sábado, 17 de abril de 2010

Chiclayo Por Siempre

Hugo Alonso Valdivia en el artículo “Ser Chiclayano” (agosto-2008) comenta que la recordada artista nacional Chabuca Granda dijo alguna vez “los chiclayanos son originales, su alma vive en el mundo impenetrable de la dualidad. Beben en una misma copa o en un "poto de calabaza", la alegría y la amargura. Hacen música de su llanto y se ríen de la música de otro; toman en serio los chistes y de todo lo serio hacen bromas. Tratan a dios como "el gran cholo" y extrañan la Iglesia Matriz, que don Carlos Castañeda Iparraguirre demolió cuando era alcalde. No renuncian a sus ilusiones. Nacen con sabiduría, saben y opinan de todo. Cuando viajan, todo lo comparan con Chiclayo, ellos son "el pueblo elegido"... Se caracterizan por su gastronomía, simpatía e inteligencia. Son hiperbólicos y desmesurados, dicharacheros, jaraneros y van de un extremo a otro con sus opiniones y sus acciones”.
Particularmente, y desde hace un tiempo, tomé conciencia de mi ser Chiclayo, me aferro a mis raíces, sintiendo el recorrido del agua profunda, el aroma del algarrobo, el faique y el overo… aquel que se desprende cuando decido abrazar sus ramas cual aristas de mi historia, cual testigos de mi ancestro.
Tomé conciencia de la estirpe de la que provengo y me sentí orgulloso de poseer tal fortaleza. Comprometí mi vida enamorado de mi historia, de las costumbres y tradiciones de un pueblo que se recrea en el tiempo y mira su destino envuelto en la paz de su presente.
Chiclayo me ha dado el viento que eleva mis sueños, el sol que bronceó mi piel chola cobriza y el agua de la fe para calmar mi sed de eternidad. Me ha dado la semilla del futuro que crece bajo la luz interminable de su celeste cielo, en el fértil valle de Naylamp con la savia espesa de su vida que permitirá mi regreso a las entrañas de mi origen.
Es Chiclayo mi pasado y mi futuro, a cada instante es mi todo, son tan amplios sus brazos que en su seno alcanzamos todos, podemos reír juntos y lamentarnos, podemos caminar con el firme paso del mochica en medio del bosque seco y esperar en paz con la firmeza del árbol milenario. Me declaro perdidamente enamorado del espacio mágico que me vio nacer, que me permitió su tierra para saberme hoy semilla… Ser chiclayano es un estilo de vida, una forma de ser, un sentimiento, un compromiso, una mentalidad.
Chiclayo es, también, una familia sin par en cualquier lugar del mundo. “Cuando dejas cualquier lugar apreciado dejas en el media vida; cuando dejas Chiclayo es inevitable sentir que dejas la vida entera”. La mía es una familia que sobrevive al tiempo dejando su impronta en la historia.
Es verdad, el 15 de abril de 1835 la Villa de Chiclayo es elevada a la categoría de ciudad por el entonces presidente Gral. Felipe Santiago Salaverry y es reconocida como “Ciudad Heroica”, para días después, el 18 de abril, ser convertida en provincia. Sin embargo la historia nos transporta en el pasado a distancias mas profundas: a Santa María de la Concepción de los Valles de Chiclayo, a Cinto y Collique, a Sipán y la tradición moche… Chiclayo es eterno, es el signo intemporal de la cultura dinamizada que se recrea al ritmo de la evolución de las mentalidades. Chiclayo es hoy lo que fue y lo que será.



