (Aznarán, 2007). Tan dramático hecho no pasó desapercibido. Nicanor de la Fuente, refiere: “(a su entierro) acudieron no solo escritores y poetas del Perú y de Latinoamérica, ya que también hicieron acto de presencia elementos representativos de las letras y organismos culturales de París”.

El primer intento de repatriación de sus restos ocurre en 1923. El embajador peruano en Francia, Don Mariano H. Cornejo, en respuesta al oficio N° 112 que le cursara el Ministro Peruano de Relaciones Exteriores pidiendo informe sobre los costos que implicarían la repatriación de los restos, responde escuetamente: “Nos es grato incluir a Ud. el presupuesto que me ha presentado la casa LAMY TROUVAIN que incluye los gastos que ocasionaría el envío de los restos del poeta LORA al Perú. Como verá el Sr. Ministro, la suma es crecida, casi igual al precio de una estatua, 8.500 FF…” no he logrado identificar quien o quienes realizaron la petición al Ministerio.
42 años después, en 1965, el gobierno destina la cantidad de 60 mil soles a la repatriación de los restos del José Eufemio Lora. Así, “se organizó un comité cuya labor estaba dirigida a la construcción de un Mausoleo en el Cementerio General y a cumplir un programa de recepción de grandes proyecciones. En Lima mismo, el Club Lambayeque y otro comité, funcionaba activamente con el mismo propósito” (Nixa, 1967). Sin embargo, llegó de París la noticia abrumadora y desconcertante que daba cuenta de la desaparición de los restos del egregio poeta chiclayano. El gobierno central, a través de la legación en París, explicó que tal desaparición se produjo “porque los nichos temporales solo tienen valor de hospedaje por cinco años… (y) durante la invasión alemán se produjo el desalojo por cuanto el Perú no tuvo representación en esa fecha” (ibídem).
La versión del gobierno causó estupor y resultó en falsa si consideramos que Don Ricardo Miranda Romero, destacado escritor lambayecano (autor de la “Monografía de Lambayeque”) en carta dirigida a al escritor José Vicente Rázuri le comunicó su satisfacción  por haber visitado la tumba del poeta en París el 17 de diciembre de 1953. La versión de Miranda es considerada veraz debido a la calidad de su persona y su solvencia moral e intelectual.

El 20 de octubre de 1966, el entonces Presidente Arq. Fernando Belaunde Terry firmó la Ley 19296 que destina la cantidad consignada a la repatriación de los restos de Lora y Lora y entregada al Comité Pro repatriación, a la edición del libro “José Eufemio Lora y Lora y su Tiempo” del escritor José Vicente Rázuri y encarga al Concejo Provincial de Chiclayo la edición de la misma.