martes, 25 de octubre de 2011

"Riego de blancos, Riego de zambos, Riego de negros"

En los meses de febrero y marzo de 1578 se produjeron los aguaceros más torrenciales y destructores de la costa norte del Perú, siendo azotado especialmente por esta calamidad que se convirtió en inundación casi general, la costa del departamento de Lambayeque. Aquel torrente de agua destruyó todas las acequias y cauces aun los construidos por los incas y especialmente dio fin a la existencia de uno de los dos Taimis que existían en aquel tiempo, el Taimi de Túcume, quedando el Taimi de Ferreñafe. Trabajaron en la reparación de estos daños por más de tres meses cerca de dos mil indios al mando de Juan Conroy, Corregidor de la ciudad de Zaña, siendo el tambero del pueblo Rodrigo de Páez y de Saavedra. Por aquella época ya se encontraban en vigencia las ordenanzas sobre aguas de regadío que dictó el Doctor Don Gregorio Gonzales de Cuenca con fecha 3 de mayo de 1567 lo mismo que su respectiva reglamentación según Real Cédula del 4 de setiembre de 1570 relativa a la mejor distribución y aprovechamiento de las aguas de ambos Taimis.

Era cacique principal de Ferreñafe Don Juan Capilón, gobernador del repartimiento de Collique Don Martín Farrochumbi y del de Lambayeque Don Francisco Quiña. Mientras Juan de Oses representaba al primero, los dos segundos le recomendaron su defensa a Don Melchor de Osorno en la contienda judicial promovida por aquel contra los indios de Collique y Lambayeque por haber abierto tres acequias en el Taimi de Ferreñafe.

Con el objetivo ulterior de congraciarse con los españoles y ganar el pleito, Don Martín Farrochumbi, a quien le decían “El Viejo” y también “El Petrucio”, se convirtió al cristianismo haciéndose bautizar, habiendo sido de esta manera uno de los primeros naturales convertidos voluntariamente a la nueva religión en nuestro departamento. En realidad fue el primer convertido porque el primer natural o mochica bautizado había sido su padre o sea Cozco Chumbi hijo de Esquén Pisán y Chisfán Cegfiún con el nombre de Pedro de donde se explica que le dijeran al hijo “Petrocio” o sea Pedro chico.

En una de las tantas reuniones verificadas en el propio Taimi, en el fondo el mismo cauce que era bastante ancho puesto que esta última palabra es lo que significa Taimi en mochica se produjo un serio y sangriento incidente entre personeros, litigantes, esclavos, indios y zambos ayudantes que generó en contienda general entre todos, lo que dio como consecuencia que tres de las tomas de las diez acequias del Taimi fueran totalmente segadas en forma tal que hasta la fecha no ha vuelto a discurrir agua por ellas a pesar de las bendiciones y rogativas de los curas que acompañaban a los feligreses y que eran Rodrigo Días de Ferreñafe y Miguel Gutiérrez y Juan Osorno de Túcume. Esas tres acequias tenían el nombre de Col, Chin de choclo y Fala.

A fin de evitarse entre los naturales cuestiones futuras que tuvieran sangrientos resultados y repercusiones dolorosas sobre los derechos de aguas, resolvieron los mismos contrincantes al lado de los propios cadáveres y entre los ayes de los heridos establecer sus propias ordenanzas no según las leyes sino por diferencias raciales conviniéndose en establecer las siguientes medidas o derechos de riego:

PRIMERO: RIEGO DE BLANCOS. Acequia llena y agua hasta la altura de la cintura.

SEGUNDO: RIEGO DE ZAMBOS. Acequia media y agua hasta la altura de la cintura.

TERCERO: RIEGO DE NEGROS. Acequia rala y agua a la altura de los tobillos.

Y con los tres artículos que establecían tres medidas para tres clases de gentes diferentes se evitaron por muchos años las enojosas cuestiones derivadas del aprovechamiento de las aguas en nuestras tierras de sembrío.

Tomado de “Mitos, leyendas y tradiciones lambayecanas” de Augusto León Barandiarán.