miércoles, 7 de abril de 2010

Costumbres Coloniales

En “El Virreinato del Perú: Historia crítica en la época colonial en todos sus aspectos” (José Manuel Valega – Lima, 1939) se tocan muchos aspectos sociológicos y costumbristas de la colonia y, resulta un estudio tan importante que la “Historia General de los Peruanos” (Tomo II – Lima, 1975) incluye sus conclusiones en la parte tercera, desarrollando las características sociales, económicas, religiosas, intelectuales, costumbristas y de la vida cotidiana de Lima colonial.
Me resulta muy interesante dar a conocer algunas costumbres que, por proyección o por moda, debieron darse en determinados lugares del Perú colonial, entre ellos Lambayeque. A cada párrafo, una costumbre:
Ante la pérdida repentina de uno de sus hijos pequeños, el padre de familia recibía la siguiente fórmula de pésame, que eran a su vez palabras de consuelo o de felicitación: “Que Dios preste a UD. Vida, para echar ángeles al cielo”.
Cada cierto tiempo, entre los nobles y señores había la costumbre de “Varear la plata”; esto es, sacar al patio de las grandes casonas, las monedas que de ordinario se guardaban en talegas bajo las camas, para sacudirlas con palo sobre una manta. Se perseguía evitar la oxidación. Los esclavos hacían el trabajo dos veces por año. Los vecinos, por el sonido, se enteraban del vareo y muy pronto la ciudad entera sabía de la defensa de la fortuna monetaria de un señor.
Antes que el café o el te (introducido por los ingleses) en el Perú se consumía el “Mate de Paraguay”. Era la bebida de las tardes y se le reconocían bondades curativas. Un verso de Manuel Ascencio Segura lo demuestra: “Se vendía en las boticas/lo mismo que el alcanfor/y se usaba solamente/en casos de indigestión”.
El alumbrado en las ciudades coloniales era un problema en cuanto el Perú no producía, entre los siglos XVI y XVII, la materia prima necesaria: las velas de sebo animal. Por aquellos tiempos dichas velas eran traídas desde Chile y con ellas se adornaban las bellas lámparas y candeleros de metal que se exhibían en el interior de los hogares. Tal era la necesidad que produjo gran alegría la llegada al Perú de 4 500 quintales de sebo el 17 de diciembre de 1631. Parte de aquella carga, según el “Diario de Lima” serviría para los nobles hogares en las ciudades del interior.
Para distinguirse entre solteras y casadas, las mujeres se adornaban de la siguiente manera: las casadas con claveles y rosas en el peinado a la derecha, las solteras con las flores a la izquierda. Así no era posible el error masculino.
Cuando un vecino era encontrado en flagrante delito, el “alcalde del crimen” (uno de los dos que tenía cada ciudad) lo sentenciaba a una pena que, por costumbre, era la siguiente: cabalgar, desnudo de medio cuerpo, sobre un “tordo flor de lino” (así se llamaba al asno del verdugo) para recibir en cada esquina, previo pregón explicativo, series de cinco “ramazos” (azotes) en cada estación con intervalos de medio minuto. La pena no surtía efecto intimidatorio, por el contrario, la gente encontraba diversión donde la autoridad buscaba combatir el delito.
Cada 28 de diciembre (día de los inocentes) se requería estar prevenido para defenderse de las burlas de los demás. Se dice que cuando un ingenioso criollo pidió prestado una onza de oro, en casa del prestador y en plena vía pública circulaba de boca en boca la siguiente estrofa: “Manda Herodes a su gente/que quien preste en este día/lo pierda por inocente”.
Los pasquines y vítores formaron, también, parte de las costumbres y del llamado “hábito pasquinesco” en tiempos coloniales. Un pasquín era un mensaje anónimo sobre una pared en forma de escrito breve o de dibujo obsceno. Un vítor, en cambio, estaba compuesto por una o dos coplas que se manifestaban bulliciosamente ante un acontecimiento de alegría social, he aquí uno dedicado al Padre Calatayud cuando, en 1804, fue elegido comendador de la Merced: “Vítor al Padre Calatayud/faro de conciencia/sol de virtud/vítor al Padre Calatayud/vítor, hermanos, por el Perú”.
