sábado, 19 de junio de 2010

Piratas en Lambayeque: El saqueo de Edward Davis en 1686

En el trabajo del historiador Teodoro Hampe Martínez “Un capítulo de historia regional peruana: la ciudad de Zaña y su entorno ante la inundación (1720)” se narra, en la evolución histórica del pueblo de Zaña, el saqueo de la ciudad el año 1686 por el pirata inglés Edward Davis e indica los motivos que hacían de Zaña una plaza preciada para delincuentes y corsarios de la época. A continuación brindo una breve narración del hecho.
Zaña, en el siglo XVII, se había convertido en un lugar de notable desarrollo socio-económico y era admirada por quienes venían de afuera, y escuchaban con frecuencia el nombre de este lugar, conocido también como la “Sevilla del Perú” o “Potosí pequeño” su fama permitió que fuera un punto codiciado por los piratas y corsarios que atacaron con frecuencia las costas del Mar del Sur (Océano Pacífico) durante el siglo XVII.
Se sabe que expediciones holandesas e inglesas, recorrieron el litoral del Pacífico durante ese siglo, obligando a la realización de notables obras defensivas; las más destacadas de ellas las fortificaciones del Callao, Lima y Trujillo y el mejoramiento del resguardo militar en la armada del Mar del Sur. A pesar de esto no siempre se logró evitar los ataques. Lo que es peor muchas veces los piratas y corsarios conseguían el apoyo de la población negra; aunque esto no ocurrió en Zaña donde uno de los dos ingleses fallecidos fue ajusticiado por un negro.
Edward Davis, acompañado de un grupo de 200 expedicionarios, anclaron en el Puerto de Chérrepe (Punto extremo sur de nuestra Región, en la desembocadura del Río Zaña y punto de comunicación marítima con el exterior) el 3 de Marzo de 1686. Todos ellos descendieron en la costa a bordo de siete canoas.
La defensa de la ciudad fue liderada por Don Luís Venegas Osorio quien tuvo innumerables problemas para captar hombres de pelea pues la mayoría de ellos se encontraban realizando trabajos de defensa ribereña por el aumento del caudal de los ríos debido al Fenómeno “El Niño“. Reunió 300 caballos y mulas para evacuar a los religiosos, armas y municiones; además distribuyó centinelas en diversas partes de la ciudad.
Según un documento de la British Library (Ms. Additional, 13964) en Zaña había "gran confusión y llanto de mujeres y niños, que ocasionaba mayor confusión, y fueron cogiendo la vereda de los montes, sin más atención que salvar a sus personas". La resistencia fue débil. En el ataque a Zaña murieron dos ingleses. “Los piratas se apoderaron de la ciudad, saquearon las iglesias y casas y acumularon un botín de 300,000 pesos en plata, joyas y ropa”. El Virrey Melchor Navarra y Rocafull, Duque de la Palata, quien gobernó el virreinato peruano entre 1681 y 1689; fue quien fortificó las ciudades de Lima y Trujillo por el temor a los ataques de piratas y en una carte fechada el 7 de abril de 1686 indica que “los ingleses no profanaron iglesias, templos e imágenes, pero hicieron irreverencias...” esto último en alusión al ataque contra algunas doncellas de la ciudad. Refiere que el ingreso de los ingleses a la ciudad resultó muy sencillo pues no se les cortó el paso a través del puente de Zaña y tampoco se les atacó al volver a la costa. Esta información es refrendada por el profesor Peter T. Bradley, de la Universidad de Newcastle.
Con los aportes de “Fundación de la Villa de Santiago de Miraflores de Zaña. Un modelo hispano de planificación urbana” del historiador Lorenzo Huertas Vallejos y de “Acta original de la ruina de Zaña” de Alfonso Samamé Rodríguez podemos confirmar que Los piratas castigaron cruelmente a muchas familias, incautaron sus riquezas y mancillaron el honor de algunas doncellas. Las desgracias ocurridas en Zaña: El saqueo de Edgar Davis, los terremotos e inundaciones que la afectaron han sido consideradas por la sabiduría popular, expresada en sus tradiciones, como una especie de castigo divino a consecuencia de su forma de vida libertina y mundana que le valió, también, el apelativo de "capital disipada del norte del Perú".

jueves, 10 de junio de 2010

“Los Polvos de la Condesa”: Historia del descubrimiento de las propiedades curativas de la quina.