En “Firruñap: Edición monográfica de la provincia de Ferreñafe” (Dirección del Archivo de Lambayeque, colección “Nixa”, revista Nº21, año 1966)



domingo, 16 de octubre de 2011

Los Primeros Signos de Modernidad: Chiclayo a Inicios del Siglo XX"



Capitán Humberto Gal'lino a bordo del bimotor
Cruz de Chalpón (Lima - 1939)

Tierra de Chiclayo, campos sonreídos
Del sol más poeta que alumbra el Perú
Sinfónicos toros, “mameyes” dormidos
Pinceladas suaves de sueños floridos
¡Tierra de Chiclayo, gran tierra, Salud!
(Juan Parra del Riego
En el teatro “Dos de Mayo” 1916)


Cuando, a inicios del siglo XX, se presentaban los primeros signos de modernidad; todo evento que conmocionara a la población (epidemias, accidentes, etc.) era, inmediatamente, ligado al “progreso”. Teodoro Rivero Ayllón indica en “Lambayeque: Sol, flores y leyendas” (pp.120) que “no faltó quien echara a rodar la especie que cundió, rápida, entre las gentes sencillas del lugar: ¡de seguro que la culpa es de la fábrica de luz!”. Los doce mil habitantes de nuestra ciudad por aquella época (indios, mestizos, negros, asiáticos y unos pocos europeos) vieron como, poco a poco, desaparecían las emblemáticas huacas de Los Peredo, de La Cruz y del Coliseo; fueron testigos del inicio del fin de algunas tradiciones populares (relaté en anterior artículo la de “La Burra del Señor”), de la aparición de nuevas calles y avenidas; así como del arribo de los nuevos inventos que llamaron la atención y despertaron la curiosidad del chiclayano de a pié. Sobre esto último doy a conocer, a continuación, breves detalles:

En 1912, las calles de Chiclayo ven recorrer por primera vez un automóvil piloteado por el aviador trujillano Carlos Martínez de Pinillos. Luego, los chiclayanos Emilio Silva, Herman Gorbitz y Alejandro Leguía cubrieron la ruta entre Chiclayo y Reque en un tiempo de 20 horas por el antiguo camino de Saltur.

Juan Bielovucic Cavalier, fue un aviador limeño educado en Francia. Logró en 1910 graduarse como piloto de aviones y obtuvo su brevete (Nº 87). En Enero de 1910 llega al Perú a bordo del vapor “Ucayali” trayendo su avión “Voisin” con el que realizaría una serie de vuelos ya como miembro de la Liga Pro – Avión fundada en Lima y dirigida por el general Pedro Muñiz. Uno de tales vuelos fue realizado en un improvisado aeródromo en la antigua Yutera de la familia Piedra entre Chiclayo y Monsefú. La experiencia, breve, resultó inolvidable para todos los presentes.


Bimotor "Cruz de Chalpón" (Lima - 1939)

En otros lares, los aviadores motupanos Humberto y Víctor Gal’lino Domenak a bordo de la nave de tipo Barkley – Grow T8P – 7, bautizada “Cruz de Chalpón”; intentó cubrir por primera vez la ruta New York – Lima. Partieron de la “Ciudad de los rascacielos” el 29 de octubre de 1939 y, después de 25 horas de vuelo, realizaron un aterrizaje forzoso en la Isla Puná (Ecuador) debido a una fuga de combustible. Dos días después, superado el impase técnico, alzaron vuelo logrando aterrizar en Lima el 01 de noviembre. Según Rivero Ayllón “Habían tenido 26 horas de vuelo, con lo cual batían un record de distancia sin escalas: 6500 Km”. La nave sirvió como transporte hasta 1945 cuando un incendio la consumió en la amazónica ciudad de Tingo María.

Elio Galessio en su trabajo “Breve reseña histórica de los ferrocarriles del Perú” indica que desde fines del siglo XIX ya funcionaban en nuestra región al menos dos ferrocarriles con fines comerciales y para apoyo de la actividad agroindustrial. Sin embargo, Chiclayo verá ingresar a la primera locomotora el lunes 28 de setiembre de 1914 a las 5 de la tarde. Tal acontecimiento significó algarabía inusitada. “El convoy (fue recibido) con banderas, guirnaldas y banda de música”.