Cuando el interés de una orden religiosa estaba comprometido en la realización de un hecho público, se acostumbraba celebrar la “misa del buen suceso” que consistía en dejar expuesto el Santísimo Sacramento después de la misa, en medio de rogativas públicas.
He aquí un caso de “viveza criolla”: En 1607, Diego Valverde de 25 años suscribió escritura pública jurando ante los Evangelios a no beber chicha ni vino, ni fumar tabaco durante dos años, bajo pena de 500 pesos de plata a favor de los presos del Santo Oficio. Diez meses después, Valverde, totalmente ebrio mata a su suegro y es procesado por homicidio en el fuero común y por perjuro en el inquisitorial. Por el homicidio fue sentenciado a 5 años, pero por embriagarse no fue condenado pues demostró no haber bebido chicha ni vino.
Aquel que desde la calle rondaba la casa de la mujer amada esperando verla solo de lejos y robarle una sonrisa, pues la negativa de su padre le impedía visitarla; era conocido como “percuchante”.
En 1787, por Real orden de Don Carlos III, dispuso que el “derecho de acera” perteneciera a quien tuviese la pared a la derecha. Es decir, cuando por la misma acera caminaban dos personas de clases sociales distintas, la menos importante debía ceder al otro el lado derecho de la acera al lado mismo de la pared. Por eso todos los niños fueron instruidos en la cesión de la acera a toda persona mayor o de alta dignidad.
Los capitanes españoles hasta los grados superiores tenían licencia para contraer nupcias. Los de menor grado lo tenían prohibido. Cuando nacían los hijos de los militares casados recibían el grado de alférez o de cadete con asignación de un sueldo.
Una oración se hizo famosa en nuestra tierra afectada frecuentemente por temblores: “Aplaca, Señor, tu ira, tu justicia y tu rigor. Por tu purísima sangre, misericordia, Señor”. Además, muchas casonas coloniales tenían en la parte céntrica el “cuarto de los temblores” que no era otra cosa que un cuarto similar a una jaula de maderos atados fuertemente con el único decorado de un cuadro del Señor de los Temblores y cruces de San Andrés.
El joven bravucón, ebrio y, en general, libertino era llamado “mozo de tumbo y trueno”; además de acuerdo a su “dedicación” a tales actividades recibía un apelativo mayor<. Chuchumeco.
Antiguamente, los señores fumaban cigarros puros, a los cuales les cortaban la punta. Estas eran recogidas, picadas y envueltas en papel para convertirlos en cigarros muy baratos para fumadores modestos. Tales baraturas se llamaban “puchos” y el vendedor de los mismos “puchero”.
Las “lloronas” o “plañideras” eran mujeres especializadas en el arte de las lágrimas y eran contratadas para incitar al dolor en un funeral. Las había de primera clase y cobraban las más altas tarifas. Además, en los entierros de los nobles, se presentaban los “pobre de hacha” que eran tipos menesterosos que acompañaban a las “plañideras” con cirio en mano. Ambos lamentaban con lloros y gritos histéricos la pérdida de alguna persona a la que tal vez jamás conocieron. El Virrey Croix emitió un bando prohibitivo contra las “plañideras” y los “pobres de hacha” el 31 de agosto de 1786, sin embargo esta costumbre no logró ser eliminada.
Un tipo antiguo era el “sereno”. Desde las siete de la noche, estacionado en las esquinas, hacía sonar un pito de barro; y a las diez comenzaba a pregonar o cantar las horas que daban las torres de las iglesias, repitiendo de hora en hora hasta las cinco de la mañana, diciendo: “¡Ave María Purísima, las diez han dado, Viva el Perú y sereno!”.
Por tanto consignar costumbres, algo me pasó; creo que debo terminar:


“Tal vez no creerás, lector
Pero por consignar tanto tipo
Le ha dado a tu amigo, el escritor
Un grave y fuerte hipo”









viernes, 2 de abril de 2010

En Dios, la muerte es vida


¡Jesús ha resucitado! ¡Vive y por siempre Reinará! La Cruz del Gólgota sigue erguida pero está vacía como la Tumba. La piedra del sepulcro ha sido removida, pero aún falta remover el corazón de tu pueblo, corazón endurecido y temeroso, corazón de este tiempo que busca el encierro en sí mismo, que impide ver al prójimo donde tú decidiste también vivir.
Cristo amado, eres el Verbo de Dios, ¡Eres Vida!, eres el destino dispuesto para el hombre: Cristo Rey, Vida que nunca muere. Mientras otros existen, quienes te amamos vivimos; pues en el mundo lo menos frecuente es vivir. En medio del mundo, la muerte espera tan sólo reclinada, dormitando. Pero tú la haces despertar, las elevas en tu resurrección y la haces vida eterna en el lugar que nos tienes prometido.
Nada acaba con tu muerte, el fin de tu cuerpo carnal no es la última palabra. Produce, a lo mucho, la primera pregunta. En este tiempo en que se cree a tan pocos, en el que abundan las dudas y las negaciones, es cuando más se necesita la fe en ti, Jesús vivo. Hay muchos como Tomás, escépticos, incrédulos, realistas o pesimistas; son aquellos que desconfían aunque todo vaya bien. Santo Tomás es, como los hombres modernos, un positivista, un existencialista que no cree más que en lo que toca, porque no quiere vivir de ilusiones; un pesimista audaz que no duda en enfrentarse con el mal, pero que no se atreve a creer en la dicha. Para él, y para otros muchos, lo peor es siempre lo más seguro. Para ellos la vida acaba con la muerte.
Por ellos y por mí, de lo más profundo de mi corazón, con la mente elevada a tu Espíritu, de rodillas, en paz y abandonado en tu gracia te digo “¡Señor mío y Dios mío!” aunque no vea he creído. Me invade la dicha que inspira tu eternidad, que también es mía, me mueve esa esperanza y me alienta a caminar por este mundo. Tu vida venció a mi muerte, tu Gloria es la corona merecida por tu sacrificio y entrega sin límites, tu amor victorioso reina y vence el egoísmo destructivo, tu resurrección configura la vida nueva de ilusión, confianza y gracia. ¿Por qué contentarme con vivir a rastras cuando siento el anhelo de volar? La vida de cada hombre es un camino hacia Dios, es caminar hacia sí mismo.
Por amar tu vida debo proclamar mi respeto por la vida humana desde el momento de la concepción, por los derechos de cada persona, en especial del derecho a vivir. Omar Khayyan (poeta persa) dijo: “Entre la fe y la incredulidad, un soplo. Entre la certeza y la duda, un soplo. Alégrate en este soplo presente donde vives, pues la vida misma está en el soplo que pasa”. Tú mi Dios, eres el soplo de Vida; Tu, Señor, eres el soplo que pasa, el soplo eterno; tu, señor, eres mi Dios viviente y resucitado, Dios y hombre eterno, por quien el género esperanzado reza el cántico teresiano: “¡Ay que larga es esta vida! / ¡Qué duros estos destierros! / ¡Esta cárcel, estos hierros / en que el alma está metida! / Sólo esperar la salida me causa dolor tan fiero, / que me muero porque no muero”. En Dios, la muerte es vida.

domingo, 28 de marzo de 2010

Infierno y demonios en el Nuevo Mundo - Una aproximación a las concepciones del Siglo XVI