El español Javier Rodríguez Coria, en una pintoresca nota de divulgación publicada en Barcelona (Revista de Historia CLIO – enero del 2010) nos dice “En la época del virreinato del Perú, los indígenas guardaban un secreto que ya conocían desde los principios del Imperio Inca. Los colonizadores españoles les podían arrebatar oro y piedras preciosas, pero el secreto de la “corteza mágica”, no estaban dispuestos a que fuera conocido por los invasores...”. Además En “Lambayeque y sus hombres” (Salazar Plaza – 1935) se registra “La raza blanca tuvo que luchar contra el paludismo y la malaria en la costa, principalmente en la costa norte, hasta que en 1635 se descubrió la quina cuya corteza es un poderoso febrífugo, que era conocida ya tiempos atrás por los indios”. En aquellos tiempos estas enfermedades y las consecuentes “fiebres tercianas” eran temidas y hasta comunes.
En la Real farmacopea española de 1640 se define a la quina como la “corteza desecada de cinchona pubescens vhal (cinchona succirubra pavon), o de sus variedades o de sus híbridos” y en la farmacopea londinense, en 1677, como la “cortex peruanus”. Los indígenas la llamaban chuccu cara (corteza para el escalofrío) yurac chuccu (árbol para el escalofrío) o quinquina (corteza de cortezas) haciendo referencia a sus propiedades curativas. Además hay información sobre dichas propiedades en la “Crónica Moralizada de la Orden de San Agustín” del agustino Antonio de la Calancha (Segundo tomo – 1653) así como de la historia que se narra a continuación
El Rey Felipe IV de España (“Rey Planeta”) envía en 1629 a Luís Jerónimo Fernández de Cabrera y Bobadilla, “Conde de Chichón”, como virrey del Perú. El Virrey viajó su segunda esposa, Francisca Enríquez de Rivera, la “Condesa de Chichón”, quien lo acompañó hasta el final de su gestión en 1639. Estando de viaje en Loja (actual provincia ecuatoriana) Doña Francisca enfermó de paludismo en 1635 y una sirvienta suya fue descubierta mezclando en sus bebidas unos polvos que supusieron eran veneno. El padre de la criada, temeroso del castigo, intervino al desvelar las propiedades curativas de la quina. Enterado el corregidor de Loja, Juan López de Cañizares, informó a los jesuitas y éstos llevaron la quina a Roma y, desde allí, se difundió por todo el mundo.
Sobre la narración anterior, la obra “Historia de los Medicamentos” (Colombia – 1998) del Dr. Alfredo Jácome Roca, miembro de la Academia Nacional de Medicina de Colombia, incluye un artículo titulado “La Quina vino de América” donde se contradice la versión de Antonio de la Calancha, nos dice “Definitivamente hay un error histórico en cuanto a la esposa de este Conde, ya que la primera esposa, Ana de Osorio, murió en España antes de su viaje al Perú, y la segunda esposa, Francisca Enríquez de Rivera, que sí lo acompaño a América, gozó de muy buena salud; no tuvo pues que acudir al uso de la corteza de quina, y además, jamás regresó a España pues cuando viajaba de regreso a la península, falleció en Cartagena en 1641. Pero de allí resultó que por un tiempo esta medicina fue denominada “los polvos de la condesa”.
El nuevo medicamento fue conocido como “Polvos de la condesa” (en honor a Dona Francisca) “Polvos de los jesuitas” (pues fueron ellos quienes los llevaron a Roma) o “Polvos del Cardenal” (ya que en Roma los introdujo el Cardenal Juan de Lugo)
En 1735 el francés Charles de la Condamine, identificó en el Perú el primer árbol de quina. En 1742, Carl Von Linné o Carlos Linneo la llama “cinchona” en honor a la Condesa.
La investigación de Jácome Roca agrega “Los jesuitas y el Vaticano mismo resultaron muy importantes para la promoción de la quina; los jesuitas a menudo la regalaron, los comerciantes la vendieron y los reyes de España lo obsequiaron a los poderosos de la tierra, pues el paludismo no respetaba la posición social. Un jesuita, el Cardenal y filósofo Juan de Lugo la dio a conocer al médico del Papa Inocencio X, gustó mucho allá y más tarde consiguió no sólo el respaldo de la Iglesia, sino que apareció una Cédula Romana con instrucciones para su uso. Por esto la droga se llamó “Corteza de los jesuitas” o “del Cardenal”. En regiones no partidarias de Roma como en Inglaterra, pensaban que se trataba de un complot papal. Cromwell, por ejemplo, prefirió morir de malaria, antes de ingerir el “polvo del demonio”. Sin embargo fue en la Farmacopea londinense donde se hizo reconocimiento por primera vez a la quina, poniéndola en la lista como “Cortex peruana”.
Algunos datos adicionales. El boticario Robert Talbor, la usó como remedio secreto (finales del XVII) y con ella curó al rey Carlos II. En público Talbor condenaba el uso de estos polvos de quina, pero luego vendió los derechos de su remedio secreto a Luis XIV de Francia para el tratamiento de su hijo enfermo; cuando después de la muerte de Talbor se analizaron los polvos, resultaron ser de Cinchona.
En 1735 el francés Charles de la Condamine, identificó en el Perú el primer árbol de quina. En 1742, Carl Von Linné o Carlos Linneo la llama “cinchona” en honor a la Condesa.
Algo es muy cierto, en tierras americanas se descubrieron tal cantidad de drogas que los clásicos textos europeos debieron ser actualizados. Por ejemplo “De Materia Médica” o “Los Materiales de la Medicina” del griego Pedanio Dioscórides Anazarbeo (40 – 90 dc) fue actualizado con los textos “Discursos” y “Compendio de plantas” de Pietro Andrea Gregorio Mattioli (1540 y 1571 respectivamente). Otras obra importante sobre las drogas americanas son “Coloquio de simples y drogas de India” (1563) del portugués García da Orta, “Tratado de las drogas y medicinas de las Indias Orientales” de Cristóbal Acosta (1578) e “Historia Medicinal de las Cosas que se traen de las Indias Occidentales” del sevillano Nicolás Bautista Monardes (1580)