Chiclayo es ciudad cosmopolita y “aldea alegre pintoresca y bulliciosa”. Es síntesis de lo urbano y lo rural. Es modernidad y crecimiento pero, aún en este tiempo, es tradición, recuerdo y nostalgia. Podemos repetir con Manuel Bonilla (“Allá en Cinto y Collique”):

“En mi región natal hay una aldea
Alegre, pintoresca y bulliciosa…
Allí cuando la aurora
Con sus luces colora
De la agreste colina la ancha falda
Chiscos, tordos, chiroques y jilgueros
Cruzando de arrozales el mar de oro
Modulan sus gorjeos placenteros…”







jueves, 29 de septiembre de 2011

Los Patitos de Oro de La Capilla "La Verónica" de Chiclayo



En Marzo del año 2010 publiqué el artículo “La Construcción de la Capilla La Verónica de Chiclayo” y referí que en 1927, Don Ricardo Miranda en su “Monografía General del Departamento de Lambayeque” (pp. 147) informa haber encontrado, sobre la capilla de “La Verónica”, un artículo publicado en un diario de la época, en el cual se informa que “siendo gobernador del distrito de Chiclayo, Don Enrique Vela, los indígenas julcas cedieron el terreno para la construcción de La verónica, al acaudalado hijo de esta población, Don José Leonardo Chiclayo “El Calvo” quien por tres veces la reedificó por haberse destruido en varias épocas”. Además se confirma que fue construida a principios del siglo XIX en el terreno que ocupó la casa de José Leonardo Ortiz ó José Leonardo Chiclayo (1782 -1854).

Un relato de Walter Sáenz Lizarzaburu en “Los Orígenes de Chiclayo” señala que: “En cierta oportunidad, que se hacían unas excavaciones en su casa, se encontró un entierro consistente en muchos objetos de plata labrada, destacándose por su tamaño, peso y adornos, una hermosa Cruz de plata maciza, que tenía por característica principal un delicado labrado de “La Verónica” secando el sudor del nazareno y que por una inexplicable rareza tenía una lejana semejanza con la hija del calvo llamada Ángela Chiclayo (Ortiz), descendiente directa de los caciques de Cinto, probablemente los primeros habitantes de Chiclayo. El calvo, hizo la promesa de construir con su propio peculio una Iglesia en su casa, o sea en el lugar donde se encontró el tesoro, si es que los gases de antimonio que despide la plata enterrada no le hacían daño. Como el “calvo” siguió viviendo y aprovechó el tesoro encontrado, cumplió con erigir la Iglesia, a la que puso por nombre “Verónica” en recuerdo de la imagen de esta santa encontrada y de la semejanza con su hija preferida”.

Basado en los aportes de César Toro quien recoge, en su “Antología de Lambayeque” (1989), los relatos de Don Francisco Arbulú Maradiegue y Doña Natalia de Vidaurre; estoy en condiciones de agregar que desde el mismo lugar en que fue encontrada la hermosa cruz de plata maciza con el labrado de “La Verónica”, “salían los patitos de oro, como una prolongación del milagro realizado”.

Eran en total seis, una pata y cinco patitos, que salían uno detrás de otro en las noches de luna llena. Cuando salían del lugar del entierro eran de plata, pero mientras caminaban y cruzaban la Huaca de los Peredo y después de bañarse en la Compuerta, salían convertidos en auténticos patitos de oro, “despidiendo áureos destellos y relumbrando en las noches iluminadas”.

Según la tradición popular, si en el entierro de la casa del “Calvo” se encontró un tesoro de objetos de plata labrada, en la Huaca de los Peredo y en el sitio de la Compuerta existe un entierro con objetos de oro repujado.