He leído recientemente tres artículos sobre Crónicas de la conquista: de Flor María Rodríguez “Descontextualización de pasajes narrativos en las Crónicas de indias casos de «el carnero»; de José C. Martín de La Hoz “Las Crónicas de Indias como Fuente de la Evangelización Americana” y “Mentalidades teológicas en el Nuevo Mundo” de A. José Echeverry Pérez. Salvando la distancia existente entre crónica e historia, podemos afirmar que existe un importante valor testimonial de las crónicas sobre la conquista americana, siendo válido resaltar el aporte de Bartolomé de Las Casas, Gonzalo Fernández de Oviedo, Bernal Díaz del Castillo, Pedro Cieza de León, Francisco Jerez, Fray Toribio de Benavente, entre otros. Deseo, con este apoyo, centrarme en la concepción de infierno y demonios en las mentalidades de los primeros conquistadores.
La concepción teológica de la época (siglo XVI) se ordena en tres planos que categorizar la realidad creada: En el plano superior Dios con su poder Omnipotente, en el segundo nivel el mundo terrestre habitado por los hombres y la Iglesia presidida por el Papa; y en el tercer nivel del universo infernal donde habita Satanás y los condenados.
El marco jurídico de la conquista lo dio la Bula “Inter Coetera” (1493) del Papa Alejandro VI. Desde su arribo, según José Echeverry, el Nuevo Mundo significó para los conquistadores del siglo XVI una gigantesca “Ciudad del Diablo” (civitas diaboli).
El Diablo, según Fray Juan de Zumarraga (Primer Obispo de México) en “Regla Cristiana Breve”: “Se había refugiado en las Indias donde reinaba como dueño absoluto”. En consecuencia, la expulsión del diablo permitiría construir la “Ciudad de Dios” (civitas Dei).
“El Carnero” (1636) de Juan Rodríguez Freyle (nombre que reemplazó al título de la Crónica original "Conquista y descubrimiento del Nuevo Reino de Granada de las Indias Occidentales del Mar Océano") menciona que los aborígenes " (eran) bárbaros, sin ley ni conocimiento de Dios, porque sólo adoraban al demonio y a éste tenían por maestro, de donde se podía muy claro conocer qué tales serían sus discípulos."
La “Doctrina Cristiana Dominica” de 1548, con la que se enseñaba a los aborígenes de Nueva España y del Perú, decía: “En aquel lugar que es el infierno están todos los males…todos los vuestros parientes que eran como no conocieron al vuestro gran señor Dios y no le creyeron están allá en aquel lugar del infierno que habemos dicho...”
En “Historia Memoria” de Fray Esteban de Asensio (cuyo título original fue “De origine Seraphicae Religionis Franciscanae”. Documento descubierto en Italia por el historiógrafo español Fray Atanasio López, y publicado en la revista Archivo Ibero Americano de 1921) se aporta: “Guardábanse antiguamente, muchos ritos y costumbres malas inventadas por el demonio, para lo cual es de saber que es antiquísimo entre ellos temer y reverenciar al demonio”.
El Poema épico sobre la conquista chilena “La Araucana” de Alonso de Ercilla (1533 – 1594) llamó al demonio Epanamón, diciendo: “En esto Epanamón se les presentaba en forma de dragón horrible y fiero y con enroscada cola envuelta en fuego, y en ronca y torpe voz les habló luego diciéndoles que a prisa caminasen sobre el pueblo español amedrentado”.
Afirmo que en todos los conquistadores latía un sentido cristiano de la vida que afloraba en muchos momentos. Aunque algunos, como Pizarro, vinieron a enriquecerse (recordemos su respuesta a los reclamos de Fray Bernardino de Minaya: ¡Yo he venido a quitarles el oro!); en otros la mentalidad cristiana (según la concepción de la época) se descubre en la repugnancia por la idolatría, el pecado y otros desórdenes. Aun con sus limitaciones y contradicciones, tenían conciencia de su pertenencia a la Iglesia, cuyos ideales contribuyeron a trasladar al nuevo mundo.




lunes, 22 de marzo de 2010

El Venerable Nicolás Puicón Xailón (Nicolás de Ayllón)

Algunos hechos extraordinarios sustentan la tradición católica de nuestro pueblo: La aparición del Niño Jesús en la hostia consagrada durante la misa en honor a Santa María Magdalena en Ciudad Eten (1649); la muerte de Santo Toribio de Mogrovejo en Zaña durante un Jueves Santo; la gracia de Nuestra Señora de La Merced que hizo llover sobre Mórrope el 11 de Marzo de 1752 después de una prolongada sequía y por el pedido multitudinario de un pueblo que oraba a sus pies. Otros hechos más se atribuyen a la Santísima Cruz de Motupe, El Nazareno Cautivo de Monsefú, El Señor de La Justicia y Santa Lucía de ferreñafe, La Virgen Purísima de Túcume, San pablo de Pacora, etc. Sin embargo un santo chiclayano al que la historia destaca como admirable ha sido olvidado, de manera que en nuestros días casi nadie lo recuerda y, mucho menos, lo venera.
Nicolás de Ayllón o Nicolás Puicón Xailón, el “Santo Chiclayano”, nació el 10 de Setiembre de 1632. Desde muy pequeño, destacó por su humildad y notables virtudes cristianas. Fue hijo del agricultor Don Rodrigo Puicón y de Doña Francisca Xailón, ama de casa, esposa y madre ejemplar. Sobre Ayllón, el Amauta chiclayano Don Jorge Lazo Arrasco nos comenta en “Chiclayo Ciudad Símbolo” (2007): “La personalidad de Nicolás de Ayllón fue manifiesta durante su vida y hasta cien años después de su muerte. Se le recordaba y exaltaba por sus obras de caridad (entregó su vida al cuidado de los niños, los ancianos y los enfermos) y por los milagros que había obrado, como sanar a los que padecían de enfermedades incurables, producir lluvia en época de sequía, impedir devastaciones o calamidades anunciadas, etc.… Pasaba horas y días enteros dialogando sobre la generosidad, la bondad y la justicia de Dios… se pasaba noches enteras entregado a la oración y a la lectura de la Biblia. Sus biógrafos afirman que se alumbraba con la tenue luz que daban los leños del algarrobo o faique, y que la claridad del día lo encontraba despierto, sin haber dormitado algo”.
Con Nicolás de Ayllón no ocurrió lo mismo que con San Martín de Porres, San Juan Macías, Santo Toribio de Mogrovejo o Santa Rosa de Lima. A pesar que de su nombre se escuchó con veneración en España y otros lugares de América entre los siglos XVI y XVIII; su presencia paradigmática quedó perdida en el tiempo y, aunque la causa de su canonización y beatificación llegó hasta El Vaticano, su figura sencilla en los altares le resultó esquiva. Dicho esto debo afirmar que siendo la preocupación de algunos que como yo lo hubieran deseado, es seguro que desde el cielo este santo hombre goza de la humilde privacidad de los fieles siervos del Dios vivo.
Considerado por quienes conocieron su obra como “Venerable siervo de Dios”, Don Nicolás de Ayllón falleció a los 45 años de edad en la ciudad de Lima el día 7 de Noviembre de 1677. Procuremos que su nombre jamás sea olvidado por las actuales y próximas generaciones.