viernes, 28 de mayo de 2010

Instituciones Antiguas de Lambayeque: La Compañía del ferrocarril y Muelle de Pimentel

Basado en los aportes proporcionados por Don Ricardo Miranda Romero en la “Monografía General de Lambayeque” (segunda edición - 1959) y en documentos de archivo, brindaré información diversa sobre importantes instituciones lambayecanas del pasado y del presente; nos aproximaremos a los inicios del siglo XX y podremos reconocer sus aportes para nuestra Región.
La Compañía del ferrocarril y Muelle de Pimentel
Para 1911 el Puerto de Pimentel lucía prácticamente abandonado. La estiba y desestiba de mercancías se hacía por el Muelle de Eten que tenía las facilidades de la Vía férrea y, sin embargo, resultaba insuficiente para las necesidades del comercio y la industria en la región.
Don Salvador Gutiérrez Pestana reunió el 22 de setiembre de 1911 a un grupo de comerciantes e industriales lambayecanos con quienes proyectó la rehabilitación del Puerto de Pimentel. No descansaron hasta lograr que mediante Resolución Suprema del 22 de marzo de 1912 el gobierno autorice a la “Sociedad Agrícola Pomalca” “tender una línea férrea de trocha angosta, entre la hacienda Pomalca y el Puerto de Pimentel, y para la construcción de un muelle con la facultad de establecer ramales ferroviarios que se estimen convenientes”.
El 19 de febrero de 1913 se constituyó la “Compañía del ferrocarril y Muelle de Pimentel” a la que fueron transferidos los derechos que correspondían a la “Sociedad Agrícola Pomalca”. La construcción del Muelle y el Ferrocarril se inician en 1914 y recién en 1920 la línea férrea llega hasta la hacienda Pomalca y estuvieron a cargo del ingeniero alemán Bernardo pellny.
Los capitales fueron netamente lambayecanos. Los accionistas mayoritarios de la compañía fueron: Hacienda Pomalca (36%) Viuda de Piedra e Hijos (31%) Sociedad Agrícola Pucalá (26%). Entre los accionistas minoritarios destacan: Juan Cuglievan, Rodolfo Montenegro, Eduardo de la Piedra, Eleodoro Romero, Juan de la Piedra y la Cia. Testamentaria Waldispuhl.
Los primeros gerentes de la Compañía del Muelle y Ferrocarril de Pimentel fueron Bernardo Pellny, Germán Klinge, Raúl Hinojosa y Julio Gervasi (hasta 1960). Para 1958 los miembros del Directorio de la compañía fueron Nicolás Cuglievan, Eduardo de la Piedra, Ricardo de la Piedra, Víctor Maúrtua y Julio Gervasi.
El muelle tiene 529 m de longitud y la línea férrea 58 Km., en un recorrido que incluye Pimentel – Chiclayo – Pomalca – Rinconazo – Saltur – Pucalá y Pampa Grande. La compañía contó con 13 locomotoras, 06 coches para pasajeros y 247 carros de carga y equipaje. En 1958 se movían casi 500 mil toneladas métricas de mercancías, lo cual demuestra el progreso logrado en los campos del comercio, industria y agricultura.
En la actualidad y tomando las palabras del RP Esteban Puig Tarrats, Vice Gran Canciller de la Universidad Católica Santo Toribio de Mogrovejo, en el prólogo que dedicó a la obra “Apuntes de Vida: Reflexiones a orillas del Mar” (Martín Cabrejos y Humberto Tejada – 2003) el muelle se muestra “derrengado, como un gigante ciempiés metálico, aún firme, testigo de tantas confidencias, inhiesto desafiando el oleaje enfurecido que se estrella impotente a sus pies”




