Debo indicar que fue Don Virgilio Dall’orso quien, como presidente del “Comité de Obras Públicas”, primero, y como alcalde, después, modernizó nuestra ciudad y ordenó prescindir de las Huacas que rodeaban nuestra ciudad hasta inicios del siglo XX: Huaca de los Peredo, Huaca de La Cruz, Huaca del Coliseo. En nuestro caso, la Huaca de los Peredo se encontraba prácticamente en el centro de nuestra actual ciudad. La Compuerta que referimos es la prolongación de la antigua acequia Coix



viernes, 16 de septiembre de 2011

Primero Paisano que Dios

     Don Cristóbal Pesantes y Bracamonte era un antiguo lambayecano, ciudadano adinerado y notable quien, para abril del año 1743, cumplía con una antigua tradición familiar. Es, en adelante, personaje principal de nuestra historia.

     Abril era el tiempo del señor, el pueblo se impuso normas y nadie las trasgredía. Todos vestían de negro, el trabajo era prohibido, nadie podía jugar ni hacer ruidos, las conversaciones eran en voz baja… eran días de luto, fervor y fe.

     Fueron los ritos de Semana Santa tan sagrados como vistosos y cargados de pompa y competencia entre los adinerados del pueblo. Cada familia notable debía hacerse cargo, por herencia, de celebrar las procesiones de tan magna fecha o al menos “vestir” o arreglar una de las andas. A Don Cristóbal le correspondía la procesión más vistosa, trabajosa y costosa de todas: “La Cena del Señor”.

     El anda de “La Cena”, hecha de madera de faique y algarrobo, llevaba hasta quince imágenes (Jesús, los Apóstoles, María Magdalena, Santa María Virgen) tenía incrustaciones y guarniciones de plata labrada, era “vestida” en dos semanas (al menos) y necesitaba de no menos de treinta cargadores para el largo y lento recorrido por todas las calles de la ciudad.

     El jueves Santo de 1743, a las tres de mañana, el anda ingresaba a la Iglesia, significando con ello el fin de la procesión. Por obligación, el vecino responsable debía hacerse cargo de desvestir o desarreglar el anda colocando cada una de las imágenes usadas en su respectivo altar. Don Cristóbal Pesantes vigilaba de cerca, acompañado por su paisano, amigo de infancia y pariente Don Diego Vigil del Castillo, tan esforzada labor. El peso de la responsabilidad lo tuvieron, en la práctica, los empleados de Don Cristóbal y los fieles devotos que voluntariamente se ofrecían a tal labor.

     Casi al amanecer, los esfuerzos parecían infructuosos. El anda estaba prácticamente igual, faltaban manos y, mientras tanto, Don Cristóbal y su amigo Don Diego, conversaban animosamente sentados frente a quienes sudaban la gota gorda en homenaje al “Amo” o “Padre Eterno”.

     Uno de los devotos acercándose a Don Cristóbal insinuó:

     - ¿Es posible que su Merced disponga las manos de Don Diego para desvestir la sagrada imagen de nuestro Señor?

       A lo que Don Cristóbal de Pesantes, sin dudar, respondió:

    - ¡Habrase visto tamaña insolencia! En la casa del cielo primero Dios y después paisano. Pero en esta casa terrena ¡Primero paisano que Dios!