sábado, 20 de marzo de 2010

Tres Personajes De Hace 60 Años: "Don Clemente", "El Tuta" y "Chingao"

A mediados del siglo XX (o un poco de tiempo antes), cuando las Calles de Chiclayo eran embloquetadas y de forma serpenteante; cuando entre las calles de “Maravillas” (Francisco Cabrera) “San Isidro” (Manuel M. Izaga) “San Marcos” (Torres Paz) y “Ganaderos” (Tacna) se vivía la alegría chola del chiclayano de a pie, entre banderitas blancas ornadas con hojas de lechuga y ají de causa; tres personajes, por su simpatía y popularidad, contribuyeron con el ambiente dicharachero y jaranero de la época.
Don Clemente Santisteban “El Ciego”, extraordinario músico criollo, con mandolina en mano, desde su residencia en el Barrio Chino donde era muy querido, partía del brazo de algún familiar, amigo o compañero de trabajo recorriendo la calle siete de enero y amenizando las reuniones en las antiguas picanterías y hogares de nuestra ciudad. Escuché la música de Don Clemente y la puedo comparar, por su calidad, a la de Don Nicolás Seclén fundador y voz principal de “Los Mochicas”.
El “Tuta”, cholo enorme y obeso, vendedor de loterías, podía ser encontrado cada mañana en su ruta que cubría la cuadra 8 de la Avenida José Balta entre la antigua heladería “Singapur” (actuales oficinas del SATCH) hasta el viejo colegio 222 (actual IE “Comandante Elías Aguirre”). El “Tuta” se rodeaba de decenas de personas que, atentas, seguían la narración que, voz en cuello, hacía de los encuentros deportivos de la liga profesional de fútbol en los que participaba el equipo de “Juan Aurich”.
El pequeño “Chingao” llegó a nuestra ciudad como parte de una compañía de toreros bufos españoles. Su baja estatura y habilidad para el rodeo le ganaron la simpatía de los aficionados a la tauromaquia. Enamorado de nuestra ciudad decidió quedarse y paseaba su pintoresca figura vestido como un pequeño guardia civil (por el modelo de su ropa) con polainas, macana, correaje y un sombrero alado que terminaba en la parte alta en una graciosa punta que llamaba la atención. Era normal ver a “chingao” detrás de las bandas de músicos en cuanta fiesta religiosa se realizara; cuando la banda llegaba a su destino, “chingao” llegaba con ella; además era un diestro lanza cohetes y su comportamiento gracioso y buen humor le convirtieron en personaje infaltable de las celebraciones citadinas.
Sin duda alguna, recordar es volver a vivir… ¿verdad?



viernes, 19 de marzo de 2010

Breve historia de La Colonia China en Lambayeque (II Parte)