miércoles, 12 de mayo de 2010

Litigios Judiciales de Esclavos Lambayecanos en Busca de Libertad

El investigador Guillermo Figueroa Luna y su esposa la maestra Ninfa Idrogo Cubas, son autores del interesante trabajo “No queremos amos, Lambayecanos en lucha por libertad e igualdad (1750 – 1850)” en el cual, teniendo como base documentación del Archivo Regional de Lambayeque, califican la actitud de los esclavos en la colonia en las categorías de resistencia, adaptación (resignación) y colaboración (cooptación). Una categoría novedosa que utilizan es la de “adaptación en resistencia” que pertenece al historiador de la Universidad de Winsconsin Steve Stern, la cual particularmente comparto al considerar que en su obra: “Resistencia, rebelión y conciencia campesina en los Andes siglos XVIII y XIX – Lima, 1990) nos dice: “la historiografía sobre las rebeliones andinas del siglo XVIII no tuvo en cuenta el valor de las pequeñas insurrecciones y conflictos menores que se sucedieron durante las décadas de 1740-50 en adelante, y que posteriormente desencadenarían la gran rebelión de 1780-82, además del estudio de zonas geográficas alejadas de los polos insurrectos que durante décadas registraron pequeños conflictos regionales”. Debemos considerar la necesidad de aproximarnos al conocimiento de las manumisiones graciosas y pagadas, los litigios judiciales, cimarronaje, palenques, entre otros hechos de la vida ordinaria de los esclavos negros en nuestra tierra lambayecana.
Mediante el presente artículo de divulgación busco dar a conocer algunos de los litigios judiciales mas representativos propiciados por esclavos negros en el Partido de Lambayeque con la intención de lograr su libertad.
La “Causa Civil de 1817 entre Manuela de Córdova y María de los Santos Navarro, sobre la libertad de esta y sus hijos” narra el siguiente hecho: La española Manuela de Córdova vendió, en Julio de 1811, una esclava de nombre Aniceta a Josefa Isidora de Córdova (su pariente) a valor de 325 pesos. En febrero de 1812, Aniceta y su recién nacido, en cautiverio, hijo Enrique fueron revendidos a Santiago Burga. Sin embargo, la madre de Aniceta, María de los Santos Navarro apertura una causa judicial demandando la libertad de su hija y nieto. Sustentaba la demandante que habiendo nacido libre, su hija y, luego, su nieto también lo eran. En Noviembre de 1815 logra sentencia favorable de la real Audiencia, pero la sentencia se ejecuta recién el 21 de febrero de 1817, cuando se dirigió el decreto a los subdelegados de los partidos de Lambayeque y Piura, lugar de residencia de Aniceta y su nueva hija Feliciana de cuatro años. El pequeño Enrique había fallecido.
Ninguna autoridad fue sancionada por esta venta fraudulenta, pero “si tuvo que responder la sucesora de Manuela de Córdova que entregó otra esclava (de 9 o 10 años) y 75 pesos más” en retribución a los “perjudicados”.
La “Causa Civil de 1817 entre Josefa Ripalda y María Anselma Vellodas sobre la libertad de esta y sus hijos”, narra lo siguiente: El marido de María Anselma Vellodas, un “pardo libre” de nombre José de Portugal, acordó Josefa Ripalda (dueña de María Anselma) la compra de su mujer a cambio de 100 pesos que se pagarían a razón de 2 pesos mensuales. Cuando pagó la mitad de lo acordado, Josefa Ripalda se retractó del acuerdo y sometió a esclavitud a María Anselma y sus dos hijos.
María Anselma enjuició a Josefa Ripalda el 20 de Diciembre de 1817 y logró que en Junio de 1818 el Virrey Pezuela ordene “que no se le moleste hasta que el subdelegado de Lambayeque resuelva el asunto” La causa muestra dos datos interesantes, resaltados por los autores del artículo: Aunque el expediente está incompleto se puede inferir que el caso fue favorable a María Anselma Vellodas e hijos; además dicha mujer negra sabía firmar lo cual no era común.
La “Causa Civil de 1824 entre José Gavino Sosa, de Olmos, y el esclavo Andrés Arriaga, preso en la cárcel de Lambayeque” es un caso de expediente incompleto en el Archivo Regional y narra la demanda seguida por el esclavo negro anciano Andrés Arriaga contra su amo José Gavino Sosa; a quien acusó de hacerle trabajar duras y largas jornadas cada día, no brindarle buena alimentación y pretender una manumisión elevada al tasar su precio en 300 pesos rechazando los 200 que le ofreció a cambio de su libertad. Dice el negro Andrés que por ese motivo huyó (fue cimarrón) por espacio de 13 meses en que anduvo por las alturas de la sierra hasta ser atrapado. Por todo esto pedía se le diera “papel de venta”.
En otra causa civil seguida por María Evarista Muñecas y su esposo Manuel Salés, piden al alcalde de Chiclayo disminución del precio de tasación que sobre María Evarista hizo su amo Manuel Pacífico Enec. Fundamentaron su pedido aduciendo que María Evarista arrojaba sangre por la boca y, por lo tanto los 400 pesos que pedía Manuel Pacífico Enec eran excesivos.
No todos los casos fueron favorables a los esclavos negros. La esclava María de la Cruz Navarrete denunció a su amo Leandro Reaño en Junio de 1834. Reaño que era un hombre influyente por haber sido gobernador, fue acusado por María de la Cruz de: “maltratos, exceso de trabajo, no darle ni un vestido y, por el hecho de haber dedicado unas horas a buscar otro dueño, tenerla detenida en casa con el aspecto de presa… además habiendo sido comprada en 270 pesos, ahora se exigían 300 como pago de su manumisión”. Muy poco tiempo después, el juez sentenció: “Sin lugar la demanda de la esclava María de la Cruz. Pudiendo su amo castigarla cuando diese margen, esto es cuando cometiere alguna falta…”





sábado, 1 de mayo de 2010

Los Esclavos de la Hacienda Jesuita de Tumán (Siglo XVIII)