lunes, 29 de agosto de 2011

El Oro del Perú: La Visión Occidental de la Riqueza Indígena


"¡Vale un Perú! Y el oro corrió como una onda
¡Vale un Perú! Y las naves lleváronse el metal;
pero quedó esta frase, magnífica y redonda,
como una resonante medalla colonial."
(José Santos Chocano)
A manera de introducción
Cuando Pedro Mártir bautizó las nuevas tierras conquistadas por los españoles, a partir de 1492, como Orbe Novo;  los millones de hombres que vivían en esta geografía desconocida y variada, aislada y extensa, de norte a sur, fueron solo entrevistos parcialmente. “El impacto de esta geografía americana y sus culturas va a ser tan tremendo, que en parte ha contribuido a dar al mundo la actual configuración” (Gran Enciclopedia de España y América. Volumen V. pp.72)
Todos los aspectos de la vida se vieron influidos al descubrirse América. Las ideologías encontraron un campo novedoso donde especular. Era el encuentro con una nueva humanidad en estado natural. El tiempo de nuevas tensiones sociales. Tuvieron ante sus ojos productos desconocidos. Además “la importación que rápidamente se hizo de metales preciosos, como el oro y la plata, en grandes cantidades, motivó una subida del valor de las mercancías cuyos precios estaban basados en estos metales”.
De todas las tierras americanas, fue el Perú la zona destacada por su inusitada belleza geográfica y la cantidad de recursos que brindó al conquistador europeo. Es reconocido el deseo del conquistador de conseguir fama, nombre y riqueza; en este sentido la obtención de oro y plata (especialmente el primero de los metales) en grandes cantidades a partir del saqueo de los antiguos tesoros incaicos y de la explotación aurífera en diversas minas de la zona andina, cubrieron las expectativas de los peninsulares fueron plenamente satisfechas.
El diccionario de la Real Academia Española define al oro de la siguiente manera: “elemento químico del grupo de los metales, de color amarillo brillante y muy usado en joyería”. Sin embargo, en el Perú de inicios de la conquista, el oro también significó poder, renombre, honor, riqueza.
El presente artículo mostrará algunas ideas que nos permitirán conocer la interpretación dada por los conquistadores hispanos al oro del Perú. Del mismo modo informaré algunas cantidades y datos, a lo mejor, desconocidos para los ciudadanos de a pie con respecto a la explotación y recolección del oro en nuestras tierras peruanas.
El oro en Europa. El oro en el Perú
¿Qué valor se le daba al oro en tierras europeas y americanas? Don Pedro Mártir de Anglería, humanista de los siglos XV y XVI, relataba haber escuchado antiguas tradiciones americanas que daban a conocer el origen del oro. Indicaba que “el sol salía a llorar, y que al caer sus lágrimas al suelo estas cuajaban en oro”. A partir de esta versión popular, Federico Kauffmann Doig afirma que: “(esta historia) permite inferir que al oro se le confería en América precolombina un valor distinto al que regía en occidente” (En “Mensaje iconográfico de la orfebrería lambayecana” – Lima, 1991).
Kauffmann añade: “El oro no era, ciertamente, en el Nuevo Mundo un medio de enriquecimiento, puesto que no representaba valor monetario alguno. Era, eso sí, materia sacra en sí misma. Con ella se maleaban figuras mágico – religiosas o joyas para engalanar a quienes regían y detentaban la responsabilidad de velar por el destino de sus sociedades. De este modo aparecían transfigurados en seres semidivinos y podrían impartir órdenes inapelables”.
Porras Barrenechea señala: “El oro tuvo en el Perú, desde los tiempos más remotos, una función altruista y una virtualidad estética. En el Incario el oro libertó al pueblo creyente y dúctil de la barbarie de los sacrificios humanos y elevó el nivel moral de las castas, ofreciendo a los dioses, en vez de la dádiva sangrienta, el cántaro o la imagen de oro estilizado, fruto de una contemplación libre y bienhechora, con ánimo de belleza. El oro tuvo, también, una virtud mítica fecundadora y preservadora de la destrucción y la muerte. En la boca de los cadáveres y en las heridas de las trepanaciones colocaban los indios discos de oro para librarlos de la corrupción”.
En contraposición, superadas las penurias de la travesía, los europeos llegados a tierras americanas “apreciaron el oro americano de acuerdo a los esquemas del pensamiento occidental”. Unos le dieron el valor de su apetencia; otros el surgido de su vena artística y cultural. Los unos hicieron del oro un botín y de la indigna fundición y repartija su tarea. Los otros convirtieron su visión del duro metal color de sol en al aprecio de las finas piezas y objetos encontrados en estos lares; siendo tal su admiración que, conservándolos, los trasladaron a España y Flandes. No en vano reconocería, el mismo Mártir de Anglería, que “lo que me pasma es la industria y el arte con que la obra aventaja a la materia”.
