miércoles, 11 de febrero de 2015

¿Quiénes gobiernan y quiénes gobernarán?

 “La condición actual de toda persona resulta de la suma de sus experiencias”. No se puede explicar el presente sin las huellas del pasado. Es cierto, no somos productos terminados y, gracias a ello, la acción de redimirse corrigiendo, enmendando y cambiando de actitud, es posible y nos permite recrearnos, reinventarnos… en una tarea que nos aproxima a Dios, viéndola desde un punto de vista espiritual, y a los hombres, desde un punto de vista pragmático.

Nuestros actuales gobernantes tienen, en promedio, entre 40 y 60 años de edad. Es decir, pertenecen, así las he denominado, a la “generación del golpe” o a la “generación de la incógnita”. La “generación del golpe” vive desde fines de la década de 1960 y experimentó el golpe y dictadura militar de Juan Velasco y Francisco Morales. Pasó su infancia entre confiscación de tierras y persecución política; “veneró” la imagen de Túpac Amaru II, usó medios de comunicación confiscados y, por ello, parametrados. No conoció la libertad de expresión. Usó uniforme único escolar, recibió instrucción pre militar, participó en innumerables desfiles, pues el patriotismo fue militarizado…
La “generación de la incógnita” vivió desde inicios de la década de los 80. Presenció el retorno a la democracia, la crisis económica hiperinflacionaria del primer gobierno aprista, la dictadura civil militar de Alberto Fujimori y su posterior caída, subversión generalizada, asesinatos, secuestros, actos corrupción de muchos funcionarios públicos, fenómeno del niño, epidemia de cólera…
Es posible, entonces, encontrar respuesta a la necesaria pregunta ¿Cuál es la causa de los deficientes estilos de nuestros gobernantes?
La intolerancia, la violencia, la corrupción, la carencia de planes, la escasa visión de futuro, el deseo de servirse del poder, el plagio, la colusión, la poca afición por el control y la tan reiterada como habitual desobediencia a las leyes; son tan comunes como la fingida pose conservadora, el cabello corto y el aparente repudio a las malas prácticas, la superficialidad que no resiste los cambios de largo plazo, el rostro y la simpatía por encima del conocimiento y la calidad humana; el dinero y las dádivas por encima de la honestidad y la laboriosidad; el deseo de agradar a todos relegando la verdad por incómoda; el indispensable culto a la personalidad de “líderes” que necesitan coros que repitan su nombre, mentes en blanco que repliquen sus ideas sin opinar, gente sin argumentos… ¡terrible realidad la de nuestro cuerpo político!
Como siempre, por encima del promedio, hay personas de valor, interesadas en hacer política y excluidas por un sistema electoral a la medida del siglo XIX, personas hoy agrupadas en colectivos ciudadanos y culturales que hablan cada vez más y con más fuerza y razón. Personas de las anteriores y de la nueva generación: la “generación de la esperanza”.

Esta nueva generación experimenta la comunicación en tiempo real, está más dispuesta al cambio, demanda acción más que discursos, ha recuperado la sensibilidad y se preocupa de política como de música, poesía, danza o fotografía… es la generación de la creatividad y nos lleva de la mano a la construcción de una sociedad original por sus nuevos usos y costumbres que excluirán definitivamente los anticuados y corruptos movimientos políticos.
¿Quiénes gobiernan? Hoy, diría Gonzáles Prada: ¡Los viejos! Y su lugar, según el pensador, es la tumba. Haya de la Torre, diría “Hay viejos jóvenes y jóvenes viejos”. El primero postula una vejez producida por malos hábitos y comportamientos corruptos. El segundo refiere que la edad no es importante mientras se tenga la disposición al trabajo bien hecho, a la labor honrada, honesta, esforzada… a la planificación y a la lucha contra todo tipo de personalismo.
La nueva generación gobernará nuestros destinos. No basta con afirmarlo. No es suficiente conocerlo. Tal generación debe ser capacitada, formada para gestión pública y el liderazgo social. Me esperanza reconocer en la nueva generación un renovado deseo de participación con tal fuerza y dinámica que ninguno de los viejos políticos podrá resistir su ímpetu.
Estimo que el futuro político será mejor.



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