José Javier Vega, maestro de humanidades de la Universidad “Federico Villarreal”, publicó el año 2007 el trabajo titulado “El galpón, la pampa y el trapiche” en el cual nos narra la vida diaria y costumbres de los esclavos negros en la hacienda Tumán, a partir del estudio de los “cuadernos de cuentas” de dicha hacienda durante la segunda mitad del siglo XVIII. El interesante estudio abarca de 1755 hasta 1800, periodo en el cual la hacienda experimenta tres tipos de gestión empresarial: hasta 1767 corre la administración de los jesuitas, hasta 1791 la administración de la Real Junta de Temporalidades, y luego pasa a manos privadas. Es necesario saber que la esclavitud en el Perú no tuvo las mismas características en todos los lugares y en todas las épocas. En Tumán fueron bien tratados en comparación con las haciendas particulares de Calupe, Pomalca o Cayaltí. Se ha visto a los negros esclavos solo como víctimas de un sistema opresor, anulando la posibilidad de rescatar los aspectos positivos que los africanos y sus descendientes supieron aportar en el proceso de formación de la peruanidad y lo peruano.
Eran los negros de Tumán el grupo más numeroso de esclavos en el norte del virreinato, en número de 178 (109 varones y 69 mujeres) y fueron propiedad de los Jesuitas desde 1659, año en que la hacienda les fue donada por Doña Juana de carvajal. Por su procedencia eran congos, minas, carabalís, ararás y chalas.
En el Tumán del siglo XVIII, la vida cotidiana giraba en torno de la producción del azúcar y sus derivados. Para ello los jesuitas habían establecido una serie de reglamentos y normas demográficas, morales, de alimentación y trabajo que de un lado les procuraban la lealtad del esclavo y del otro les garantizaban la eficacia de su esfuerzo.
La Compañía de Jesús actuaba como una empresa comercial y como Instituto Religioso y se esforzó siempre por encontrar la manera de que ambas realidades fueran compatibles. Algunos esclavos no aptos para las actividades agrícolas se especializaron en los servicios religiosos. Tal es el caso del esclavo Pascual de Santa María, organista y maestro de canto.
En Tumán hubieron un galpón (donde se encierra a la gente) consta de 45 cuartos de paredes dobles en que se acogen los negros casados, en la puerta principal había una campana de dos arrobas más o menos. Otro galpón con 11 cuartos donde guardan a las negras viudas y solteras. Aquí los esclavos nacían (gracias a la esclava partera Magdalena de Jesús) y morían. Un negro era incorporado a las labores de la hacienda entre los 10 y 15 años de edad. Usaban herramientas muy rudimentarias: sesenta y cuatro lampas de fierro, sesenta y dos machetes, nueve hachas y dos hoces. Los esclavos que sobresalían en alguna actividad (azucareros, regadores, gañanes y caporales) eran incentivados con propinas para que se especializaran como mano de obra calificada a la que se le asignaba pagos extras, y cuarto de vivienda fuera del galpón.
En Tumán, como en casi todas las haciendas jesuitas, a los esclavos no solo se les permitía criar animales (aves de corral, cerdos y cuyes) como propiedad personal, sino que además recibían pequeñas parcelas con cuyos cultivos (alfalfa y hortalizas) debían completar su dieta alimenticia.
Los esclavos recibían anualmente telas para confeccionar sus vestidos de diario, bayetas para las mujeres y pañete para los hombres. El sastre indígena Simón Bert, cobró en diciembre de 1772 al administrador de la hacienda veinte y seis pesos cuatro reales por la hechura de los faldellines y calzones que cosió para los esclavos.