En “Oro y leyenda el Perú”, Don Raúl Porras Barrenechea refiere: “Un mito trágico y una leyenda de opulencia mecen el destino milenario del Perú, cuna de las más viejas civilizaciones y encrucijada de todas las oleadas culturales de América. Es un sino telúrico que arranca de las entrañas de oro de los andes. Millares de años antes que el hombre apareciera sobre el suelo peruano, dice el humanista italiano Gerbi, el futuro histórico del Perú estaba escrito con caracteres indelebles de oro y plata, cobre y plomo, en las rocas eruptivas del período terciario”.
Puede permitirnos la siguiente copla de Lope de Vega, referida también por Kauffmann,  conocer la visión áurea del europeo:
“So color de religión
(Van) a buscar plata y oro
Del encubierto tesoro”
Porras agrega en su texto que el padre Acosta, con su severidad científica y su don racionalista, nos dirá en su Historia natural y moral de las Indias: “Y entre todas las partes de Indias, los Reinos del Perú son los que más abundan de metales, especialmente de plata, oro y azogue". León Pinelo, que situaría el Paraíso en el Perú, escribe: "La riqueza mayor del Universo en minerales de plata puso el criador en las provincias del Perú". Y Sir Walter Raleigh, avizorando el Dorado español desde su frustrada cabecera de puente sajón de la Guyana, en América del Sur, escribiría: "Ipso enim facto deprehendimus Regem Hispanum, propter divitias et Opes Regni Peru omnibus totis Europae Monarchis Principibusque longue superiorem esse." –"De ello sabemos que el rey de España es superior a todos los reyes y príncipes de Europa por causa de la abundancia y las riquezas del reino del Perú".
Pedro Cieza de León en “Crónica del Perú” (Cap. CXV) indica “... por las faldas de esta cordillera se han hallado grandes mineros de plata y oro... y en todo el reino del Perú; y si hubiera quien lo sacase, hay oro y plata que sacar para siempre jamás; porque en las sierras y en los llanos y en los ríos, y en todas parte que caven y busquen, hallarán plata y oro”.
Con pena, Porras Barrenechea reconoce: “El oro acumulado durante cuatro siglos en las cajas de piedra de seguridad del Coricancha, con un propósito reverencial y suntuario, fue a parar, a través de las manos avezadas al hierro, de soldados que se jugaban en una noche el sol de los Incas antes de que amaneciese, a los bancos de Amsterdam, de Amberes, de Lisboa y de Londres. No fue nunca el dinero, el oro acumulado, inhumano, utilitario y cruel”.
El ansia de oro y la censura de los Predicadores
En la obra “La Transformación Social del Conquistador” (1958), el filósofo peruano José Durand refiere (en el capítulo IV) “una exigencia de transformar su vida encaminaba los actos del conquistador. Se quería, claro está, una mudanza de acuerdo con el espíritu de la época, y se buscaba el oro a costa de grandes peligros y nunca a costa del orgullo. Corrían tiempos en los que el dinero estaba llamado a satisfacer unos ideales de vida muy diferentes de los actuales, y, en consecuencia, el afán de oro se presentaba con rasgos que no pueden coincidir con los de nuestros días”.
Fray Bartolomé de Las Casas aceptaba que las más importante de todas las razones de la conquista era, además, la más baja: “ninguno acá pasaba sino para, cogiendo oro, desechar su pobreza, de que en España en todos los estados abundaba”. Habrá que recordar que los conquistadores formaron parte de aquella multitud de “hidalgos segundones y mozos pujantes que se encontraban ante un porvenir desamparado”. La fórmula del éxito se expresa en el siguiente y conocido lema: “Iglesia, mar o casa real”. De no encontrar el éxito en el clero o los puestos públicos la única salida era aventurarse a las indias en procura de la anhelada oportunidad.
Desde muy temprano, la codicia de los conquistadores españoles fue censurada por los evangelizadores. Los frailes Pedro de Córdova y Antón de Montesinos, mucho antes de los descubrimientos de México y Perú,  criticaron con firmeza los abusos de los primeros colonos que tanto perjudicaban a los indígenas.
Fray Bartolomé de Las Casas dijo con firmeza: “(arrebataron) con violencia y crueldad, y contra la voluntad de sus dueños, el oro, la plata y el dinero”. Luego añade. “(despojaron) a los reyes y señores naturales de sus dignidades reales, de sus demás títulos y honores, de sus derechos y jurisdicciones”. Indicaba que era tanto el deseo de venir a tierras americanas por el ansia del oro que “(apreciaban tanto las indias) mucho más que si les certificaran que habían de tomar Francia; así es la codicia y la liviandad de España”.