El presente busca complementar el artículo “Breve Historia de la Colonia China en Lambayeque” publicado en este medio el 26 de noviembre del año 2009. La riqueza del tema y del aporte de la colonia china a nuestra cultura bien merecen la pena esta gracia.
Humberto Rodríguez Pastor en “Agricultura y Chinos en Lambayeque y la Libertad, Siglo XIX” (1984) manifiesta que por la escasez de la mano de obra, entre 1849 y 1874 desembarcaron en el Perú alrededor de 100 mil chinos; la mayor parte de ellos dedicados a la agricultura en haciendas rurales de la costa. Así, el Censo Nacional de 1876 indica que en el Perú habían 49 956 chinos de los cuales 4 095 residían en Lambayeque (3 009 en Chiclayo y 1 086 en Lambayeque) de ellos 4 085 eran hombres y solo 10 mujeres; la mayoría agricultores y otros dedicados a labores domésticas, cigarreros, panaderos, obreros, mineros, lavanderos, molineros y un herrero. Llegaron a nuestras costas en los barcos “Rosalía”, “Cavour”, “Manco Cápac” y “Luisa Canevaro”. La población china representaba el 2% de la población total del Perú.
En Lambayeque representaban el 34% de la población total del distrito de Zaña; 28% de Lagunas;8% de Jayanca; 5% de Chiclayo y menos del 5% de Lambayeque, Ferreñafe, Eten, Chongoyape, Pacora, Motupe, Olmos, Monsefú, Mochumí, Salas, Reque, Mórrope, La Isla de Lobos y San José. Casi el 60% de chinos estuvo concentrada en las haciendas cañeras de Lambayeque, entre ellas: Pátapo, Tumán, Cayaltí, Chumbenique, Oyotún, Pucalá, Sipán, Úcupe, Batán Grande, Viña, Pomalca, Combo, Samán, Capote, San Nicolás, Cascajal, Chinche, Racali, Sincapi, Sucha, Callanca, Canchachalá, Cita, Chillama, Huanama, Huillamba, Moyán, Nocce, Puchaca, Quipampa, Ramada, Santa Lucía, Sucho, Totoras y Yermán.
Las actividades que realizaban eran: trabajar la tierra, cuidar el ganado, cortar la caña, cultivar y recoger algodón, sembrar y cosechar arroz, operar en el molino y en el trapiche de vapor. Los mayores beneficiarios de su trabajo fueron los hacendados Salcedo, Larco, Gutiérrez, Buenaño, Leguía, Vértiz y Mayorga.
Trabajaban de 6 de la mañana a 6 de la tarde a cambio de 2 reales de jornal y elevaron la producción de azúcar a casi 60 mil toneladas, un indicador de lo positivo que resultó para la economía de la región la presencia de los ciudadanos chinos.
Pero esta gente valiente se sobrepuso a la adversidad, la marginación y los maltratos de manera admirable. En “La Inmigración China en el Perú” (Ricardo La Torre Silva, 1992) se dice “El culí recibía su remuneración de tres maneras diferentes: pago en dinero, pago en especies (alimentos y vestimenta), pago en servicios (medicina y vivienda). También la obligación de recibir alimentos, vestimenta y atención médica. A cambio de eso el culí debía ponerse bajo las órdenes del empresario…Los castigos corporales se aplicaron a los chinos cotidianamente …cuando hubo reclamos por estos castigos y se produjeron escándalos públicos, los gobiernos y periódicos de entonces trataron de ocultarlos, utilizando procedimiento judiciales como testigos que dieran constancia de falsos hechos. También eran cotidianos los castigos más sofisticados”.
En 1887 el Gobierno Chino envió una comisión para investigar con las autoridades peruanas la condición de los culíes. Se visitaron las haciendas costeñas comprobándose que muchos chinos ya no estaban en condición de contratados pues habían terminado los plazos de trabajo.
Luego de la Guerra del Pacífico, la masiva migración interna de campesinos de la sierra a la costa abarató la mano de obra y el trabajador chino fue dejado de lado. “A fines del siglo XIX, la presencia china en el campo era mínima. Su presencia en las ciudades es otra historia”.