Desde los 15 años las jóvenes negras eran consideradas casaderas. Pero en las parejas era notoria la diferencia de edades: Antonio de Velasco y Antonia de Jesús tenían ochenta y treinta años. Les seguían Cayetano Collado, de noventa años, y su mujer, de cincuenta. La menos “despareja” fue la de Nicolás de Jesús e Ignacia de Jesús, de veinticuatro y veinte años.
La mayoría de esclavos recibían comida preparada de la hacienda, y solamente aquellos que tenían vivienda separada del galpón cocinaban aparte. La hacienda compraba mensualmente maíz, frijoles, arroz y veinte reses (a los indios de Cajamarca) para las raciones de los esclavos. A las ocho de la mañana se repartía el desayuno (zango y champús). A la una de la tarde el almuerzo (frijoles, arroz y carne de res). Las negras mayores que no salían al campo complementaban la dieta preparando comida extra: bebidas, mazamorras y alfajores.
Cada esclavo recibía una ración de tabaco. La hacienda compraba para los esclavos 400 “masos” de tabaco cada 4 meses. Se dice que los negros apreciaban más una porción de tabaco que 5 libras de carne.
En Tumán había una enfermería que atendía quemaduras con los caldos del azúcar hirviente, fracturas de los miembros en los trabajos del campo, torceduras, cortes, desgarros, etcétera. Era atendida por un “barbero” con tratamientos tradicionales. Después de los primeros auxilios se aplicaba un purgante para limpiar el cuerpo del enfermo; luego emplastes, frotaciones y sangrías según el caso. También había un médico, Don Teodoro Daza, cirujano de profesión y práctico en medicina, con título del Real Protomedicato de la ciudad de Lima, atendió a los enfermos de Tumán entre 1767 y 1769.
El 27 de febrero de 1767, la Corona Española dispuso la expulsión de los jesuitas de todos los territorios españoles, así como la expropiación de todos sus bienes. Al parecer, estas disposiciones se mantuvieron reservadamente hasta el momento de su ejecución en el mes de setiembre en el virreinato del Perú. En Lima, el virrey don Manuel Amat y Juniet había dispuesto que Don Andrés Urtado y Sandoval, abogado de la Real Audiencia, Contador Mayor del Tribunal y Audiencia Real de la Junta del Reino, Corregidor de Justicia Mayor en la Ciudad de Trujillo y, Teniente de Capitán General en esa ciudad, se encargara de dar cumplimiento a la real disposición de su majestad contra los jesuitas del Colegio de Trujillo. Para tal efecto debió organizar la Junta de Temporalidades, que en adelante se encargaría de administrar las propiedades de los jesuitas del Colegio de Trujillo.
El 7 de setiembre de 1767 una comitiva llegada de Trujillo requirió la presencia del padre Lorenzo de Herrera, coadjutor y administrador de Tumán, a quien mostraron el “Auto Real” y el documento mandado por el Corregidor; se le exigió la entrega de las llaves de las viviendas y oficinas, y se procedió a inventariar y expropiar la Hacienda Tumán, que en adelante sería administrada por la Junta de Temporalidades.
Solo dos esclavos solicitaron y lograron su libertad comprándola a precio de tasación; uno huyó, pero fue buscado, capturado y puesto en la cárcel. El grueso de la población disfrutó de una efímera libertad al final del siglo, cuando participó cobijando a esclavos rebeldes de la zona.
Su destino en el siglo XIX, es parte de otra historia…