El clérigo Don Cristóbal de Molina se unió a las críticas afirmando “(las riquezas de las indias) cebaron a los españoles y les pusieron ánimo de descubrir más adelante… otro fin no traían los conquistadores”.
Gómara presenta, según versión de Durand, a los capitanes Soto y del barco haciendo oídos sordos a los pedidos de ayuda del Inca Huáscar, entonces prisionero de Atahualpa; todo por la codicia de poseer el dorado metal: “Pero ellos quisieron más el oro del Cuzco que la vida de Huáscar, con la excusa de mensajeros que no podían traspasar la orden y mandamientos del gobernador”.
El mismo Gómara añade sobre los codiciosos conquistadores: “con lo habido no se contentaban, fatigaban los indios cavando y trastornando cuanto había, aun les hicieron hartos malos tratamientos y crueldades porque dijesen del y mostrasen sepulturas”. En tono picaresco y con el fin de ridiculizar tanto insano deseo de riqueza, más adelante indica: “puede ser que el deseo que tienen al oro en el corazón, se haga en la cara y en el cuerpo aquel color” (Ellos y el oro, todos van de una misma color – según Motolinía)
Fray Toribio Motolinía, escribe sobre las experiencias de indios y españoles en las nuevas tierras americanas, especialmente en México cuya conquista vivió de cerca. Con tono amoroso dice sobre los indígenas: “estos indios cuasi no tienen estorbo que les impida para ganar el cielo, de los muchos que los españoles tenemos y nos tienen sumidos, porque su vida se contenta con muy poco, y tan poco que apenas tienen con que vestir y alimentar… no se desvelan en adquirir ni guardar riquezas, ni se matan por alcanzar estados y dignidades. Con su pobre manta se acuestan y, en despertando, están aparejados para servir a Dios”.
Sobre el daño ocasionado a estas tierras diría: “tanto la chuparon que la dejaron más pobre que otra… mas bastante fue la avaricia de nuestros españoles para destruir y despoblar esta tierra que todos los sacrificios y guerras y homicidios que en ella hubo en tiempo de su infidelidad”.  Las siguientes palabras resultan impactantes: “solo aquel que cuenta las gotas del agua de la lluvia y las arenas del mar, puede contar todos los muertos y tierras despobladas”.
La recolección y explotación del oro
Sorprenden los registros del botín obtenidos por los conquistadores españoles en nuestra tierra peruana. Los datos aportados por André Emerich en “Sudor del sol y lágrimas de la luna” sobre la suma del rescate de Atahualpa y el botín del Cuzco (resultados de la investigación de Samuel K. Lothrop) son “134 mil libras de plata y 175 mil libras de oro. Por lo tanto resulta evidente que los incas tenían una riqueza mucho mayor en metales preciosos comparándola con la de otras tierras americanas. Por ejemplo, superó en más de dos veces el oro e infinitamente más plata que sus contemporáneos aztecas”. “Oh Perú, de metal y melancolía” (García Lorca).
Luis Vitale en “Historia Social Comparada de los pueblos de América Latina” (1998)  afirma: “La causa esencial de esta rápida recolección de metales preciosos fue el grado de adelanto minero–metalúrgico que habían alcanzado los indígenas de América Latina. El desarrollo de las fuerzas productivas autóctonas permitió a los españoles organizar en pocos años un eficiente sistema de explotación. De no haber contado con aborígenes expertos en el trabajo minero resultaría inexplicable el hecho de que los conquistadores, sin técnicos ni personal especializado, hubieran podido descubrir y explotar los yacimientos mineros, obteniendo en pocas décadas tan extraordinaria cantidad de metales preciosos. En fin, los indios americanos proporcionaron los datos para ubicar las minas, oficiaron de técnicos, especialistas y peones, y aportaron un cierto desarrollo de las fuerzas productivas que facilitó a los españoles la tarea de la colonización”. Además: “Según las estadísticas más autorizadas, la producción de oro y plata indianos, entre 1503 y 1560 ha sido estimada por Soetbeer en 173 millones de ducados; por Lexis en 150 millones y por Haring en 101 millones”
Bernardo Veksler, en “Una Visión Crítica de la Conquista de América” aporta información sobre la cantidad de oro y plata (en Kg) extraídos de las colonias españolas en América. Resulta significativo reconocer que la mayor cantidad de todo este metal correspondió al Virreinato del Perú:






PERIODO
PLATA
ORO
1531-1540
  86 193
14 466
1541-1550

177 573
24 957
1551-1560
303 121
42 620
1561-1570
942 858
11 530
1571-1580
1 118 591
 9 429
1581-1590
2 103 027
12 101
1591-1600
2 707 626
19 451
1601-1610
2 213 631
11 764
1611-1620
2 192 255
  8 855
1621-1630
2 145 339
  3 889
1631-1640
1 396 759
  1 240
1641-1650
1 056 430
  1 549
1651-1660
  443 256
    469
TOTAL:
             16 886 815
181 333

Eduardo Galeano en “Las Venas Abiertas de América latina” (1989) trata de actualizar los datos sobre el valor de la riqueza obtenida por los europeos: “Con base a los datos que proporciona Alexander von Humboldt, se ha estimado en unos cinco mil millones de dólares actuales la magnitud del excedente económico evadido de México entre 1760 y 1809, apenas medio siglo, a través de las exportaciones de plata y oro”.
En 1595, según el Inca Garcilaso de la Vega “entraron por la barra de San Lúcar treinta y cinco millones de plata y oro del Perú”.  León Pinelo, con base en los libros del Consejo de Indias, dice que en el Perú se labraban, a principios del siglo XVII, cien minerales de oro y que en ellos se habían descubierto dos minas de cincuenta varas, de otros metales.
Sobre las minas coloniales y su respectiva producción, un aporte de Raúl Porras resulta muy significativo: “Las minas de Potosí dieron de 1545 a 1647, según León Pinelo, 1674 millones de pesos ensayados de ocho reales. Cada sábado daban 150 ó 200 mil pesos, dice el padre Acosta. El padre Cobo escribía hacia 1650: "Hoy se saca cuatro veces más plata que en la grande estampida de la conquista". Las minas del Perú y Nuevo Reino dieron, en el mismo lapso, 250000 000 pesos. La mina de Porco daba un millón cada año, la de Choclococha y Castrovirreyna 900 mil pesos ensayados, la de Cailloma 650 mil y la de Vilcabamba 600 mil. El oro prevaleció, en los primeros años, hasta 1532, en que se descubrieron las primeras minas de plata en Nueva España y, en 1545, las de Potosí. León Pinelo calcula que las minas de oro del Perú, Nueva Granada y Nueva España daban al Rey un millón de pesos anuales. Desde la conquista hasta 1650 el oro indiano dio 154 millones de castellanos, o sea 308 millones de pesos de ocho reales, o sea quince mil cuatrocientos quintales de oro de pura ley.

Algunas palabras finales

            Es necesario comprender al español en América como un hombre nuevo. En una conferencia dictada en Buenos Aires (1938) Don José ortega y Gasset sostuvo tal idea. Sin embargo tal novedad resulta de un largo proceso de mestizaje que no se puede estudiar desligado del tormentoso ingrediente de la codicia del conquistador peninsular.
            La historia excede a la historiografía en cuanto a la reflexión de los hechos, su significado y filosofía. Es necesario conocer, también, las mentalidades de la época. La tarea de introducirnos al mundo de las creencias indianas y europeas beneficia nuestra tarea.
            La riqueza del Perú fue y será su dinámica cultural que lo convierte en un pueblo trascendente y entrañable. El oro pudo alimentar la codicia. Nuestra cultura será fuente imperecedera de alegría, fe, desarrollo y solidaridad.