jueves, 29 de abril de 2010

La Tradición Oral Lambayecana

Hay una profunda filosofía constructiva en el interior de todas las historias orales y creencias de los pueblos, porque a través de las más diversas vicisitudes de su existencia, aquellas creaciones coadyuvan a la estabilidad y regulación de la vida de la comunidad. La tradición oral la constituyen todas las narraciones populares como mitos, leyendas, cuentos, dichos, etc. La esencia de la tradición oral nos remonta al pasado prehispánico donde dioses y seres mágicos poblaban el imaginario de los hombres.
Los abuelos o “mayores”, generalmente, son los que poseen en sus memorias estas historias y ya en la actualidad hay un desencuentro entre la generación adulta y la joven, lamentablemente hoy son muy poco requeridos para narrarlas.
Trabajo actualmente, en la sistematización de las tradiciones orales de la Región de Lambayeque. Afirmo que las narraciones generacionales contienen información histórica valiosa y, por lo tanto, la tradición oral se puede estudiar tanto desde el ámbito de la literatura como de la historia, no se trata solo de folklore, ES HISTORIA. Son muchas las tradiciones que aportan información que coadyuva a dar forma a la historia regional a partir de las historias más cercanas, la de los pueblos, distritos, caseríos… Tal es el caso de Zaña donde puede usarse el amplio repertorio de décimas y cantos populares a través de los cuales, por ejemplo, se obtienen datos sobre los esclavos, su vida en el galpón, sus aportes en la interculturalidad, sus danzas, rebeliones, cantos, etc.
Debemos generar y desplegar, en los jóvenes y niños, su propia capacidad creativa y de redacción compilando, durante sus visitas a los distintos lugares de nuestra región, diversas historias y tradiciones difundidas de generación en generación mediante la palabra hablada. Además es urgente generar las capacidades de organización, investigación y compilación de tradiciones orales lambayecanas. Este es un paso fundamental que permitirá el reconocimiento pleno de nuestro patrimonio cultural.
Hasta el momento, Logramos reconocer como características de la Tradición Oral lambayecana las siguientes: Pertenecen a un determinado contexto cultural, el cual abarca una comunidad próxima e incluso una región o país; Son transmitidas oralmente de generación en generación; Se repiten en cuanto a temas y estructura del relato pero suelen introducir variantes; El autor pierde rostro y nombre; Provienen de la creatividad de un pueblo y pertenecen a su memoria colectiva; Se difunden en las labores cotidianas, en las plazas o en reuniones familiares y días festivos; La transmisión se realiza cada vez que alguien narra un hecho y lo hace suyo, tan suyo que introduce modificaciones e interpreta sus significados.
De acuerdo a ese conocimiento pudimos determinar los siguientes pasos metodológicos para el rescate y sistematización de la Tradición Oral Lambayecana: Delimitar el tiempo y el espacio para ordenar las narraciones; Localizar fuentes locales y regionales de información; Aplicar estrategias de recolección de datos (Entrevistas, cuestionarios, etc.); Procesar y analizar información; Verificar y corregir; Presentar la historia oral de la comunidad.

miércoles, 21 de abril de 2010

Sublevación de Esclavas Negras en la Hacienda "La Punta" de Zaña


El esclavo negro protestó contra el yugo colonial de diversas maneras: a través de bailes (Zangó) cantos y coplas; en sublevaciones y convirtiéndose en cimarrón (fugitivo) y bandolero (asaltante rural). Una copla muy antigua (siglo XIX) decía: “A mi no me mandan reales/ ni me gobiernan cuartillos/ a este cuerpo yo lo mando/ y el hace lo que yo le digo” (Del Repertorio de Juan Leiva en “La Otra Historia: Memoria Colectiva y Canto del Pueblo de Zaña”- Instituto de Apoyo Agrario Editores).
El Valle de Zaña era conocido, por su riqueza, como el “Potosí pequeño” y, aunque muchos culparon de sus calamidades a “la zambería haragana y cimarrona…los bacanales de africano son…los zangós y los fandangos…” (Referencia de Nicanor de la Fuente en “Pasado y Presente de Zaña”) es imprescindible que la historia destaque la contribución de los hombres y mujeres de raza negra no solo en la construcción material de nuestros pueblos y su trabajo arduo en el área rural; sino también en la lucha por terminar con su ignominiosa condición y por la independencia nacional.
En el Archivo General de la Nación se encuentra registrado el documento: “Causa seguida por Don Antonio de Peramás contra Doña Jacoba Rubio, instigadora de la sublevación de esclavos ocurrida en la Hacienda La Punta del Valle de Zaña, violación de domicilio y otros excesos” (Legajo 95 – Cuaderno 1164 – Año 1802) el cual, aunque se encuentra incompleto, aporta valiosa información sobre la Sublevación de esclavas en zaña ocurrida un cuarto de siglo antes de la Proclamación de la Independencia.
En la Hacienda “La Punta”, los esclavos y un número muy significativo de mujeres negras, se sublevaron contra toda autoridad que emanara del poder virreinal. El ataque, encabezado por Doña Jacoba Rubio, fue dirigido contra el alcalde de la zona Don Antonio Ramón de Peramás e incluyó el incendio de los trapiches, además de numerosos muertos y heridos entre aquellos que obedecían a la autoridad.
Temiendo mayores consecuencias, se hizo necesaria la presencia de las tropas virreinales, por orden emitida en Lima, que acabaron con la sublevación y aprehendieron a los instigadores.
Durante el juicio, Doña Jacoba Rubio mencionó que capitaneo la revuelta pues los negros le pidieron que “los gobernase y tomase posesión de la hacienda, pues para el efecto habían expulsado al alcalde y sus mayordomos”.
Algunos de los esclavos y esclavas que participaron fueron castigados de manera despiadada, otros fueron ajusticiados (as) en el Cerro “La Horca”. Uno de los castigados fue Juan Thombo que, habiendo defendido al alcalde, causó demasiados destrozos. Un grupo de mujeres negras fueron castigadas por quejarse, durante el juicio, de las autoridades coloniales y al demostrarse que durante la revuelta arengaron a los esclavos que combatieron contra la autoridad. Dichas mujeres fueron, entre otras, las esclavas Manuela del Espíritu Santo, Estefanía Ripalda e hijos, Josefa Ripalda, Petrona Villotas, Juana María Villotas y Mónica Calero.